La exigencia de la Casa de las Libertades de proceder a la verificación de 40.000 votos discutidos confirma, aunque vaya acompañada de la ramita de olivo de la oferta a los adversarios de un gobierno de coalición, el nivel de temperatura a la que ha llegado la fiebre política italiana.
Es la fiebre de una enfermedad que tiene un doble nombre: división y deslegitimación. Este es el auténtico dato -en esencia y ante todo de naturaleza ideológica y antropológica antes que política- expresado por las elecciones del domingo y del lunes.

Una Italia dividida por la mitad en culturas políticas antagónicas que se han convertido en identidades, en modos de ser y de sentir, en profundas autorepresentaciones de uno mismo. Un país de derechas y otro de izquierdas casi obligados a convivir, a pesar de ser, o de creerse (o de imaginarse), diferentes.

Es la resaca de la áspera coyuntura del Novecento, que sigue ensombreciendo nuestro presente. Continuamente nos ilusionamos con que eso haya terminado, que esas viejas historias de fascismo y antifascismo, de clericalismo y anticlericalismo, de comunismo y anticomunismo se hayan quedado atrás. Pero cada vez nos vemos obligados a reconocer que no es verdad, que esas viejas historias, debidamente puestas al día con nuevos rostros y nuevas siglas, son capaces de dominar todavía nuestro presente. Y de excavar entre nosotros fosas aparentemente infranqueables.

Tuvimos una ocasión de liberarnos de nuestro pasado y, en cierto sentido, de refundar nuestra convivencia nacional. Fue, en 1993, cuando la oleada de protestas sacudió el sistema político de la primera República. Podía haber sido la ocasión de un gran examen de conciencia colectivo. Pero, por falta de atención y por culpa de todos (incluso del que escribe, ¿por qué no?) dejamos que el fango de la judicialización de la vida política y la borrachera de la opinión pública, ebria de novedades, unido a los intentos de supervivencia de una parte del sistema de partidos, esterilizasen cualquier posible renovación. Y de esta forma, pronto volvieron a aparecer las antiguas máquinas de guerra, pronto resucitaron las viejas excomuniones y los anatemas de siempre.

Todavía hoy, todavía el pasado domingo y el pasado lunes fue así, fue así más que nunca, con un resultado que, en estos momentos, parece proyectar una oscura sombra sobre el futuro del país.Precisamente en estos momentos, pues, el sentido de la responsabilidad se torna una obligación absoluta para todos.

Para el centroderecha, que debe conseguir circunscribir su protesta a los límites de la más estricta corrección institucional, pero sobre todo para el centroizquierda. A los vencedores les corresponde ser dignos de su victoria, cuyo alcance, desde ahora en adelante, podrá ser medido, si quieren, no sólo por el número de votos.

Romano Prodi dijo repetidamente durante la campaña electoral que quiere unir a Italia. Es hora de probarlo, aquí y ahora e inmediatamente. Si lo hace, incluso los italianos que no lo votaron no podrán esperar que otro lo consiga.

Esto será también una forma de afirmar su papel en la coalición, mostrando que el resultado de las urnas, por encima de la exigüidad numérica, le concede un liderazgo pleno.

Ernesto Galli Della Loggia es editorialista del Corriere della Sera.