Por Dios y por la patria española los llamados «nacionales» liderados por el general Francisco Franco se levantaron contra la democracia republicana en el verano de 1936; por Dios y por la patria vasca los nacionalistas del PNV liderados por José Antonio Aguirre y Juan Ajuriaguerra traicionaron a la democracia republicana en el verano de 1937, provocando la caída del frente republicano en el Norte, la derrota militar de la República en Asturias y el principio del fin de la guerra civil, pues como declaró Franco a un periódico inglés, con la caída de Bilbao y de Asturias sabía que tenía ganada la guerra, que sin embargo aún se iba a prolongar dos interminables años más.
Por Dios y por la patria los nacionalistas vascos, después de pactar con el Vaticano y Mussolini, huyeron por Santoña y por Laredo hacia la Francia libre, dejando a salvo a sus compatriotas, a Bilbao y a las grandes industrias vizcaínas, dejando a salvo sus principios, y dejando a salvo incluso su conciencia por no tener las manos manchadas de sangre, como ocurrió con todos los demás protagonistas de aquel drama.
Por Dios y por la patria los nacionalistas vascos -que Franco siempre llamó separatistas- tuvieron que irse al exilio dejando abandonada la República y la democracia españolas, y aunque la decisión del nacionalismo no fue unánime, todos los que pudieron se marcharon en aquel largo verano del 37, dejando frente a frente a las dos Españas combatiendo, en una guerra fratricida que era de los españoles, pero no de los patriotas vascos.
Entre Dios y los republicanos los nacionalistas vascos eligieron a Dios; entre España y Euskadi eligieron su tierra; entre la destrucción definitiva de Vizcaya -después de haber vivido la dramática destrucción de Guernica- y el pacto de rendición eligieron la rendición; entre la democracia y la dictadura eligieron el exilio, dejando en la estacada a la República, que en octubre de 1936 había concedido por primera vez en la historia la autonomía al País Vasco.
Claro que muchos miles de vascos republicanos defendieron hasta las últimas consecuencias a la II República, porque al contrario que sus paisanos nacionalistas, entre patria y democracia optaron por luchar por la democracia hasta el final, en el frente de Asturias, en la heroica batalla llanisca del Mazucu, y luego en las tierras del Levante y Barcelona, pero esta «traición de Santoña» por los nacionalistas vascos fue, como dice Xuan Cándano, un episodio «trascendental en la guerra civil».
Xuan Cándano lo puede afirmar con más autoridad que nadie por ser el autor de un magnífico libro sobre estos acontecimientos, que acaba de publicar dando luz a unos hechos decisivos en la guerra de España que habían sido ignorados durante 70 años.
Un libro, «El Pacto de Santoña (1937). La rendición del nacionalismo vasco al fascismo», que su autor definía modestamente hace unos días en estas páginas de La Nueva España como «un macrorreportaje histórico», pero que en realidad es un brillante estudio de historia contemporánea, tanto por la gran cantidad de fuentes orales y escritas utilizadas, como por el análisis del texto y el contexto de aquellos dramáticos hechos que marcaron definitivamente el destino de la guerra civil.
Un libro que como dice Gregorio Morán en su estupendo prólogo es «una crónica escrupulosa» y además una crónica fantástica que «bordea la literatura» al expresar las emociones y los sentimientos de aquellos hombres que decidieron traicionar a la República española para salvar Euskadi.
Un libro, sobre todo, que se atreve a abordar con todas las consecuencias un tema tabú, un tema prohibido y censurado por el nacionalismo vasco, un tema vasco en el viejo drama «carlista» de España, un tema internacional y vaticanista y religioso y militar y político, esto es, un gran tema, que como dice en las mismas páginas finales de este estudio el nacionalista Txema Montero corre el riesgo de ser «utilizado por parte del españolismo montaraz», pero que ha sido realizado por nuestro autor entrando en el cerco vasco sin condiciones ni hipotecas, lo que demuestra la insobornable independencia, el amor a la verdad, la capacidad analítica y la gran talla de escritor y de investigador de Xuan Cándano.
Un escritor «asturianista» que como él mismo dice no es nacionalista, que se siente vinculado intelectualmente al asturianismo de los grandes maestros del «Grupo de Oviedo» -hace poco ha reeditado y prologado el memorable libro de su admirado Rafael Altamira, «Tierras y hombres de Asturias»- y que en consecuencia es un asturianista abierto al mundo, que para empezar sabe que nuestra tierra está directamente conectada con el País Vasco, naturalmente después de pasar por Santander.
Porque, aunque hay tres nortes cantábricos bien distintos como queda claro una vez más en este libro, el norte «verde» del nacionalismo vasco, el «azul» franquista de Santander y el «rojo» izquierdista de nuestra tierra, Asturias está conectada directamente con Euskadi: lo está en este drama de la guerra y lo ha estado históricamente desde hace mucho tiempo en la puesta en marcha de la industrialización, en el desarrollo económico, financiero, empresarial y hasta político del Principado, como prueban las historias de Indalecio Prieto y de Varela, de Isidoro Acevedo y de Dolores Ibarruri.
