Todos llevamos un hortera dentro. Lo hábil es, en ocasiones, ocultar aquello a lo que la sociedad le otorga ese calificativo, aunque se trate de algo pasajero. Cantar rancheras, coplas o rumbas era vulgar hace veinte años. Pero Pedro Almodóvar y Los Manolos se encargaron de intelectualizar esa música, y todo solucionado.Esa fue la última vez que oculté mis aficiones horteras. Aunque no que creo que la música de la gran Concha Piquer o del genuino Miguel de Molina haya sido nunca una horterada.
Les voy a confesar una devoción más. Me gusta la música que cantaba Raphael en los años 60. Sólo la de los 60. Los arreglos de Antón García Abril o las composiciones de Manuel Alejandro tenían un estilo y una tonalidad de una época muy concreta que, probablemente por su cercanía a mi niñez, me sedujo siempre.
Y ahora, ¿por qué Raphael para hablar del tripartito? Puestos a criticar, no sé quién está más pasado de moda, pero el comentario hace referencia a una canción que fue la banda sonora de una película que dirigió Mario Camus, con guión del propio director y de Antonio Gala, y cuyo actor era el mismo cantante junto a Serena Vergano, musa de la gauche divine, mujer en su momento del arquitecto Ricardo Bofill y madre del también arquitecto y escritor, Ricardo Bofill -hijo-. Por lo tanto, en aquella época, y también ahora líderes de modernidad. Aquellos hombres modernos, rodaron junto al éxito del momento, una película titulada Digan lo que digan, y que tenía un tema musical cuyo estribillo decía «digan lo que digan los demás».
Esa es la táctica que está utilizando Pasqual Maragall y ERC.El president debe pensar que «digan lo que digan los demás» el Gobierno está a salvo de todos los males y de las malas personas que sólo buscan los enfoques negativos, para corroer con perfidia a un grupo de hombres que trabajan por el bien del ciudadano.Pero los demás tienen mucho que decir. Y es para los demás para quienes trabaja un gobierno.
Los presidentes corren un peligro, el de rodearse de individuos que consideren que los hombres con grandes responsabilidades deben de estar aislados de los problemas, de las presiones, del aire contaminado para no resultar heridos y evitar que las decisiones puedan estar contaminadas de algunos malos hedores.
Craso error. Maragall tiene un problema desde hace mucho tiempo.De hecho, es una contrariedad que nació el mismo día que se formalizó el tripartito. Pero también fue un contratiempo que le trasladaba directamente la opinión pública al no concederle los votos suficientes para obtener los diputados para gobernar en solitario. Porque hay algo que Maragall no ha valorado lo suficiente. Las elecciones de hace dos años eran muy importantes para descubrir la tendencia de los próximos veinte años. La marcha de Pujol ofrecía al ciudadano casi empezar de cero. Por lo tanto, el que votó nacionalista lo tenía muy claro. Como el que lo hizo socialista. No fueron opciones del montón. Así, después de dos años, ¿qué pensará el socialista que optó por Pasqual Maragall por socialista universal y no por catalanista convencido?
El president tiene un problema y se llama ERC. Es correcto políticamente, porque Esquerra quiere gobernar en solitario Cataluña, pero es un error estratégico para los socialistas aguantar con la vela en un entierro que no es el suyo y al que nadie le ha llamado.
Como ha dibujado en más de una ocasión nuestro ninotaire Miquel Pallarés, el president se ha bajado los pantalones. Y lo ha hecho muchas veces. Es una bajada inexistente para él mismo porque la técnica del «digan lo que digan» sirve también para quedarse en paños y que no se note. El no se habrá enterado pero la sociedad es consciente y el primer castigo puede ser no votar el Estatut.Ya veremos.
Maragall tiene un gran problema. Digan lo que digan no se puede gobernar rodeado de una histeria de decisión tan acusada. Y eso es evidente, no sólo en la relación entre el president y sus consellers, sino entre los propios consellers, y entre los cargos de confianza de unos y otros departamentos. Se está creando una situación de desconfianza, de mala relación, de sospecha continuada que no puede ser buena para un gobierno que ha pasado por tantas convulsiones desde su primer día de gestión.
«Digan lo que digan los demás aquí no pasa nada» es una mala formulación. No como frase sino como concepto. Las decisiones de un gobierno se rubrican en los Parlamentos. Cuando Maragall tira adelante la idea de que su gobierno tome las decisiones por una mayoría de consellers está demostrando que los problemas son mucho más graves. Y se lo explicamos desde este diario aunque el president no nos invite a compartir con él unos minutos de charla política. En un encuentro con periodistas o en un encuentro con directores de diario. El papel impreso es el mejor espacio para expresarse.
Y es que el president corre otro peligro: que se crea que todo va bien. Y si sólo se tratara de su felicidad, estupendo. Hasta le regalaríamos el tratado sobre esta cuestión de Aristóteles.Pero es que la realidad explica otra cosa. Y los problemas sólo están para ser solucionados.
alex.salmon@elmundo.es

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