Qué luto tan irreparable para el arte escénico y la dialéctica populista que su histrión más dotado haya pedido (o le hayan obligado en nombre de los sagrados asuntos de Estado) la excedencia, el retiro provisional o la melancólica jubilación. Privarnos de las heterodoxas e incansables creaciones interpretativas de José Bono causará una intolerable sensación de añoranza y de vacío a todos los que admiramos la capacidad de algunos actores geniales para el desdoblamiento, la habilidad de ser un montón de personajes sin perder el magnetismo congénito. A este camaleónico y pintoresco señor te lo puedes imaginar sin esfuerzo con mitra, báculo y anillo, con galones, cruces y medallas, con indistinta toga de fiscal o de abogado defensor, arengando a las masas proletarias y cenando con los banqueros, negociando en plan cómplice con Dios y con el diablo.
Aunque como buen cristiano amaba a todo su prójimo nunca ocultó sus profundos, vocacionales y meditados amores castrenses y consecuentemente se preocupó por su bienestar económico. También le chiflaba la idea de España, Una, Grande y Libre, de una unidad de destino en lo universal. Y como no, desdeñando el sectarismo que implican las etiquetas, también es un concienciado hombre de izquierdas.Qué bonita y exaltante la ajustada comparación que hace al despedirle el emocionado jefe del Ejército entre el histórico adiós entre comillas del glorioso general McCarthur y la retirada del prócer de La Mancha. En ese momento crepuscular aunque también grandioso, Bono solicita a los patriotas sin fisuras, incluidos los periodistas que están cubriendo ritual tan trascendente, que compartan su «Viva España». Sólo faltaba la cantarina y folclórica solidaridad de Manolo Escobar.
¿Alguno de los lectores ha sufrido en su existencia o en alguien cercano la visita esporádica o fija de un monstruo llamado depresión, el vértigo o la temible parálisis que la acompañan, el pavor a despertarse, el sufrimiento inexpresable, la desolación sin retorno, las auténticas ganas de morirse? Son palabras mayores, una enfermedad salvaje que merece que el saludable prójimo la trate con respeto. Debido a ello, me pone particularmente nervioso y me escandaliza que la mayoría de los delincuentes de altura (bueno, no tanta cuando han consentido algo tan impensable como que les pillen y les entrullen) aseguren que esa dama infernal se ha apoderado de su ánimo con la esperanza cierta de que la ley se compadezca y les conceda privilegios, libertad vigilada, facilidades médicas y legales para escaquearse del marrón.
Cuenta Hilario Pino que el apresado jefe de la Policía de Marbella declara padecerla. También era la imaginaria dolencia mental que justificaba las pensiones de incapacidad permanente en la sórdida movida de las compraventas de nóminas vitalicias. No hay que jugar en vano con tumores y depresiones. A lo peor, se empeñan en hacerte espantosa compañía.

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