Cuando Carod-Rovira, ese humorista aragonés, se puso a juguetear con una corona de espinas sobre su cocorota, no sabía qué gesto tan español estaba haciendo el hombre. La patochada ante la cámara, mayormente en lugares públicos, es moneda corriente en los álbumes de fotos de turistas ibéricos netamente paletos: «Mira, mira.Aquí estoy yo, en calzoncillos y borracho perdido, ante el Muro de las Lamentaciones. El de la boina es mi tío Pascual. Lo que nos reímos, tú».
Pero no es sólo el ridículo y la blasfemia, artículos typical spanish donde los haya, sino también el prestigio que en España siempre han tenido las coronas de espinas. La verdadera Cataluña, la que dio a Casals, a Pla, a Albéniz y a Espriu, no tiene nada que ver con esa Cataluña portátil, hecha de barretinas, butifarras e invencibles equipos de hockey, con la que sueña Carod-Rovira.¿Qué sería de ese Reich de caganets que defiende este mañico irredento sin una buena corona de espinas?

El sufrimiento, la persecución, el maltrato son el Alcázar de Toledo de una ideología, el último reducto donde sustentar una fe. El espectáculo del martirio suspende todo razonamiento y toda crítica. Por eso a Dios no le bastaba con nacer en una aldea perdida y con vivir su palabra: tenía que morir. Y no le bastaba con morir en la cruz: tenía que llevarse también los latigazos y los escupitajos, todos y cada uno de los pinchazos de la corona de espinas. Borges dijo que una de las cuatro historias inmortales es la de un dios que creó el mundo para alzar su patíbulo. Dionisos despedazado, su sangre destilada en vino. La Semana Santa repite esa historia, el verdadero certificado de autenticidad del cristianismo.

Los nacionalismos siempre se han sustentado sobre esa firme columna cristiana: la del martirio. Mickiewicz, el poeta nacional polaco, dijo que Polonia, esa nación desgarrada entre tres imperios, era «el Cristo de las naciones». Con su chiste occipital, Carod-Rovira estaba poniendo al día, quizá sin saberlo, toda la martiriología del catalán, la persecución, la infamia, las cárceles del franquismo.Necesita a Franco como Cristo necesita la cruz, el Gólgota, la corona de espinas. Hasta Oscar Wilde, en sus últimos años, sucumbió a la fascinación del sacrificio. Gordo y enfermo, salió de la cárcel de Reading vistiendo ya los ropajes del dolor. En Reading había escrito su obra maestra: la epístola De Profundis, cristiana hasta en el título. Wilde no llegó a leer esta frase, un verdadero rayo de lucidez, de George Bernard Shaw: «Ser maltratado no es un mérito».

El 14 de abril se celebra el aniversario de una República que viene cargada de tambores fúnebres, saetas y paños de lágrimas.Nadie o casi nadie recordará lo que fue realmente la Segunda República: sólo recordaremos la traición, el ultraje, los latigazos, la crucifixión en los campos de batalla. Amarillo de vergüenza, morado de cardenales, rojo de sangre. No por nada el 14 de abril cae en Viernes Santo.