LA ÚNICA forma de suprimir un peaje es el rescate de la concesión. Y el único que debe rescatar una concesión es el poder que la otorgó. Si los gallegos pagamos 2,65 euros por viajar entre Pontevedra y Vigo, y los asturianos no pagan nada por ir de Oviedo a Gijón, sólo se pueden hacer dos cosas: explicar cuáles son nuestras compensaciones (las autovías a la Meseta, por ejemplo), o rescatar la concesión de Rande con fondos del Estado. Porque lo que ahora se hizo en Galicia no fue suprimir dos peajes, sino una extraña operación financiera que consiste en que, en vez de pagar el servicio los que lo utilizan, lo paguemos entre todos, y que, para beneficiar a un obrero de Cangas que trabaja en Vigo, se le cargue una porción de impuestos, por pequeña que sea, a un campesino de Cervantes que vende sus quesos en la feria de Becerreá.
Galicia no se vertebra pagando a Renfe para que circulen sus trenes vacíos (como hizo Fraga), ni suprimiendo peajes a golpe de protesta y demagogia, sino analizando globalmente nuestras oportunidades y necesidades, y tomando las medidas apropiadas para que todos tengamos los mejores servicios con los costes más bajos. Y esa vertebración no se va a conseguir por un camino que ya empieza a ser habitual y que debería preocuparnos muchísimo. Primero fueron los libros gratuitos, que resuelven un problema social de corto recorrido a base de una cuantiosa subvención que acaba en su mayor parte en familias que no la necesitan. Ahora son los peajes, que tapan la boca a los que protestan, pero que mantienen en su sitio las dificultades para la realización de las conurbaciones Ferrol-A Coruña y Pontevedra-Vigo. En el medio queda la absoluta incapacidad para hablar en serio de los aeropuertos, del trazado racional del AVE, de los nuevos e imprescindibles viales de comunicación, de la dotación de suelo industrial en las áreas de demanda, de las infraestructuras portuarias, de los mapas universitarios y de la incapacidad para abordar una política de reorganización territorial que impida el caos urbanístico en el entorno de las ciudades.
La sensación imperante es que Galicia se está gobernando a golpe de protesta o por pura reacción a los titulares de los periódicos, y que nadie tiene en la cabeza un plan -siquiera abstracto- que pueda evitar esta secuencia de golpes de efecto que siempre nos cuesta un riñón para dejarnos igual que estábamos. Por eso espero que me comprendan si no celebro que nuestros trenes circulen vacíos, que los puertos crezcan en minifundio, o que los de Cervantes paguen la alícuota parte de un peaje que no utilizarán en su vida. Porque la vertebración es otra cosa. Y cada vez parece estar más lejana.

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