El 17 de marzo de 2003, el líder de la Cámara de los Comunes, Robin Cook, presentó la dimisión de su cargo ante el parlamento británico en protesta por la política de su Primer Ministro en la invasión de Iraq, como incondicional aliado de George Bush. Fue aquel un discurso memorable que, cosa inédita en los Comunes, arrancó los aplausos de gran parte de los diputados.

Cook, que tras el regreso al poder del Laborismo en 1997 se convirtió en el primer ministro de Asuntos Exteriores de Tony Blair, cargo que ocupó hasta 2001, cuando fue sustituido por Jack Straw, quiso dar, según confesión propia, una "dimensión ética" a la política exterior británica. Su dimisión fue un duro golpe para Blair, decidido a embarcarse en la ocupación de Iraq del brazo de los USA.

No hubo cena secreta la noche anterior, ni conciliábulos entre amiguetes, ni entrevista de prensa previa a su declaración. "He querido dirigirme primeramente a esta Cámara, para explicarles por qué me es imposible apoyar una guerra que carece de un acuerdo internacional y que tampoco tiene apoyo nacional".

Pero el de Cook no fue un caso aislado. Justo un día después, el 18 de marzo de 2003, también el ministro de Sanidad, Lord Philip Hunt, hizo pública su renuncia a seguir en el Gobierno de Blair, en protesta por la política adoptada en Iraq. "Al final del día no apoyo esta acción, y me parece hipócrita seguir en el Gobierno", manifestó Hunt.

Cook presentó su dimisión a cara descubierta y ante los representantes de la soberanía nacional. Sin subterfugios. Sin medias palabras. Sin esconderse. Como se supone debe dimitir no ya un político demócrata en una democracia avanzada como la británica, sino simplemente un hombre ("el paso erguido del hombre", que decía Block, la frente alta, la mirada a los ojos) que se viste por los pies. Cook, como el propio Hunt, fue un político consecuente con sus ideas, que plantó a Blair porque no estaba de acuerdo con sus políticas de guerra.

Su ejemplo no puede resultar más deslumbrante y enaltecedor ante el miserable espectáculo que en España acaba de protagonizar José Bono con su dimisión. Un ministro de Defensa cobarde (recuerden aquello de que el Ejercito no está para hacer la guerra, sino para repartir ramitos de violetas por la Gran Vía madrileña), que ha protagonizado, consecuente el tío, una dimisión cobarde, propia de una democracia hemipléjica que cada día se parece más a lo que nunca dejó de ser: una copia en sepia del franquismo.

Bono, el gran bufón del Gobierno de Rodríguez Zapatero, ególatra e histriónico, se ha ido de tapadillo, sin bulla, sí pero no, casi sin ruido, tras muchas semanas de comentar su malestar a hurtadillas entre amigos, de modo que los españoles avisados, que son mayoría y están a cabo de la calle de lo ocurrido, se ven, sin embargo, obligados a echar mano de la cábala y el conciliábulo como se hacía en pleno franquismo, cuando al Generalísimo se le antojaba enviar un motorista con el famoso sobre guillotina a casa de cualquiera de sus ministros de pacotilla.

Bono era el grano en el culo (en afortunada metáfora de Juan Carlos Escudier en este Confidencial), que Zapatero ha extirpado sin necesidad de cirugía, tan ricamente, con un simple chasquido de dedos. Haciendo bueno el dicho de que "a enemigo que huye, puente de plata", Bono desaparece evanescente sin lastimar, sin rozar siquiera la mejilla de quien ya apunta como un nuevo y carismático líder, ¡hay que ver, qué listo Zapatero: un nuevo golpe maestro que sorprende a los españoles llenando el maletero de bultos para irse al pueblo de vacaciones...!

Su retirada no deja lección moral alguna por herencia. Ni un ápice de valor cívico, don José. Simple espantada impropia de un demócrata, que no hace sino poner de nuevo de manifiesto el mal viejo de una democracia corrompida, tutelada por un poder fáctico que hoy no es ni la Iglesia ni el Ejercito (cuyo desmantelamiento usted ha rubricado), sino el dinero: el miedo a hablar alto y claro.

Usted se ha comportado como el político arquetipo de una democracia enferma donde la regla de oro, la norma de conducta colectiva por excelencia sigue siendo el miedo a hablar, rendidos todos al oscurantismo de la media voz, el cambalache, la sospecha, el silencio cómplice. Miedo a hablar claro, a exponer las razones de cada cual respetuosamente y en voz alta, a dimitir sin subterfugios, manifestando abierta y democráticamente las razones de la iniciativa.

¿Volverá a la política activa algún día el señor Bono? La pregunta carece del menor interés. Esta usted ya muy visto, señor Bono. El episodio del viernes ha terminado por perfilar la idea que muchos españoles tenían de usted: un histrión cantamañanas más, con mucha labia, eso sí, de los muchos que pueblan la política española.

En el paisaje desolado de esta pobre democracia donde medra la cobardía individual y colectiva, los medios de comunicación se han comportado como se esperaba de ellos: mareando la perdiz. Añadiendo paladas de barro al engaño masivo. Alabando incluso al dimisionario. Particularmente patético el comportamiento al respecto del diario El Mundo y de su director.

Y ello simplemente porque Bono es ‘un amigo’, y hay que tratarlo como tal. Es lo que tiene, amigo Pedrojota, tu empeño de estos años por ser percibido como parte del establishment patrio. Pero por el camino de tu renuncia a la radicalidad democrática, El Mundo nunca será enseña del cambio hacia esa democracia plena a que aspiran tantos españoles mayores de edad, sino parte esencial de la gran farsa, la gran estafa intelectual y ética que pretende mantener en pie contra viento y marea el edificio de esta democracia enferma, en el que tan bribona como ricamente viven unos cuantos.