Ya Jovellanos, cuando llegó a Bilbao por primera vez para informar sobre la situación industrial vasca, escribió gratamente sorprendido que aquel territorio «parece un país encantado». Luego vinieron los vascos a poner en marcha a finales del siglo XVIII las fábricas de cañones y armas en Trubia y en Oviedo, y más tarde los brillantes ingenieros industriales Luis Adaro y Francisco Gascué, para dirigir las grandes empresas minero-siderúrgicas, y luego José Tartiere levantó con ayuda de los vascos minas en la cuenca del Aller y la moderna fábrica Industrial Asturiana Santa Bárbara y el llamado Banco Asturiano y hasta hizo a Oviedo más capital con sus iniciativas, y en Turón y en Laviana y en Duro-Felguera, que era de los Urquijo, y en el Ferrocarril Vasco-Asturiano y en lo que Xuan Cándano llama San Esteban de Bocamar, o sea de Pravia, entre tanto ir y venir de carbones y hierros, de empresarios y obreros, se fue produciendo estos últimos siglos una «vasquización» de Asturias que todavía continúa y que nos ha unido definitivamente a aquella tierra.
Una vez tuve ocasión de intervenir con Ramón Rubial en una mesa y allí el ex presidente del PSOE dijo emocionado, hablando de la resistencia común a la dictadura, que los vascos y los asturianos se parecían mucho, que «antes de doblarse, parten». Cuando tiempo después le conté esta manera de definirnos a un amigo catalán, él me respondió marcando las diferencias: «Pues nosotros, los catalanes -observó con cierta ironía-, antes de partir, doblamos».
Sirva esta expresiva anécdota para aproximarnos al entendimiento de la diversidad de las identidades españolas, aunque como señala Gregorio Morán en su prólogo, no hay un tipo de vasco, como no hay un tipo de asturiano o de catalán, hay vascos y vascos, y los nacionalistas vascos traicionaron en aquella ocasión histórica a la II República para salvar sus convicciones, sus intereses y su patria, dejando al descubierto la «miseria del patriotismo» de la que habla también Morán, porque el sueño de la patria en realidad no ha producido más que monstruos, monstruos como este mal llamado «Pacto de Santoña».
Por último, que esta traición de los nacionalistas vascos (hecha con nocturnidad alevosía) a la República y a la democracia españolas en plena guerra, que este histórico «Pacto de Santoña» haya sido investigado por un asturiano rompiendo el bloqueo nacionalista, y que este asturiano sea oriundo de San Esteban de Bocamar, es decir, por un asturiano que creció en un pueblo astur-vasco donde terminaba el ferrocarril del «Vasco» y cargaban carbón los barcos de Altos Hornos de Vizcaya, tiene toda la lógica del mundo: la de Jovellanos y el país encantado, la de nuestras fábricas de armas, la de los empresarios y las empresas comunes, la del movimiento obrero y la izquierda de ambas tierras, porque, en efecto, Asturias está conectada (para bien o como en este caso para mal) sobre todo con el País Vasco, como nos ha vuelto a demostrar en este excelente libro vasco-asturiano el gran escritor Xuan Cándano.
Este texto recoge buena parte de la intervención del autor en la presentación del libro «El Pacto de Santoña».

"El pacto de Santoña (1937). La rendición del nacionalismo vasco al fascio" de Xuan Cándano acabo de ojearlo. Y agradezco de corazón la aparición del libro. He leído la introducción de Morán y parte del libro de Xuan. Y, de pronto, hay algo que me llama la atención tanto en el título como en el interior. Y ese ese recalque del "nacionalismo vasco", que a veces -muy pocas- se precisa "los nacionalistas del PNV". Por lo que conozco la traición se llevó a cabo con alevosía y bastabnte en secreto, entre un círculo dirigente del PNV. A eso llamarle traición me parece correvto y real, pero llamarle en nuestros días "nacionalismo vasco" me parece muy exagerado y, quizá, tendencioso y mala uva. Yo, que desde hace tiempo, llamo traición sé muy bien distinguir al fino historiador. El título, cuando menos, me parece tendencioso. Ah, y de nuevo eskerrik asko por el libro. Mikel Arizaleta
El “pacto” de Santoña
Cuando estamos recordando el 69 aniversario del bombardeo de Gernika por la Legión Condor, a pocos metros de la ilegal casa erigida por el lehendakari Ardanza, me vienen a la memoria un par de personajes de su pueblo natal: Alejandro de Goicoechea y Omar, hijo del boticario de Elorrio (de cuyo ingeniero lleva su sello el TALGO= tren articulado ligero Goicoechea Omar) y el señor Unceta, marqués de Casa-Jara, en frase de Sabino de Apraiz y Urotz, destacado derechista. Dos personajes de triste recuerdo en la historia de Euskadi. Goicoechea más mito y fábula que realidad, “capaz de ponerse a temblar delante de un perro de lanas”. Miedoso, cauteloso e impresionable, y que en la memoria de muchos permanece como el diseñador de otro gran mito: el Cinturón de Hierro de Bilbao, “que lo único que tuvo de extraordinario fue la cantidad de toneladas de metralla empleadas en la acción.... Fue trazado y proyectado de acuerdo con el alcance y poder destructivo de las armas utilizadas por los nacionales al comienzo de la guerra, y no de los nuevos y desconocidos medios de aviación aportados por Alemania e Italia”. Por cierto, el Cinturón de Hierro ni se llamaba así ni fue diseñado por Alejandro de Goicoechea. El verdadero nombre de la fortificación era Cinturón Defensivo de Bilbao y fue proyectado por el teniente coronel Alberto Montaud Noguerol. Y el jefe de ejecución de las obras fue el capitán Pablo Murga, a las órdenes de Montaud, detenido el 28 de octubre de 1936 por pasar información del Cinturón Defensivo y fusilado, tras juicio en el tribunal de jurado, el 12 de noviembre de 1936 en la pared del cementerio de Derio. Tras el fusilamiento de Pablo Murga -enterrado en el cementerio de Erandio-, le sustituiría Goicoechea en el mando de ejecución del Cinturón Defensivo y desertaría, pasándose al enemigo, el 27 de enero de 1937 con Jaime Unceta. Y la información, que el traidor ingeniero Goicoechea pasa al enemigo, es menor de la imaginada: “Nada de planos, cosa que, por otra parte, no le hacía falta llevar. En cuanto a los informes que facilitó sobre las fortificaciones a los revoltosos, aparte de pequeños detalles y otras cosas no observables desde la aviación, todo lo que contó e informó lo sabía desde hacía tiempo el Mando Nacional, que contaba con unos aparatos de aviación de observación dotados de unas cámaras fotográficas capaces de tomar gran número de fotografías por segundo y que, por supuesto, actuaban impunemente” (Sabino de Apraiz).
