Leo con curiosidad y con cierta nostalgia las noticias que se han ido sucediendo en estos días acerca de la nueva Ley de educación, denominada LOE.
No voy a entrar en si la LOE es mejor o peor que anteriores leyes, porque ni estoy en edad lectiva ni tengo hijos que puedan sentirse beneficiados o perjudicados por ella. Sin embargo, me llama la atención uno de los puntos que más controversia ha suscitado entre los detractores: al parecer, un alumno podrá pasar curso con dos asignaturas suspendidas, y, en algunos casos, incluso con tres. Inmediatamente me he acordado de mi época de estudiante, donde la presión, tanto por parte de los profesores como de los padres, era enorme. Tengo la sensación de que ahora la palabra suspenso no asusta a nuestros jóvenes. Cuando era bachiller, suspender una asignatura resultaba un asunto grave; más que suspender, se cometía un suspenso. El peso de la responsabilidad caía sobre el estudiante y la alargada sombra de la amenaza de repetición de curso se cernía sobre aquéllos que, como yo, no se esforzaban lo suficiente para superarlo. Todavía me atraganto cuando recuerdo el momento de llegar con la cartilla de calificaciones a casa con dos o tres suspensos, escritos en tinta roja para que no hubiese dudas...
Y me viene a la memoria una anécdota de un compañero de curso que, aterrorizado por los suspensos que contenía su cartilla, diseñó un plan para que su madre estampase su firma en el boletín de notas, sin que ésta -ahí residía la dificultad del ejerciciopudiese llegar a leerlas. Algo que parecía imposible, ya que el lugar del boletín donde debía ir la firma se hallaba precisamente junto a las calificaciones. Mi buen amigo Eduardito, al que todavía trato y admiro, decidió dejar la cartilla abierta sobre la mesa de su cuarto y disimularla con varios papeles que dispuso por encima, dejando, únicamente el espacio destinado para la firma, al descubierto. Ese día, a la hora de acostarse se mostró más cariñoso que de costumbre con su madre, que, extrañada y conmovida por tanto arrumaco, le preguntó a que se debía. «Querida mamá» -respondió- «me he dado cuenta de que te quiero muchísimo y te admiro tanto que lo que más desearía de ti es que me firmaras un autógrafo».
La madre, emocionada, no pudo negarse a satisfacer el adorable deseo de su hijo, que, entregándole una pluma, le señalaba con el dedito el espacio destinado a la firma. La buena señora, sin advertir donde escribía, se dispuso a estampar el autógrafo amorosamente solicitado por su hijo. Lo malo del asunto fue que no se dedicó exclusivamente a escribir su firma, sino que se dispuso a ofrecerle una dedicatoria: «A mi admirado y queridísimo hijo Eduardo, que, con cariño...». Los ojos de mi amigo saltaron de sus órbitas al tiempo que gritaba un atronador «¡Noooooooo!», que le delató y le procuró un castigo de los que hicieron época. Confío en que la LOE y el margen de error con el que obsequia a nuestros estudiantes eviten situaciones tan cómicas y terroríficas como las que sufrimos los contemporáneos de mi querido Eduardito.

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