A veces los escritores se parecen físicamente a su escritura.Fue el caso de Samuel Beckett (1906-1989), de quien mañana se cumple el centenario. Alto, muy delgado, con ojos incisivos de ave rapaz inteligente y abismática, Beckett fue también uno de esos varios ilustres irlandeses a los que aburría su patria, por aquellas calendas inflamada de nacionalismo y de rancio catolicismo militante. (¿No se dijo que Irlanda era la España del norte?).Beckett se marchó en 1932 a vivir a París, que era en esos momentos lo opuesto de Irlanda. Escribió en inglés y en francés toda su obra, inquieta, angustiosa, inquisitiva
Seamos sinceros: cuando se cumplen los 100 años de su nacimiento, la literatura radical de Samuel Beckett no está de moda, esa extraña palabra. Beckett es el último clásico de la modernidad histórica, y a pesar del Premio Nobel -en 1969- fue siempre un autor minoritariamente ilustre, salvo por una obra de teatro, escrita en francés, En attendant Godot» (Esperando a Godot), considerada la obra maestra del absurdo, que es un existencialismo irónico y casi una desesperación bufa. Pero el teatro, hoy día, anda de capa caída o refugiado -esperando autores de fuste- en las salas marginales.

Beckett escribió también (y sobre todo) novelas, que se decían herederas de Joyce, lo que no es del todo cierto. El joven Beckett conoció y admiró a James Joyce, pero sus proyectos fueron enseguida distintos. El de Joyce culminó siendo, ante todo, un proyecto lingüístico. El de Beckett (siendo lengua en lucha consigo misma, lengua que busca expresar el báratro humano, su hondo desamparo) resulta ser un proyecto existencial, humanístico contra lo humano, filosófico sin retahílas silogísticas. (Pensemos en Molloy muere).

Pero la actual novela tiende mucho al argumento contra la reflexión, y a la narratividad nada experimental, frente a la pesquisa en las zonas más desesperadas. Me parece que muy pocos leen hoy a Beckett, difícil o, por mejor decir, literatura que implica, que cuestiona. Imposible leer sin pensar.

Samuel Beckett fue además poeta. De hecho la poesía no sólo fue su principio y su fin sino el corazón y meollo de toda su escritura, basada a menudo en el soliloquio de la angustia poética o del juego desesperado. Otra actitud minoritaria y -ahora- poco seguida.La mujer de Beckett murió en un psiquiátrico. El viejo y lúcido Premio Nobel decidió quedarse a vivir allí: siempre junto al abismo. Razón última (o sinrazón) de la condición humana. Un lenguaje sincopado y lleno de aristas para poder entrar a los rincones más inaccesibles de la psique. ¿Buscamos hoy eso? ¿Le gusta el temblor de la hoja extrema a nuestra edad de basura chismosa y ruidosa trivialidad?

Beckett se consideró un «ser-en-exilio». Nosotros buscamos afincarnos, aunque sea en el hueco y el vacío. Escribió: «Otra vez la boca de sombra». Nunca, así, un centenario será tan inoportuno y tan contracorriente. Lo que, sin duda, el propio Beckett (mochuelo, lechuza, afilado azor ilustre) hubiera deseado. Con inteligencia.