Pero regresemos al “pacto” de Santoña, al lugar de las conversaciones con los italianos en la villa Zubiburu de san Juan de Luz. Ya Alberto de Onaindía, el cura Olaso de Markina que hizo de mediador entre el gobierno de Mussolini y Juan Ajuriaguerra, presidente del Bizkai-Buru Batzar del PNV, entrecomilla la palabra pacto en el título de su libro. Parece gustarle más la palabra capitulación y entiende que haya quien le llame “traición”, como sostiene Gregorio Morán en el injusto y duro prólogo del libro: “El pacto de Santoña (1937). La rendición del nacionalismo vasco al fascismo” del asturiano Xuan Cándano. Lo que se acordó, por parte de Juan Ajuriaguerra, fue: “a.- deponer ordenadamente las armas entregando el material a las fuerzas legionarias italianas, que ocuparían sin lucha la región de Santoña; b.- conservar el orden público en la zona que ocuparan; c.- asegurar la vida y libertad de los rehenes políticos de las cárceles de Laredo y Santoña. Y por parte de las fuerzas italianas: a.- garantizar la vida de todos los combatientes vascos, tenerlos hasta la terminación de la guerra bajo su mandato sin entregarlos al General Franco; b.- garantizar la vida y autorizar la salida al extranjero de todos los hombres políticos y funcionarios vasos existentes en el territorio de Santoña y Santander; c.- considerar, a los combatientes vascos sometidos a esta capitulación, libres de toda obligación de participar en la guerra civil; d.- garantizar que no sea perseguida la población vasca leal al Gobierno Provisional de Euzkadi. Lo acontecido luego fue fata morgana, no respondió a lo acordado: muchos fueron fusilados, otros terminarían en campos de concentración y batallones de trabajadores. O, en palabras de Gregorio Morán, la queja “del mafioso que reprocha al sicario que no se comporte como un socio de impecable honorabilidad”.
Pero llamar en el 2006 al “pacto”, capitulación o traición de Santoña “rendición del nacionalismo vasco al fascismo” es, en cualquier caso, profunda injusticia y huele a tergiversación. Cuando menos hubo tres formas de pensar en aquel tiempo en la Euskadi contraria al levantamiento militar: Un grupo tendente a no participar en la guerra, España no era su problema, aquella guerra no era la suya. Y dentro de estos a unos les tiraba la religión y la derecha (PNV) y otros defendían una Euskadi independiente y social. Cuando el 6 de octubre, en Gernika, tras haber recibido del gobernador español de Bizkaia la delegación del poder estatutario, el lendakari Aguirre terminó el juramento en la ceremonia con un “Gora Euzkadi”, un grupo de jagi-jagistas apostillaron con “¡azkatuta!” y cantaron luego algunas canciones independentistas. Fue, sin duda, un grito de discrepancia y alma abertzale ante aquel rito de frustración y desengaño fabricado a medias entre Madrid y Bilbao, entre Prieto y Aguirre; había también una parte roja, republicana y española. En todo caso –y como queda patente en la fuente Onaindía- se trataría de la traición de la cúpula del PNV al fascismo, llevada a cabo en sigilo y secreto y sin consultar con los demás partidos del gobierno de Euskadi. Modo de proceder, por cierto, muy arraigado en el alma peneuvista a lo largo de su historia y en nuestros días. Pero esto lo saben Gregorio Morán y Xuan Cándano. A pesar de las presiones por parte del PNV, Alberto Onaindía puede decir en 1983: “por fin salen a la luz pública estas páginas que me han acompañado más o menos cuarenta y seis años, no sin algunos sinsabores y aun preocupaciones de conciencia”. Alberto Onaindía nos legó, aunque tarde, un detallado y pormenorizado relato del “pacto” de Santoña, en el que él intervino como mediador. ¿Por qué pues 23 años más tarde Xuan Cándano y Gregorio Morán, perfectamente conocedores de las fuentes en su, por otra parte, excelente libro apostillan en el título, y también en el interior, con esa tiradilla injusta y tergiversadora de la historia –“rendición del nacionalismo vasco al fascismo”-, acaso para satisfacer el ego tribal, que todavía pulula por los montes de Covadonga y alrededores con nostalgia de conquista? ¿Es, tal vez, reflejo y “radiografía de un cáncer social, convertido en crónico”, de un españolismo chauvinista y conquistador, incapaz de aceptar en paz la existencia de otros pueblos a su lado?
