Cada vez que un gobierno decide un proyecto hay algún ciudadano que no está de acuerdo. Pero en los últimos tiempos, en Cataluña se ha instalado la queja, la protesta y la manifestación como respuesta a las decisiones políticas. Es la llamada cultura del no, lo que en EEUU es el «not in my backyard» (no en mi patio trasero), pero las razones de los vecinos son numerosas y diversas. En Barcelona son más de diez los colectivos que se han unido contra varios proyectos del Ayuntamiento, en las comarcas de Girona las infraestructuras se llevan la palma en el ranking de protestas, en Lleida son muchos los frentes abiertos y en Tarragona, los agricultores vigilan con esmero cualquier decisión que les afecte. Cataluña se ha llenado de pancartas.
BARCELONA.- ¿Qué sucedería si un buen día los ciudadanos, felices y decididos, optaran por ir a votar en masa y en blanco? José Saramago se lo planteó una vez y decidió que la clase política encerraría a sus ciudadanos como si se tratara de una rebelión.En Ensayo sobre la lucidez -título que define la postura de su autor- el caos se apodera de una ciudad en el momento en el que sus vecinos dejan las manifestaciones y se ponen a votar.
No ha sucedido en Cataluña, aunque pocos se sorprenderían. Porque los ciudadanos están en pie de guerra desde hace meses, algunos incluso años, en contra de numerosos proyectos municipales, autonómicos, centrales y europeos. Y pese a que la mayor parte de los proyectos están aprobados y en marcha, los vecinos siguen en sus trece.Muchos definen esta actitud como la cultura del no, del no a todo y sin motivos. Las razones por las que las manifestaciones y las pancartas se suceden por todo el país son diversas, así que generalizar es una difícil misión.
Y es que mientras unos vecinos atacan un proyecto otros muchos salen a defenderlo. Las pancartas son para todos los gustos, como lo son las protestas. En Barcelona, por ejemplo, la Federación de Asociaciones de Vecinos (FAVB) ha defendido con ahínco la creación de salas de venopunción (conocidas como narcosalas) cuando los vecinos afectados directamente por la decisión municipal se han agrupado en plataforma, desvinculada de la asociación de vecinos oficial y llevan ya un año de manifestaciones. Sin embargo, son los proyectos urbanísticos los que se llevan la palma en el ranking de quejas. El Ayuntamiento de Barcelona es acusado contínuamente de especular con el terreno, los ecologistas montan guardia ante los anuncio de proyectos sobre infraestructuras en cualquier punto de Cataluña y los agricultores espían de reojo las decisiones oficiales tanto de Madrid como de Bruselas.
Los presos deben ir a la cárcel pero nadie quiere una prisión cerca de casa, el AVE debe llegar cuanto antes pero nadie desea que pase por su casa, los barrios deben ser reformados pero no a costa de perder un parque.
En Italia lo llaman «il partito del non fare» (el partido de no hacer), y en Estados Unidos es el «not in my backyard» (no en mi patio trasero). Es el sí pero no, no en mi casa.

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