El Gobierno está preparando una ley de la Función Pública para regular el buen quehacer de los trabajadores de la Administración. A falta de nueva información, el mensaje que ha llegado a la sociedad es que se despedirá a los funcionarios que no desempeñen bien su trabajo, como si todo lo que funciona mal en la Administración tuviera esa causa. La fuerza mediática de la noticia se ha reducido a ocupar dos días un espacio secundario del panorama informativo, porque a diferencia de otros temas, el Gobierno no ha sido duramente atacado. Sólo se ha oído la voz discordante - pero tímida- de los sindicatos, que han mostrado su prevención ante posibles vulneraciones de los derechos de los trabajadores implicados.

No es que la ley no sea necesaria o importante, pero sí que parece oportunista. El Ejecutivo necesita grandes dosis de popularidad después del embate continuo al que lo somete la oposición en los llamados grandes temas de la agenda política.

Y a nadie se le escapa que en nuestro país - nos sorprendería ver que pasa lo mismo en todos los países- es habitual oír decir - a gentes de muy diverso tipo, procedencia y ocupación- lo poco y lo mal que trabajan los funcionarios.

La opinión general de la ciudadanía es que los funcionarios son unos vagos y que tener que pedir algo a la Administración es un drama. Es cierto que cuesta mucho tiempo y algún que otro sinsabor tramitar una petición, pero ello no implica que los funcionarios públicos no trabajen o hagan mal las tareas que tienen que desempeñar. Claro que alguno habrá que merezca ese calificativo, pero ni todos ni la mayoría pueden ser clasificados según el mal hacer de unos cuantos.

El colectivo de funcionarios es muy amplio, muy diverso, amén que trabajar para la administración pública es cada vez menos sinónimo de ser funcionario. La mayoría de los nuevos contratados son personal laboral - es decir, no funcionario-, se abren expedientes y hay despidos, e incluso, nos sorprendería saber que hay quien trabaja más horas de las pagadas, aunque no sea la tónica habitual. Desde fuera es muy difícil ver el entramado tan complejo que supone la burocracia y ser conscientes de que los trabajadores de la Administración son sólo - en la mayoría de los casos- la cara informativa y la expresión ejecutiva de un sistema complejo e imperfecto.

El sistema burocrático no entiende de flexibilidades ni de casos particulares. Tampoco de urgencias. Sólo entiende de procedimientos preestablecidos, protocolos de actuación y presupuestos asignados, o, mejor dicho, de falta de presupuestos. De ahí muchas veces - no sólo de la mala práctica- la imposibilidad de los trabajadores de la Administración de resolver nuestros problemas, en el tiempo y en la manera que nosotros queremos y esperamos.

Mucho ha llovido desde que Mariano José de Larra escribiera su famoso artículo Vuelva usted mañana,pero lo que en él se decía sobre los funcionarios ha pasado a formar parte de la cultura de este país. No voy a decir que tengamos una administración pública perfecta, y ni se me ocurre afirmar que funcione bien, pero vayamos un poco más allá. Apartémonos del estereotipo fácil, y seamos capaces de reconocer cuántas veces hemos recibido una gran ayuda de la administración pública. Mejor dicho, no de ella, sino del trabajador que la representa y ha llevado sus obligaciones más allá de lo establecido para que, a pesar de las rigideces del sistema administrativo, pudiéramos solucionar alguno de nuestros problemas. No es fácil entender que la persona que nos atiende es sólo una pieza del sistema y, echamos más veces la culpa al mensajero de lo que debiéramos.

C. SÁNCHEZ MIRET, socióloga.