Mikel Arizaleta
La Nueva España
Por Dios y por la patria española los llamados «nacionales» liderados por el general Francisco Franco se levantaron contra la democracia republicana en el verano de 1936; por Dios y por la patria vasca los nacionalistas del PNV liderados por José Antonio Aguirre y Juan Ajuriaguerra traicionaron a la democracia republicana en el verano de 1937, provocando la caída del frente republicano en el Norte, la derrota militar de la República en Asturias y el principio del fin de la guerra civil, pues como declaró Franco a un periódico inglés, con la caída de Bilbao y de Asturias sabía que tenía ganada la guerra, que sin embargo aún se iba a prolongar dos interminables años más.
Por Dios y por la patria los nacionalistas vascos, después de pactar con el Vaticano y Mussolini, huyeron por Santoña y por Laredo hacia la Francia libre, dejando a salvo a sus compatriotas, a Bilbao y a las grandes industrias vizcaínas, dejando a salvo sus principios, y dejando a salvo incluso su conciencia por no tener las manos manchadas de sangre, como ocurrió con todos los demás protagonistas de aquel drama.
Por Dios y por la patria los nacionalistas vascos -que Franco siempre llamó separatistas- tuvieron que irse al exilio dejando abandonada la República y la democracia españolas, y aunque la decisión del nacionalismo no fue unánime, todos los que pudieron se marcharon en aquel largo verano del 37, dejando frente a frente a las dos Españas combatiendo, en una guerra fratricida que era de los españoles, pero no de los patriotas vascos.
Entre Dios y los republicanos los nacionalistas vascos eligieron a Dios; entre España y Euskadi eligieron su tierra; entre la destrucción definitiva de Vizcaya -después de haber vivido la dramática destrucción de Guernica- y el pacto de rendición eligieron la rendición; entre la democracia y la dictadura eligieron el exilio, dejando en la estacada a la República, que en octubre de 1936 había concedido por primera vez en la historia la autonomía al País Vasco.
Claro que muchos miles de vascos republicanos defendieron hasta las últimas consecuencias a la II República, porque al contrario que sus paisanos nacionalistas, entre patria y democracia optaron por luchar por la democracia hasta el final, en el frente de Asturias, en la heroica batalla llanisca del Mazucu, y luego en las tierras del Levante y Barcelona, pero esta «traición de Santoña» por los nacionalistas vascos fue, como dice Xuan Cándano, un episodio «trascendental en la guerra civil».
Xuan Cándano lo puede afirmar con más autoridad que nadie por ser el autor de un magnífico libro sobre estos acontecimientos, que acaba de publicar dando luz a unos hechos decisivos en la guerra de España que habían sido ignorados durante 70 años.
Un libro, «El Pacto de Santoña (1937). La rendición del nacionalismo vasco al fascismo», que su autor definía modestamente hace unos días en estas páginas de La Nueva España como «un macrorreportaje histórico», pero que en realidad es un brillante estudio de historia contemporánea, tanto por la gran cantidad de fuentes orales y escritas utilizadas, como por el análisis del texto y el contexto de aquellos dramáticos hechos que marcaron definitivamente el destino de la guerra civil.
Un libro que como dice Gregorio Morán en su estupendo prólogo es «una crónica escrupulosa» y además una crónica fantástica que «bordea la literatura» al expresar las emociones y los sentimientos de aquellos hombres que decidieron traicionar a la República española para salvar Euskadi.
Un libro, sobre todo, que se atreve a abordar con todas las consecuencias un tema tabú, un tema prohibido y censurado por el nacionalismo vasco, un tema vasco en el viejo drama «carlista» de España, un tema internacional y vaticanista y religioso y militar y político, esto es, un gran tema, que como dice en las mismas páginas finales de este estudio el nacionalista Txema Montero corre el riesgo de ser «utilizado por parte del españolismo montaraz», pero que ha sido realizado por nuestro autor entrando en el cerco vasco sin condiciones ni hipotecas, lo que demuestra la insobornable independencia, el amor a la verdad, la capacidad analítica y la gran talla de escritor y de investigador de Xuan Cándano.
Un escritor «asturianista» que como él mismo dice no es nacionalista, que se siente vinculado intelectualmente al asturianismo de los grandes maestros del «Grupo de Oviedo» -hace poco ha reeditado y prologado el memorable libro de su admirado Rafael Altamira, «Tierras y hombres de Asturias»- y que en consecuencia es un asturianista abierto al mundo, que para empezar sabe que nuestra tierra está directamente conectada con el País Vasco, naturalmente después de pasar por Santander.
Porque, aunque hay tres nortes cantábricos bien distintos como queda claro una vez más en este libro, el norte «verde» del nacionalismo vasco, el «azul» franquista de Santander y el «rojo» izquierdista de nuestra tierra, Asturias está conectada directamente con Euskadi: lo está en este drama de la guerra y lo ha estado históricamente desde hace mucho tiempo en la puesta en marcha de la industrialización, en el desarrollo económico, financiero, empresarial y hasta político del Principado, como prueban las historias de Indalecio Prieto y de Varela, de Isidoro Acevedo y de Dolores Ibarruri.
Ya Jovellanos, cuando llegó a Bilbao por primera vez para informar sobre la situación industrial vasca, escribió gratamente sorprendido que aquel territorio «parece un país encantado». Luego vinieron los vascos a poner en marcha a finales del siglo XVIII las fábricas de cañones y armas en Trubia y en Oviedo, y más tarde los brillantes ingenieros industriales Luis Adaro y Francisco Gascué, para dirigir las grandes empresas minero-siderúrgicas, y luego José Tartiere levantó con ayuda de los vascos minas en la cuenca del Aller y la moderna fábrica Industrial Asturiana Santa Bárbara y el llamado Banco Asturiano y hasta hizo a Oviedo más capital con sus iniciativas, y en Turón y en Laviana y en Duro-Felguera, que era de los Urquijo, y en el Ferrocarril Vasco-Asturiano y en lo que Xuan Cándano llama San Esteban de Bocamar, o sea de Pravia, entre tanto ir y venir de carbones y hierros, de empresarios y obreros, se fue produciendo estos últimos siglos una «vasquización» de Asturias que todavía continúa y que nos ha unido definitivamente a aquella tierra.
