La proximidad del 75º aniversario de la II República ha desatado una campaña de loas y añoranzas, encabezada por la sorprendente efusión de Zapatero, que ha llegado a ver en la Constitución de 1931 el antecedente de nuestra actual democracia. En próximos días vamos a asistir al elogio desmedido, ya iniciado en el ámbito gubernamental de la cultura, a esa etapa de la vida de España sobre la que se derraman emociones en la medida en que se ocultan sus errores. La II República fue un intento de establecer una democracia tras los desaciertos de Alfonso XIII, que había confiado en un dictador. Pero los hombres de la República no supieron o no quisieron aprovechar el entusiasmo desbordante de los inicios para construir un régimen sinceramente justo, liberal y pluralista, es decir, democrático, y mientras se esforzaban por la expansión de la enseñanza o la igualdad de la mujer se dejaban llevar por el sectarismo de perseguir a la Iglesia o castigar la libertad de expresión.
La Constitución de 1931 no aguanta la comparación con la de 1978, la mejor Constitución que ha tenido España. Prácticamente no se aplicó su parte más sensible, la referida a los derechos individuales.El Gobierno provisional, que se había dotado de la arbitraria ley de Defensa de la República, logró incorporarla a la Constitución, con lo que ésta quedó desactivada desde el momento mismo de su promulgación. Esa ley, instrumento del Gobierno republicano-socialista del primer bienio, fue descalificada por los propios republicanos.Alcalá-Zamora la tachó de «antiliberal»; para Ortega y Gasset era una ley que mancillaba a la República; Portela Valladares denunció su «extremado autoritarismo»; el socialista Vidarte mostró al cabo de los años la «vergüenza de haberla votado».Azaña la sustituyó por una áspera ley de Orden Público, que en el segundo bienio aplicó el Gobierno de centro derecha durante una sucesión continua de estados de excepción, con lo que los derechos individuales siguieron en cuarentena, lo que no fue corregido sino aumentado por los Gobiernos del Frente Popular.

Pretender que la República fue un paréntesis de libertad es, cuando menos, un error, como lo es concebir su Constitución como un antecedente de la Constitución de la Monarquía de 1978, que es el resultado de un pacto de reconciliación de los españoles, tan necesario y tan alentador. La República soñada por algunos -con libertades y derechos efectivos, tolerancia, pluralismo y paz- nada tiene que ver con la de 1931. Y la República real, esa que tanto defraudó, nada tiene que enseñar a la España democrática del siglo XXI.