LA visita de Lakshmi Mittal al Principado de Asturias como presidente de Mittal Steel demostró, para empezar, dos cosas: primera, que su empresa es suya y de nadie más y, segunda, que dice a todo el mundo lo que éste quiere oír. Y ambas cosas, humanas y aceptables por separado y en condiciones normales, combinadas y en estas especiales circunstancias producen aprensión y a alguno de nosotros, en particular, temor.

Que 270.000 empleados a través de medio mundo dependan de una sola persona no parece una forma muy estable de plantear un negocio a largo plazo en un sector tan cambiante como el de la producción de acero. Esos imperios unipersonales terminan por empobrecer la calidad de la gestión empresarial y la capacidad de innovación. La competencia también es buena en el seno de los consejos de administración. Por poner un dato, entre Lakshmi Mittal y su hijo Aditya controlan el 88% del accionariado y el 97% de los derechos de voto. En Arcelor, la diversidad en personas y nacionalidades es, sin embargo, sorprendente. Y eso es bueno.

Pero la segunda cosa es peor. Una OPA debería ser, por su naturaleza, exclusivamente empresarial, dirigida a los accionistas que deben ser convencidos de la viabilidad de la fusión resultante, de la rentabilidad de la acción y del reparto de dividendos. Sin embargo, asistimos a una auténtica 'tournée' electoral del señor Mittal, digna del mismísimo Berlusconi, por todas las regiones siderúrgicas europeas, prometiendo en cada una de ellas aquello que a los diversos gobiernos les gusta oír, sin importar cuán contradictorias sean unas promesas con otras.

Si contabilizamos las veces que el señor Mittal ha prometido centros de investigación y desarrollo tecnológico, no habría investigadores suficientes en toda Europa para cubrir esos centros. Si contamos las nuevas instalaciones, altos hornos, trenes de laminado, galvanizado, etcétera, que Mittal ha prometido en cada sitio visitado, la producción de acero se elevaría a dimensiones extraplanetarias. Y todo eso no puede ser verdad. ¿Qué ocultan tantas promesas? ¿Qué revela la realidad?

La realidad de Mittal es menos atractiva, sobre todo comparada con Arcelor. La productividad por tonelada hombre y año llega en Arcelor a 475, doblando prácticamente las 250 de Mittal. Las inversiones por tonelada producida alcanzan en Arcelor los 32 euros; en Mittal, sólo 17. El porcentaje de aceros de alta calidad y valor añadido alcanza en Arcelor el 35% de la producción, muy por encima de la cifra de la aspirante. Estos datos demuestran la realidad empresarial y la solidez de una y otra compañía y deberían constituir un aviso para aquellos oídos complacientes con los cantos de sirena hindúes. Carece de lógica empresarial y financiera que una empresa de baja productividad, concentrada en productos no elaborados y con insuficiente nivel de inversión en tecnología, adquiera a quien sí tiene productividad, calidad e inversión. De ser así el resultado, no sería una mejora en la nueva Mittal, sino un empeoramiento en el conjunto fusionado. Esa es una ley inalterable de la economía.

El aspecto social es muy relevante. En Arcelor, cien mil trabajadores disfrutan de la aplicación del Comité de Empresa Europeo, consecuencia directa del Derecho Comunitario. Los trabajadores de Mittal, no. Arcelor es firmante del acuerdo mundial sobre responsabilidad social. Su nivel de formación de los empleados y seguridad en el trabajo son los más altos del mundo de la siderurgia. ¿Ha hablado Lakshmi Mittal con Areces de sus propios niveles? No sabemos. No parece.

Como eurodiputado, quisiera contarles lo de la dimensión europea. La reconversión de la siderurgia ha sido uno de los procesos más duros vividos por los europeos. Más de 80.000 millones de euros se utilizaron para hacer competitivo el sector. Fondos comunitarios se aplicaron generosamente con ese objetivo. Lo que queda es algo genuinamente europeo, que los europeos contribuyeron a crear, con su esfuerzo financiero, profesional y, a veces, muchas, con el fin de su vida laboral. El acero es algo que los europeos llevamos en el corazón. La Unión Europea nació como la Comunidad del Carbón y del Acero.

Una Europa próspera necesita empresas genuinamente europeas. El mantenimiento del empleo y la riqueza de las regiones necesitan una base común de entendimiento. Arcelor aplica el modelo social europeo. Un ajuste de competitividad entre una planta en Flandes, en Katowice o en Luxemburgo se rige por los parámetros comunes y las exigencias sindicales europeas. Si Mittal poseyera una planta en Gijón y otra en Kazajstán, ¿cómo haría ese ajuste? Respuesta fácil: donde la mano de obra sea más barata y la protección social menor. Y ya saben dónde.

No queremos un proteccionismo absurdo. No queremos el nacionalismo económico. Vivimos el mundo que vivimos y la globalización es un factor positivo si se utiliza bien. No podemos exigir que la Unión Europea elabore legislación restrictiva para las fusiones empresariales. Eso iría en contra del empleo y el crecimiento económico. Nos gusta cómo Arcelor ha planteado su defensa, en términos financieros y dirigidos a los accionistas; protegiéndose a través de su solvencia empresarial y su capacidad de generar confianza. Con esa estrategia debe ganarse la batalla financiera y también la política.

Europa es tierra abierta y acogedora. Todas las empresas tienen un sitio en su suelo. Pero el tema Mittal debería ser ejemplarizante. Allá aguardan otras joyas europeas que podrían ser adquiridas por peores empresas con fuerte tesorería. Ya Júpiter raptó a Europa una vez. Ahora vuelve por ella en un toro de acero. De acero de Mittal. ¿Hay defensa!

SALVADOR GARRIGA POLLEDO. EURODIPUTADO DEL PARTIDO POPULAR.