No hay mal que por bien no venga. Eso debió pensar Zapatero, cuando a últimos de enero el ministro Bono le hizo llegar una carta de dimisión donde ponía por escrito lo que ya le había comunicado verbalmente a finales del año pasado. Que quería irse, hasta aquí hemos llegado, presidente, espero que lo entiendas, y si no lo entiendes, me quedo, pero mi familia me necesita, José Luis, hazte cargo, la vida es más importante que la política.

Pero no era el momento de escenificar una crisis de Gobierno. El PSOE caía en las encuestas, el Estatut estaba abierto en canal y los servicios de información anunciaban un inminente alto el fuego de ETA. Zapatero pidió tiempo a quien en su día le disputó el liderazgo del partido. No quería que la crisis se la hicieran otros. En todo caso, la haría él. Y así ha sido, gracias a la complicidad personal de ambos y la consciente sumisión de Bono a la agenda política del presidente.

Lo demás ya se sabe. Zapatero ha elegido el momento para adaptar el Gobierno a lo que, descartada la cuádruple reforma constitucional en esta Legislatura, se ha convertido en su objetivo prioritario: la pacificación del País Vasco. El factor humano (Bono quiere recuperar a la familia y ver crecer a Sofía, su hija pequeña, quién en Reyes le pidió a media lengua el regalo de su renuncia) ha tenido efectos políticos a la medida de Zapatero.

Como el factor humano no cotiza en el encanallado mundo de la política, muchos atribuyen la espantada de Bono a un movimiento calculado o a su progresivo aislamiento dentro del Consejo de Ministros. En todo caso, insisto, el balance de la crisis se ajusta a las necesidades del presidente, pues logra poner a las dos personas de su mayor confianza (aparte de Fernández de la Vega y Blanco) a los mandos de los servicios de información -civiles y militares-, las Fuerzas Armadas y las Fuerzas de Seguridad del Estado. O sea, los resortes de la lucha antiterrorista y, en su caso, de un eventual proceso de desarme total e irreversible de la banda terrorista.

Con un perfil político más acusado que su antecesor, llega a Interior Pérez Rubalcaba, un profundo conocedor tanto de la lucha antiterrorista como de anteriores intentos negociadores del Estado. Y a Defensa, de la que depende el CNI (Centro Nacional de Inteligencia), llega un amigo personal de estricta confianza del presidente, José Antonio Alonso, tras una discreta, eficaz y cada vez mejor valorada gestión al frente del Ministerio de Interior.

Si además Zapatero se gana, aunque sea por lo bajini, el aplauso de los dirigentes del PSC (socialistas catalanes), entre los que Bono producía una aversión semejante a la que produce Acebes, Paco Vázquez, Mayor Oreja o Rodríguez Ibarra, no me extraña que a Zapatero le sobren razones para arropar a Bono y entender que añore el calor de hogar, aunque "haré todo lo posible por recuperarle", dijo ayer el presidente.

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