Sin novedad en el frente. Como se esperaba, como todo hijo de vecino se maliciaba, como no podía ser de otra forma tratándose del corazón de esta vieja Europa sumida en una crisis de identidad y de valores sin precedentes, el presidente francés, Jacques Chirac, anunció ayer la retirada del ya famoso y polémico Contrato de Primer Empleo (CPE) francés, que será sustituido por “una serie de normas” para la promoción laboral de jóvenes en paro.

Se veía venir: el primer ministro, Dominique de Villepin, no ha aguantado el tirón y se ha meado los pantalones, asustado al contrastar el empuje de la protesta callejera con la debilidad de sus propias convicciones liberales, para acabar inclinando la cerviz ante ese viejo cara dura con afilados espolones que es Chirac.

De modo que los valerosos ejércitos que dirige el elegante mariscal Villepin se declaran en fuga frente al empuje del viejo sindicalismo, dispuesto a defender con uñas y dientes sus privilegios de siempre, con la ayuda de una buena parte de la izquierda universitaria. El primer ministro dijo ayer que el ‘Contrato Joven’ no podía aplicarse tras las protestas de universitarios y sindicatos.

Estamos ante un episodio, uno más de los muchos que podrían elegirse, que ilustra con claridad meridiana el drama de un continente que sabe donde le aprieta el zapato pero no es capaz, no se atreve a tomar las medidas necesarias para ajustar la horma que corregiría su cojera, y prefiere seguir sufriendo y cojeando.

Es evidente que este Contrato de Primer Empleo no corrige los problemas del paro endémico francés (y europeo), pero era un buen punto de partida para facilitar la entrada de los jóvenes en el mercado laboral sobre la base de flexibilizar los costes del despido.

Sin ser un devoto de las tesis russonianas sobre la naturaleza humana, es obvio que un contrato de ese tipo abriría las puertas al empleo fijo a una mayoría de jóvenes listos, preparados y con una mínima ambición de prosperar, fundamentalmente porque todo empleador consecuente desea quedarse con aquellos jóvenes valiosos que descubre en su plantilla.

El argumento cierto de que, en Francia como en España, hay ‘empresarios’ desalmados dispuestos a mantener sus plantillas a base de empleo precario en permanente rotación (bastaría, por cierto, que la Inspección de Trabajo atara en corto a estos desaprensivos), no invalida la oportunidad de un modelo de contrato para jóvenes que aspiraba a romper los corsés de un mercado laboral muy rígido, que desalienta de manera efectiva la creación de empleo.

En un tímido mea culpa, Villepin dijo ayer lamentar que “no todos” hayan entendido su empeño en proponer medidas “fuertes” para combatir el paro juvenil, pero es seguro que una gran parte de la sociedad francesa es consciente del problema y sabe lo que habría que hacer para aliviarlo, argumento que no parece ser suficiente para una clase política acobardada, incapaz de resistir la menor presión de la calle, acostumbrada a nadar y guardar la ropa, interesada únicamente en los votos, que parece desconocer que gobernar es algo más que salir en los telediarios.

Y así está la conservadora Francia y la propia Unión Europa. Incapaz de dar un paso en la buena dirección. Entregada al disfrute de su nivel de vida, acostumbrada a vivir a crédito, disfrutando de un Estado del Bienestar cada día más difícilmente financiable, clara y mentalmente de espaldas a cualquier medida que ponga en cuestión los privilegios y derechos adquiridos, aunque esas medidas, como el CPE, supongan abrir la puerta a un futuro mejor para todos.