Alfonso Guerra, según el modelo establecido por Jano, uno de los más viejos dioses de Roma, tiene dos caras. Una mira hacia delante y la otra, hacia atrás. Así, además de confundir a sus interlocutores, tiene siempre bien cubierta la retaguardia y, si el caso lo requiere, la retirada.
Tal que Silvio Berlusconi, Guerra es de los políticos que tienden a pensar que quienes no les votan son unos coglioni –unos gilipollas – y si estuviera en el mercado, como los tomates o los pimientos, sería un gran negocio comprarle por lo que objetivamente vale y venderle a continuación por lo que él piensa que verdaderamente es su valor.
Confieso que Guerra, antes y ahora, consigue sorprenderme. Su mayor diferencia con sus conmilitones estriba en que ellos suelen ser de piñón fijo y él, más que cambiar de piñón según la dificultad del terreno, puede dejar de ser una bicicleta para convertirse en trolebús. Quizás por eso, cuando era el vicepresidente de Felipe González, pudo asumir el papel de “malo de la película” siendo, como era en función del contraste, un angelito como los imaginados por su paisano Bartolomé Esteban Murillo.
En ocasiones, especialmente cuando no viene a cuento, Alfonso Guerra tiene arranques de gallardía y talento; pero, conocedor del frío que hace lejos de las estufas del poder, es capaz de tragarse sus palabras, por punzantes que resulten, con la alegre facilidad de un fakir de circo.
El sevillano, después de representar uno de los grandes papelones de su carrera política y criticar – con razón – el mismo Estatut salido de la Comisión Constitucional del Congreso que él mismo preside – sin gallardía –, viajó este pasado sábado al País Vasco y actuó, en Baracaldo, en un centro muy propio para el lucimiento de su gran mérito histriónico: el Bilbao Exhibition Center.
Tras haberse tragado todos los sapos del Estatut muñido por Pasqual Maragall y bendecido por José Luis Rodríguez Zapatero, en presencia de Patxi López, criticó a los socialistas que “hablan como nacionalistas”. Después, en un arrebato sobrevenido de sentido común, arengó a las Juventudes Socialistas, anfitrionas del acto, a “combatir” los nacionalismos.
Como disfruto el privilegio de ganarme la vida expresando mis pensamientos, el fruto de mis análisis, me cuesta trabajo entender la dolorosa dificultad de pensar de una manera y tener que aparentar otra distinta para poder llevar unos garbanzos a casa. De ahí que Alfonso Guerra, últimamente, me produzca una inmensa compasión. Quiere seguir saliendo en la foto y él, como maestro del género, no puede dejar de moverse para parecer inmóvil.
Lo que no pudieron conseguir Francisco Franco, la Transición, Adolfo Suárez, el 23-F y el mismísimo González, ganarle el pulso de las propias ideas a Alfonso Guerra, lo ha alcanzado, casi sin esfuerzo, “bambi” Zapatero. La edad no perdona; el poder, mucho menos y el cazo, como en la vieja fábula infantil siempre piensa que la sartén tiene el culo mucho más sucio que el suyo propio.

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