Una vez tuve ocasión de intervenir con Ramón Rubial en una mesa y allí el ex presidente del PSOE dijo emocionado, hablando de la resistencia común a la dictadura, que los vascos y los asturianos se parecían mucho, que «antes de doblarse, parten». Cuando tiempo después le conté esta manera de definirnos a un amigo catalán, él me respondió marcando las diferencias: «Pues nosotros, los catalanes -observó con cierta ironía-, antes de partir, doblamos».
Sirva esta expresiva anécdota para aproximarnos al entendimiento de la diversidad de las identidades españolas, aunque como señala Gregorio Morán en su prólogo, no hay un tipo de vasco, como no hay un tipo de asturiano o de catalán, hay vascos y vascos, y los nacionalistas vascos traicionaron en aquella ocasión histórica a la II República para salvar sus convicciones, sus intereses y su patria, dejando al descubierto la «miseria del patriotismo» de la que habla también Morán, porque el sueño de la patria en realidad no ha producido más que monstruos, monstruos como este mal llamado «Pacto de Santoña».
Por último, que esta traición de los nacionalistas vascos (hecha con nocturnidad alevosía) a la República y a la democracia españolas en plena guerra, que este histórico «Pacto de Santoña» haya sido investigado por un asturiano rompiendo el bloqueo nacionalista, y que este asturiano sea oriundo de San Esteban de Bocamar, es decir, por un asturiano que creció en un pueblo astur-vasco donde terminaba el ferrocarril del «Vasco» y cargaban carbón los barcos de Altos Hornos de Vizcaya, tiene toda la lógica del mundo: la de Jovellanos y el país encantado, la de nuestras fábricas de armas, la de los empresarios y las empresas comunes, la del movimiento obrero y la izquierda de ambas tierras, porque, en efecto, Asturias está conectada (para bien o como en este caso para mal) sobre todo con el País Vasco, como nos ha vuelto a demostrar en este excelente libro vasco-asturiano el gran escritor Xuan Cándano.
Este texto recoge buena parte de la intervención del autor en la presentación del libro «El Pacto de Santoña».
servido por caffereggio 1 comentario
2.-
En agosto de 1937 los "gudaris" -soldados vascos bajo el mando del PNV-, se rindieron ante el ejército italiano, aliado de Franco, lo que supuso la victoria de los nacionales en el norte de España y sentenció la Guerra Civil. Socios de conveniencia del gobierno republicano, los nacionalistas vascos habían mantenido desde el principio de la lucha negociaciones con el enemigo, primero directamente con los franquistas y más tarde con los italianos. Finalmente éstas dieron su fruto en el Pacto de Santoña, negociado de espaldas al bando republicano.
El pacto, que nunca llegó a firmarse, fue considerado tabú y sobre él se ha mantenido el silencio más absoluto hasta hoy. En el País Vasco, la cultura oficial ha tergiversado los hechos y convertido una capitulación vergonzosa en un acuerdo inevitable y casi heroico. Los franquistas tampoco quisieron hacer propaganda de un hecho que les humillaba al tener que reconocer la decisiva participación extranjera en la guerra. Y los republicanos, al verse burlados, corrieron un tupido velo sobre la decisiva pérdida del norte industrial.
Xuan Cándano ha llevado a cabo una exhaustiva investigación en archivos y bibliotecas, y entrevistado a los personajes vivos que estuvieron implicados en la capitulación vasca, para esclarecer y difundir unos hechos que hasta ahora han permanecido ocultos al gran público y para mostrar que el triste final de la guerra en Euskadi no fue como la historia oficial nos ha contado.
3.-
La publicación del libro de Xuan Cándano, “El Pacto de Santoña”, construido sobre una profunda revisión de las fuentes vascas sobre el final de la Guerra Civil Española en lo que hoy es, cada vez más, Euzkadi. En este libro, el periodista asturiano realiza un viaje al fondo del horror que fue aquel terrible verano de 1937, y su lectura, nos trae inevitablemente a la cabeza, algunas de las principales incógnitas históricas sobre el final de aquella catástrofe humanitaria en Asturias, que están, sin duda, pendientes de un estudio que probablemente nunca se pueda hacer, sin la colaboración de los principales actores de la recuperación histórica oficial. Esa historia oficial de la Guerra en Asturias, se dejó fijada para la posteridad, en el último volumen de la Historia de Asturias editada por Silverio Cañada, y en ella colaboraron personajes extremadamente conocidos de nuestra Transición política, en la que participaron activamente, algo que tiene un enorme interés, pues ellos, que tuvieron un papel trascendental en la construcción de las instituciones democráticas asturianas, fueron quienes dejaron establecida la interpretación de los hechos, en aquellos años en los que muerto Francisco Franco, se entronizaba a Juan Carlos de Borbón y se aprobaba la Constitución. La cuestión no es baladí, pues para ponerse al frente del nuevo gobierno autonómico, volvía de Méjico Rafael Fernández, yerno del que fuera presidente del autotitulado Consejo Soberano de Asturias y León, Belarmino Tomás.
