Por Dios y por la patria española los llamados «nacionales» liderados por el general Francisco Franco se levantaron contra la democracia republicana en el verano de 1936; por Dios y por la patria vasca los nacionalistas del PNV liderados por José Antonio Aguirre y Juan Ajuriaguerra traicionaron a la democracia republicana en el verano de 1937, provocando la caída del frente republicano en el Norte, la derrota militar de la República en Asturias y el principio del fin de la guerra civil, pues como declaró Franco a un periódico inglés, con la caída de Bilbao y de Asturias sabía que tenía ganada la guerra, que sin embargo aún se iba a prolongar dos interminables años más.

Por Dios y por la patria los nacionalistas vascos, después de pactar con el Vaticano y Mussolini, huyeron por Santoña y por Laredo hacia la Francia libre, dejando a salvo a sus compatriotas, a Bilbao y a las grandes industrias vizcaínas, dejando a salvo sus principios, y dejando a salvo incluso su conciencia por no tener las manos manchadas de sangre, como ocurrió con todos los demás protagonistas de aquel drama.

Por Dios y por la patria los nacionalistas vascos -que Franco siempre llamó separatistas- tuvieron que irse al exilio dejando abandonada la República y la democracia españolas, y aunque la decisión del nacionalismo no fue unánime, todos los que pudieron se marcharon en aquel largo verano del 37, dejando frente a frente a las dos Españas combatiendo, en una guerra fratricida que era de los españoles, pero no de los patriotas vascos.

Entre Dios y los republicanos los nacionalistas vascos eligieron a Dios; entre España y Euskadi eligieron su tierra; entre la destrucción definitiva de Vizcaya -después de haber vivido la dramática destrucción de Guernica- y el pacto de rendición eligieron la rendición; entre la democracia y la dictadura eligieron el exilio, dejando en la estacada a la República, que en octubre de 1936 había concedido por primera vez en la historia la autonomía al País Vasco.

Claro que muchos miles de vascos republicanos defendieron hasta las últimas consecuencias a la II República, porque al contrario que sus paisanos nacionalistas, entre patria y democracia optaron por luchar por la democracia hasta el final, en el frente de Asturias, en la heroica batalla llanisca del Mazucu, y luego en las tierras del Levante y Barcelona, pero esta «traición de Santoña» por los nacionalistas vascos fue, como dice Xuan Cándano, un episodio «trascendental en la guerra civil».

Xuan Cándano lo puede afirmar con más autoridad que nadie por ser el autor de un magnífico libro sobre estos acontecimientos, que acaba de publicar dando luz a unos hechos decisivos en la guerra de España que habían sido ignorados durante 70 años.

Un libro, «El Pacto de Santoña (1937). La rendición del nacionalismo vasco al fascismo», que su autor definía modestamente hace unos días en estas páginas de La Nueva España como «un macrorreportaje histórico», pero que en realidad es un brillante estudio de historia contemporánea, tanto por la gran cantidad de fuentes orales y escritas utilizadas, como por el análisis del texto y el contexto de aquellos dramáticos hechos que marcaron definitivamente el destino de la guerra civil.

Un libro que como dice Gregorio Morán en su estupendo prólogo es «una crónica escrupulosa» y además una crónica fantástica que «bordea la literatura» al expresar las emociones y los sentimientos de aquellos hombres que decidieron traicionar a la República española para salvar Euskadi.

Un libro, sobre todo, que se atreve a abordar con todas las consecuencias un tema tabú, un tema prohibido y censurado por el nacionalismo vasco, un tema vasco en el viejo drama «carlista» de España, un tema internacional y vaticanista y religioso y militar y político, esto es, un gran tema, que como dice en las mismas páginas finales de este estudio el nacionalista Txema Montero corre el riesgo de ser «utilizado por parte del españolismo montaraz», pero que ha sido realizado por nuestro autor entrando en el cerco vasco sin condiciones ni hipotecas, lo que demuestra la insobornable independencia, el amor a la verdad, la capacidad analítica y la gran talla de escritor y de investigador de Xuan Cándano.

