La erótica del poder, la atracción de imán que ejerce el sillón (o banqueta) de mando, tiene sus trampas, que en ocasiones pasan desapercibidas para sus servidores/as. La política profesional, es decir, la que constituye el sustento económico de quienes han optado por esta actividad, presenta, a los ojos de la ciudadanía, más capas que una cebolla, y en ella imperan criterios que pueden poner en tela de juicio su transparencia, como ya nos dejó muy claro Maquiavelo hace varios siglos, sin que a día de hoy pueda enmendársele la plana. Se trata de una función pública cada vez más bajo sospecha por su desnaturalización, bien sea debido a las grandes y pequeñas corruptelas, al nepotismo, al tráfico de influencias o mismamente a la pérdida progresiva del referente real y al endiosamiento fatuo que invade a quienes se arrojan a sus brazos. También aquí el machismo indecente del lenguaje patrio aplicado a la cosa política nos lo tropezamos a cada paso, porque mientras que un «hombre público» es alguien de notoria relevancia («el que tiene presencia e influjo en la vida social», nos dice el diccionario de la RAE), una «mujer pública» es simplemente una prostituta. En sus mieles lleva también el oficio de la política no pocas hieles, ya que no son aislados los casos de quienes se han dejado, literalmente, la piel en el cargo. Todos recordamos ejemplos más o menos sonados de personas que han dado sus últimas boqueadas en el fragor del enfrentamiento político: hombres y mujeres que murieron en sus despachos y escaños, promocionando su candidatura o batiéndose el cobre para ir bien situados/as en la parrilla de salida de las listas electorales. Por eso, los avisos que el cuerpo les da a los/as que, a cambio de una nómina, se entregan, con devoción sacerdotal, a regir los destinos comunitarios ya son un clarín de los efectos perniciosos que, como huevos de serpiente, la política incubaría en sus entrañas. Talmente parece que se produjese un transvase de esos males que aquejan a esta «arte, doctrina u opinión» -como nos define el DRAE a la viuda negra que es la política- hacia quienes han escogido consagrarse a su cultivo. Se asemejaría, entonces, a una afilada garra que se adhiere a sus amantes/víctimas con la fuerza de una ventosa y que inocula en ellas, sin miramiento alguno, su purulento veneno, desarbolando su salud y confundiéndolas. Llega a hacerles creer que ese estrés o agotamiento físico extremo que les coloca al borde del precipicio no son más que peajes irremediables que hay que pagar por una dedicación intensiva que va a procurarles la gloria póstuma (y al menos en el 50 por ciento de esto último llevan razón). Pienso que la política es una especie de Saturno que devora inmisericordemente a sus desprevenidos hijos. Sus procedimientos llegan a resultar tan sibilinos, y al mismo tiempo tan eficaces, que casi nadie se percata de que antes otros/as incautos/as le sirvieron de jugoso bocado, y que la cadena no va a terminarse, ni mucho menos, con su sacrificio. Se consideran elegidos para una misión salvífica y a ella le regalan sus mejores energías, olvidándose de que cuando se retiren (o algo les retire) de escena otro elenco ocupará su sitio. Ya lo proclama el refrán: «A rey muerto, rey puesto».
La política es avariciosa y egoísta, sólo se preocupa de ella misma. Logra que sus oficiantes públicos se forjen expectativas ilusorias, y les aboba con el suave arrullo de un buen montón de promesas, irritantes graznidos que los/as políticos/as perciben como melodías de incomparable y melifluo encanto. Llegan a estar tan prisioneros/as de esta telaraña del engaño, a la que voluntariamente han accedido, que creen ser piezas irreemplazables en el tablero de la Administración, cuando la doliente verdad es que la política no les necesita (la sociedad no va a sucumbir al desaliento por que no la enriquezcan con sus «portentosas iniciativas»), sino que es al revés: ellos/as la necesitan, se han enganchado a un caballo que imaginan ganador de todas las batallas y que quieren montar a toda costa. Son incapaces de darse cuenta de que, al final, eso vale menos que el humo de pajas. Porque la vida pública es siempre efímera y cuando la dejen y se reincorporen a la vida social y laboral, a lo peor van a pesarles algunas de las decisiones que tomaron durante su estancia en ese paraíso artificial que es la política. Entonces, nadie se acordará de las cosas buenas que pudieron llevar a cabo, aunque todo el mundo tendrá muy presentes aquellas que, por activa o por pasiva, hicieron mal.
Por lo tanto, ¿qué quedará de estas gentes que han hecho de la política su «modus vivendi» cuando se replieguen a sus cuarteles de invierno o a regiones más gélidas de las que ya nunca se vuelve? Apenas un difuminado recordatorio que desaparecerá en un abrir y cerrar de ojos. Ello agranda la inutilidad de ese tensar la cuerda, de ese querer estar siempre en el ojo del huracán. Muchos/as antepusieron la poltrona a su vida, y pagaron con ésta recibiendo en contraprestaciónÉ ¿qué? Nada. ¿Por qué lo hacen entonces?, nos preguntamos. ¿Porque sólo en la política encuentran satisfacciones que en otras parcelas se les niegan? ¿Porque precisan que sus colaboradores/as -rebotados/as, en su mayoría, de otras profesiones más prosaicas y que creen haber hallado su Eldorado en esta «oportunidad»- les halaguen el ego? ¿Porque no pueden vivir en segunda línea alejados de los mil y un tejemanejes subterráneos que se tricotan en los mentideros de la política? ¿Porque esperan ser destinatarios de prebendas mayores? ¿Porque le han cogido gusto a vivir a todo tren y a tener la agenda repleta de compromisos?
Sinceramente, de tener que responder de manera afirmativa a cualquiera de estas preguntas, me embargaría una pena infinita, porque sería tanto como reconocer que a las personas válidas no les importa desaprovechar su potencialidad en tareas que no rentan mucho más allá de una palmadita hipócrita o el galanteo de arribistas sin escrúpulos.

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