SI el escrutinio total confirma las proyecciones de voto para el Senado -cuyo dominio es imprescindible para la gobernabilidad del país- el problema es saber si Prodi podrá cumplir sus promesas electorales. Porque ha prometido reducir cinco puntos los impuestos sobre las rentas del trabajo en el primer año fiscal de la legislatura, y continuar bajándolos progresivamente... en un país en el que el 27 por ciento de la actividad económica escapa a los impuestos. Igual que ha prometido suprimir las tasas sobre los beneficios empresariales que se reinviertan en una actividad industrial... en una economía paralizada desde hace cinco años, que sólo era competitiva a nivel internacional cuando podía devaluar la lira de vez en cuando, algo tan asentado en la economía productiva italiana que hasta hay un partido que se llama «No Euro». Con o sin el Senado, a ver cómo consigue incrementar los beneficios sociales para los trabajadores autónomos y subir los impuestos sobre el trabajo temporal sin aumentar las cifras de paro. O cómo consigue aumentar el gravamen a los beneficios del capital desde el 12,5 actual al 20 por ciento anual sin que se venga abajo la economía.
¿Será capaz de paralizar el proyecto que eleva la edad de jubilación mínima de 57 a 60 años en el 2008 sin que los empresarios inventen alguna artimaña para rejuvenecer sus plantillas, reduciendo los cuarenta tipos actuales de contrato temporal? ¿De dónde va a sacar aire y biomasa suficientes para que el 25 por ciento de la electricidad provenga de energías renovables tras su negativa a la construcción de más centrales nucleares? ¿Se atreverá a reconocer legalmente a las uniones civiles de parejas homosexuales, a garantizar derechos a los «sin papeles», a retirar la ley que aumenta las sanciones a los inmigrantes ilegales y a paralizar los proyectos en infraestucturas, que es tanto como poner el pie en el freno del sector de las obras públicas, que es el mayor generador de empleo en Italia?

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