Un país partido por la mitad, de Paolo Franchi en El Mundo
Recordaremos durante mucho tiempo este convulso día 10 de abril de 2006. Por una infinidad de motivos, se entiende. Sobre todo, porque nos ha dejado no una imagen, como quiere la política virtual, sino la cruda realidad de un país partido por la mitad, donde se va al Gobierno o a la oposición por un puñado de votos, y en el que, gracias a una curiosísima ley electoral, se corre el riesgo de obtener dos mayorías diferentes en la Cámara y en el Senado.
Nada de extraño, nada de malo. Así funcionan (ley electoral aparte) todas las democracias donde reina la alternancia. Que en caso de sustancial empate disponen, sin embargo (valga por todos el ejemplo alemán), de una importante solución de reserva, utilísima para las fases de mayor incertidumbre, que lleva el nombre de Gran Coalición.
El problema es que la Italia del 10 de abril no es sólo un país en el que el centroderecha y el centroizquierda disponen sustancialmente de los mismos resultados, y el que gana, gana por un palmo. El problema es que, desde 1994, cuando por vez primera, caída la Primera República, se le pidió a los electores que decidiesen cuál, entre las opuestas coaliciones, debía gobernar, Italia no se acercó ni un milímetro a las precondiciones de un bipartidismo moderno y, por así decir, civilizado. Que sigue consistiendo en un mínimo de legitimación recíproca entre las fuerzas contendientes.
Hace más de doce años que, como dice él mismo, bajó a la arena.Doce años que la izquierda, y no sólo a través de la vía del conflicto de intereses, considera en su corazón que Silvio Berlusconi es un usurpador. Y la otra mitad de los italianos que lo votan, en el mejor de los casos, unos incautos.
Hace más de doce años que Berlusconi y sus electores consideran a los adversarios, a la otra mitad de los italianos, como un horrendo conglomerado de antiguos y neocomunistas, de poderes fuertes y tontos útiles.
Esta campaña electoral ha empeorado incluso las cosas, si es posible. Además de conquistar a los indecisos a base de propuestas, programas e ideas para un país en auténtico declive. El centroderecha y el centroizquierda, el primero buscando (y con un extraordinario éxito inesperado) darle la vuelta a los pronósticos, haciendo olvidar una mediocre estancia en el Gobierno; el segundo, imaginando estúpidamente que ya tenía la Liberación en la mano, con el paso de los días se fueron poniendo como objetivo primario el de movilizar a sus respectivos electorados profundos, representando el voto popular como si fuese el juicio de Dios.
Y ambos lo consiguieron, a fuer de optimistas en contra de la realidad. Dándole la vuelta a una tendencia consolidada desde hace décadas, las italianas y los italianos, llamados esencialmente a un referéndum sobre Berlusconi, han vuelto a votar en masa.¿Por culpa de los impuestos, de una Unión que clamorosa y autolesionadamente tropezaba, y de un Cavaliere que prometía el oro y el moro? Claro que sí. Pero sobre todo para confirmar (algunos clamorosamente, la mayoría en silencio, incluso delante de los que les entrevistaban a la salida de las urnas) miedos y enemistades antiguas y profundas.
El que quiera entusiasmarse, que tome asiento. El que, a pesar de todo, insista en intentar razonar, sabe que ahora es todavía más difícil, mucho más difícil, hacer un Gobierno que gobierne, pero ante todo mantener unido este país. O, mejor dicho, estos dos países.
Paolo Franchi es analista político del Corriere della Sera.