Un escritor «asturianista» que como él mismo dice no es nacionalista, que se siente vinculado intelectualmente al asturianismo de los grandes maestros del «Grupo de Oviedo» -hace poco ha reeditado y prologado el memorable libro de su admirado Rafael Altamira, «Tierras y hombres de Asturias»- y que en consecuencia es un asturianista abierto al mundo, que para empezar sabe que nuestra tierra está directamente conectada con el País Vasco, naturalmente después de pasar por Santander.

Porque, aunque hay tres nortes cantábricos bien distintos como queda claro una vez más en este libro, el norte «verde» del nacionalismo vasco, el «azul» franquista de Santander y el «rojo» izquierdista de nuestra tierra, Asturias está conectada directamente con Euskadi: lo está en este drama de la guerra y lo ha estado históricamente desde hace mucho tiempo en la puesta en marcha de la industrialización, en el desarrollo económico, financiero, empresarial y hasta político del Principado, como prueban las historias de Indalecio Prieto y de Varela, de Isidoro Acevedo y de Dolores Ibarruri.

Ya Jovellanos, cuando llegó a Bilbao por primera vez para informar sobre la situación industrial vasca, escribió gratamente sorprendido que aquel territorio «parece un país encantado». Luego vinieron los vascos a poner en marcha a finales del siglo XVIII las fábricas de cañones y armas en Trubia y en Oviedo, y más tarde los brillantes ingenieros industriales Luis Adaro y Francisco Gascué, para dirigir las grandes empresas minero-siderúrgicas, y luego José Tartiere levantó con ayuda de los vascos minas en la cuenca del Aller y la moderna fábrica Industrial Asturiana Santa Bárbara y el llamado Banco Asturiano y hasta hizo a Oviedo más capital con sus iniciativas, y en Turón y en Laviana y en Duro-Felguera, que era de los Urquijo, y en el Ferrocarril Vasco-Asturiano y en lo que Xuan Cándano llama San Esteban de Bocamar, o sea de Pravia, entre tanto ir y venir de carbones y hierros, de empresarios y obreros, se fue produciendo estos últimos siglos una «vasquización» de Asturias que todavía continúa y que nos ha unido definitivamente a aquella tierra.
Una vez tuve ocasión de intervenir con Ramón Rubial en una mesa y allí el ex presidente del PSOE dijo emocionado, hablando de la resistencia común a la dictadura, que los vascos y los asturianos se parecían mucho, que «antes de doblarse, parten». Cuando tiempo después le conté esta manera de definirnos a un amigo catalán, él me respondió marcando las diferencias: «Pues nosotros, los catalanes -observó con cierta ironía-, antes de partir, doblamos».

Sirva esta expresiva anécdota para aproximarnos al entendimiento de la diversidad de las identidades españolas, aunque como señala Gregorio Morán en su prólogo, no hay un tipo de vasco, como no hay un tipo de asturiano o de catalán, hay vascos y vascos, y los nacionalistas vascos traicionaron en aquella ocasión histórica a la II República para salvar sus convicciones, sus intereses y su patria, dejando al descubierto la «miseria del patriotismo» de la que habla también Morán, porque el sueño de la patria en realidad no ha producido más que monstruos, monstruos como este mal llamado «Pacto de Santoña».

Por último, que esta traición de los nacionalistas vascos (hecha con nocturnidad alevosía) a la República y a la democracia españolas en plena guerra, que este histórico «Pacto de Santoña» haya sido investigado por un asturiano rompiendo el bloqueo nacionalista, y que este asturiano sea oriundo de San Esteban de Bocamar, es decir, por un asturiano que creció en un pueblo astur-vasco donde terminaba el ferrocarril del «Vasco» y cargaban carbón los barcos de Altos Hornos de Vizcaya, tiene toda la lógica del mundo: la de Jovellanos y el país encantado, la de nuestras fábricas de armas, la de los empresarios y las empresas comunes, la del movimiento obrero y la izquierda de ambas tierras, porque, en efecto, Asturias está conectada (para bien o como en este caso para mal) sobre todo con el País Vasco, como nos ha vuelto a demostrar en este excelente libro vasco-asturiano el gran escritor Xuan Cándano.

Este texto recoge buena parte de la intervención del autor en la presentación del libro «El Pacto de Santoña».