Cándano, que encontró todas las facilidades para su trabajo en los medios nacionalistas vascos, contó con las fuentes más adecuadas, y él mismo reconoce que “en todo este tiempo en el País Vasco no sólo no he tenido problema alguno para investigar, trabajar, conocer o entrevistar, sino que todo han sido facilidades y amabilidades, incluyendo las facilitadas por el poder autonómico nacionalista”. Esto afirma el autor, en el comienzo de su libro, y no es mala introducción al problema, si tenemos en cuenta que en sus conclusiones, se deja malparado el papel del PNV en el final de la guerra, pues se le achaca una desordenada tendencia al entendimiento con las fuerzas franquistas, que culminó en las diversas negociaciones para la rendición de Bilbao y posteriormente del conjunto del ejército vasco, que renunció a continuar la lucha en el Frente Norte.
Dejando para mejor ocasión el análisis de aquel hundimiento, que en el libro de Cándano se juzga con especial dureza para los dirigentes nacionalistas, al achacárseles –lo que sin duda es excesivo- la responsabilidad de la caída del conjunto del frente, -siguiendo la línea oficial al respecto- no sería bueno dejar pasar la ocasión de repasar un misterio histórico que tiene una gran importancia para la crónica general de los asturianos.
Cuenta Cándano, que en la reunión del gobierno vasco, presidido por el lehendakari José Antonio Aguirre el 16 de junio de 1937, con sus consejeros, mandos militares y el Estado Mayor, en el Hotel Carlton de Bilbao, se leyó un telegrama enviado por Indalecio Prieto, responsable republicano de la cartera de Guerra en Madrid, en el que se recuerda al gobierno vasco la obligación de destruir el potencial industrial, orgullo de los euskaldunos, para que no cayese en manos del ejército de Franco: “Si una situación desesperada, que no podrá producirse mientras el enemigo no salve el foso que constituye la ría, y determinara obligatoriamente una retirada de esos lugares, ante los cuales deben estrellarse las fuerzas facciosas, sería indispensable como ya se tiene ordenado a vuecencia, inutilizar, cuantos elementos industriales no puedan ser trasladados”.
Los vascos no sólo se negaron a ejecutar la orden del gobierno central, sino que incluso se opusieron por la fuerza a que elementos aislados y no tan aislados, en algunos casos milicianos asturianos, la ejecutasen, poniendo dinamita a las instalaciones del tradicional complejo fabril bilbaino. La Naval, Firestone, Babcock Wilcox, Echevarría, Euskalduna y especialmente Altos Hornos de Vizcaya, son algunos de los nombre más conocidos de las industrias que se libraron de los efectos de la orden, y con estas empresas, no sólo se salvó buena parte de la capacidad productiva del nuevo régimen, sino también los medios de vida de la población civil vasca, que contó con herramientas para volver a la vida civil paliando en buena medida las penurias causadas por la destrucción de su vida cotidiana. La vida había de seguir.
En 1978, en el número 2 de la revista El Basilisco, Gustavo Bueno hijo (que siempre actuó como coordinador de las publicaciones de la factoría Bueno), publicó un documento que tuvo una importancia singular para nuestra historia reciente. Se trata de la reproducción mecanografiada (Gustavo Bueno reconoce que ya se había inventado de aquella la fotocopia) de un documento que según refiere Javier Rodríguez Muñoz en “El mar, la última esperanza” (el capítulo dedicado a la caida de Asturias en la Historia de Cañada), era “una copia del acta” de la última sesión del Consejo Soberano, celebrada el 20 de octubre de aquel mismo año en la “Casa Blanca” de la plaza del Parchís de Gijón, presidida por Belarmino Tomás.
Según Muñoz: “Una copia del acta de esa reunión ha sido publicada por Antonio Masip, que la consiguió en México de manos del que había sido presidente del Tribunal Popular Juan Pablo García”. Añade Muñoz: “en la valoración que de ella hace Masip al publicarla, opina que “si bien no parece que pueda dudarse de su autenticidad (es decir, de que fue levantada por el secretario del Consejo, Antonio Ortega Fernández y como tal Acta entregada al gobierno de la República), sí procede cuestionar los elementos subjetivos introducidos en su redacción y que pudieran desfigurar ligeramente lo ocurrido”.
Entre otras muchas cosas, se acordó “proceder a la destrucción de todo lo que pueda tener interés de guerra”, después de haber acordado, a propuesta, precisamente, de Rafael Fernández, “que todos los miembros del Consejo salgan juntos”, tal y como efectivamente sucedió, sin olvidarnos de que según ese acta, se aprobó “respetar la vida de los presos con el voto en contra de los consejeros de Agricultura, Instrucción Pública y Comunicaciones, que corresponden a los tres miembros del PCE en el Consejo”.
La realidad es que ese día, 20 de octubre, el gobierno o Consejo Soberano de Asturias y León huía desde El Musel, a media mañana, en un remolcador, dejando a sus soldados abandonados en el frente, resistiendo desesperada y heroicamente la presión de las tropas franquistas y de la aviación alemana, una presión especialmente brutal en el Mazucu, sierra del Cuera. Ese mismo día en que huía el gobierno, el diario oficial Avance –antecesor de La Nueva España-, publicaba este lacónico texto: “Al militar que abandona el puesto no hay que darle tiempo a que explique por qué lo abandonó. Se le fusila antes, sin que explique nada. No se puede perder el tiempo en oír excusas de cobardes”.
La famosa resistencia asturiana en las montañas, el maquis, tuvo un origen nada glorioso: la traición y la cobardía de sus gobernantes, que huyeron sin negociar con las tropas vencedoras la salvación de sus soldados. Por eso, la pregunta más pertinente es: ¿Es más criticable, desde el punto de vista republicano, la negociación de los vascos con Franco, que la huida de los gobernantes asturianos, abandonando a sus soldados a merced de los elementos?
Pacto de Santoña
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Se conoce como Pacto de Santoña a un acuerdo firmado 24 de agosto de 1937 durante la caída del Frente Norte en la Guerra Civil Española en la población de Guriezo, Cantabria (España), próxima a Santoña, entre dirigentes políticos y militares republicanos vinculados al Partido Nacionalista Vasco y fuerzas italianas del bando nacional.
Durante la Batalla de Santander, y ante el rápido avance de las tropas franquistas, las líneas de defensa se hunden y cunde el pánico en el bando republicano, siendo numerosas las deserciones. En Santoña se fueron concentrado, por orden del Partido Nacionalista Vasco (PNV), tres batallones vascos, ligados a este partido que habían abandonado sus posiciones y a los que posteriormente se sumarían otros doce.
Tras la caída de Bilbao y las últimas plazas que controlaba el gobierno vasco, Juan de Ajuriaguerra, presidente del Bizkai Buru Batzar, había estado negociando, durante varios meses, un acuerdo de rendición con el mando italiano ignorando posiblemente el dictamen del lehendakari José Antonio Aguirre. Al parecer se llegó a un acuerdo a espaldas del gobierno de la República, en Valencia en esos momentos, por el que el Ejército Vasco se rendiría a cambio de que sus militantes fueran considerados prisioneros de guerra bajo la soberanía italiana, permitiendo evacuar a los dirigentes políticos, funcionarios vascos y a los oficiales que lo deseasen por mar en los buques ingleses Boby y Seven Seas Spray.
El pacto no se llevó a efecto al ser desautorizado finalmente desde el Alto Mando de Burgos, ordenando inmediatamente el internamiento de los republicanos en la prisión de El Dueso. Hacia noviembre cerca de 11.000 gudaris habían sido puestos en libertad, 5.400 estaban integrados en batallones de trabajo, 5.600 en prisión y se habían dictado 510 sentencias de muerte.
Las razones de esta postura no están aún claras. Una hipótesis es que la pérdida del territorio privó de motivos para luchar al ejército autonómico, aunque sus dirigentes arguyeron la responsabilidad del gobierno de la República al no haberles enviado aviones para hacer frente a la ofensiva franquista. No obstante, no parece factible que Indalecio Prieto, ministro de defensa repúblicano por aquel entonces y muy ligado a Bilbao, no brindara los recursos necesario para impedir la caida de la ciudad y de su Cinturón de Hierro.
Es evidente que la convivencia de dos milicias radicalmente diferentes, una la nacionalista al mando del PNV de carácter conservador y católico y otra la compuesta por seguidores de la izquierda y anarquistas, muchos participantes en la Revolución de 1934, era difícil y la realidad es que no había relación alguna entre ellas.
El pacto fue un absoluto fracaso. La solución negociada implicaba la salida de los mandos políticos y militares por barco desde el puerto cántabro y la custodia italiana de las tropas, pero la irrupción de los franquistas evitó su ejecución. Los dirigentes fueron desembarcados y conducidos al penal de El Dueso, aunque la represión no alcanzó la dureza aplicada en otras regiones.
Este hecho ha llegado a alcanzar gran trascendencia política e ideológica en España, siendo muy polémico al señalarlo por unos como una traición del Partido Nacionalista Vasco a la República y ser justificado por otros.
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Bibliografía
· El pacto de Santoña (1937). La rendición del nacionalismo vasco al fascismo. Autor: Xuan Cándano. Editorial:La Esfera de los Libros.
Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Pacto_de_Santo%C3%B1a"
PACTO SANTOÑA
Un libro recoge la oculta rendición nacionalista que sentenció la Guerra Civil
Agencia EFE
Domingo, 19 de marzo 2006
El libro "El Pacto de Santoña.La rendición del nacionalismo vasco al fascismo", del periodista asturiano Xuan Cándano, relata la historia oculta del acuerdo entre el nacionalismo vasco y las tropas italianas que en 1937 dejó "sentenciada" la Guerra Civil, aunque la contienda se prolongara otros dos años.
El volumen, editado por La Esfera de los Libros, supone, según señaló a Efe su autor, la primera monografía en torno a un episodio sobre el que se extendió un "manto de silencio" por todas las partes implicadas en el conflicto y no sólo por los nacionalistas que "burlaron" a sus compañeros de trinchera y al Gobierno republicano.
Hasta ahora, según Cándano, que trabajó en el volumen durante dieciséis meses en Euskadi, Cantabria y Asturias, el nacionalismo vasco ha intentado presentar el acuerdo con las tropas italianas como algo "inevitable" y "casi heroico" para concluir la Guerra Civil en el País Vasco y evitar la pérdida de más vidas en lugar de como una capitulación "vergonzosa".
A su juicio, la rendición en Santoña fue "decisiva" para el futuro de la guerra "como reconoció el propio Franco" que, al igual que el Vaticano, "siempre estuvo al tanto" de las largas conversaciones entre el Gobierno vasco y el Ejército italiano.
No obstante, este acuerdo "comenzó a aplicarse" meses antes de pactar la rendición del ejército nacionalista vasco en la localidad cántabra para la entrada de las tropas nacionales en Bilbao.
"El Gobierno vasco garantizó que entregaría la ciudad intacta y sin paralizar la industria vasca, la más importante de España en aquel momento y que luego fue fundamental para el Ejército franquista, enfrentándose abiertamente al Gobierno republicano y en especial al ministro de Defensa, Indalecio Prieto", apunta el autor.
Cándano inició su investigación "sorprendido" por la escasa bibliografía en torno a un suceso del que había oído hablar a los ex combatientes republicanos asturianos que lucharon junto a los nacionalistas vascos y que fueron "los principales perjudicados" por su renuncia a continuar con los combates.
Este episodio fue voluntariamente olvidado también por el franquismo con el objetivo de ocultar la decisiva aportación italiana y por el Gobierno de la República, al que el carácter democristiano del PNV les avalaba ante el resto de Europa ante algunos "excesos" cometidos en las zonas que controlaba.
Según Cándano, sólo un sacerdote nacionalista Alberto Onaindía, "aún más disciplinado con la jerarquía del PNV que con la de la Iglesia", había publicado un volumen con los documentos que conservó de las negociaciones entre vascos e italianos, lo que le llevó a escribir "el libro que no encontraba como lector".
A su juicio, el reproche del Gobierno del lehendakari José Antonio Aguirre a la República sobre la "traición" previa de ésta a los intereses vascos merece también mayor atención de los historiadores "ya que hay dudas razonables como las del ministro de justicia, el cenetista Juan García Oliver que reconoció esta falta de apoyo" a la hora de defender Vizcaya del ataque de las tropas franquistas.
Desde el primer momento del alzamiento militar, la Guerra Civil "comprometía" la postura del PNV, un partido "conservador, católico y de derechas" al que "la cuestión nacional" distanciaba de los sublevados "y de hecho no participaron en la contienda hasta que en octubre de 1936 no consiguieron el Estatuto de Autonomía".
Tras perder "su territorio" en junio de 1937, el ejército vasco "decide dejar de combatir" como ya habían pronosticado "algunos republicanos lúcidos como Manuel Azaña" y buscaron la solución "menos mala" como era "simular una rendición ante los fascistas italianos ya que no podían hacerlo con los franquistas españoles".
El Ejército franquista no permitió cumplir el compromiso italiano de permitir la evacuación desde Santoña de mandos militares y políticos de los nacionalistas vascos y convirtió en prisioneros a quienes habían pactado "de espaldas al Gobierno republicano y burlando a sus compañeros de trinchera, aunque luego nunca lo reconocieran".
Cándano asegura albergar algún "temor" de que el PNV perciba el libro "como un ataque" de alguien que no es "nacionalista ni antinacionalista" y que afrontó el trabajo "sin apriorismos" y contando con la colaboración "sin cortapisas" de los responsables del archivo de la Fundación Sabino Arana.
La ausencia de una revisión de estos hechos permitió que el nacionalismo vasco llegara a la transición democrática cuatro décadas después "con el mito del antifascismo" que, de acuerdo a lo ocurrido en Santoña, "se derrumba" a pesar de la "activa" oposición al franquismo del PNV "que les costó represión y cárcel".
Autor : Xuan Candano
En agosto de 1937 los “gudaris” -soldados vascos bajo el mando del PNV-, se rindieron ante el ejército italiano, aliado de Franco, lo que supuso la victoria de los nacionales en el norte de España y sentenció la Guerra Civil. Socios de conveniencia del gobierno republicano, los nacionalistas vascos habían mantenido desde el principio de la lucha negociaciones con el enemigo, primero directamente con los franquistas y más tarde con los italianos. Finalmente éstas dieron su fruto en el Pacto de Santoña, negociado de espaldas al bando republicano.
El pacto, que nunca llegó a firmarse, fue considerado tabú y sobre él se ha mantenido el silencio más absoluto hasta hoy. En el País Vasco, la cultura oficial ha tergiversado los hechos y convertido una capitulación vergonzosa en un acuerdo inevitable y casi heroico. Los franquistas tampoco quisieron hacer propaganda de un hecho que les humillaba al tener que reconocer la decisiva participación extranjera en la guerra. Y los republicanos, al verse burlados, corrieron un tupido velo sobre la decisiva pérdida del norte industrial.
Xuan Cándano ha llevado a cabo una exhaustiva investigación en archivos y bibliotecas, y entrevistado a los personajes vivos que estuvieron implicados en la capitulación vasca, para esclarecer y difundir unos hechos que hasta ahora han permanecido ocultos al gran público y para mostrar que el triste final de la guerra en Euskadi no fue como la historia oficial nos ha contado.
Precio: 22,00 € / 3.660 ptas.
Páginas: 340
ISBN: 8497344561
El Pacto de Santoña - La rendición del nacionalismo vasco al fascismo, en la Casa del Libro.
“El pacto de Santoña (1937). La rendición del nacionalismo vasco al fascio" de Xuan Cándano acabo de ojearlo. Y agradezco de corazón la aparición del libro. He leído la introducción de Morán y parte del libro de Xuan. Y, de pronto, hay algo que me llama la atención tanto en el título como en el interior. Y ese recalque del "nacionalismo vasco", que a veces -muy pocas- se precisa "los nacionalistas del PNV". Por lo que conozco, la traición se llevó a cabo con alevosía y bastante en secreto entre un círculo dirigente del PNV. A eso llamarle traición me parece correcto y real, pero llamarle en nuestros días "nacionalismo vasco" me parece muy exagerado y, quizá, tendencioso y mala uva. Yo, que desde hace tiempo, llamo traición sé muy bien distinguir al fino historiador. El título, cuando menos, me parece tendencioso. Ah, y de nuevo eskerrik asko por el libro. Mikel Arizaleta