El viaje hacia la nada de la fuerza política Izquierda Unida, dirigida por el asturiano Gaspar llamazares, tiene su mejor explicación en el hecho de que sus dirigentes no sepan contestar cuando se les pregunta qué es eso, ¿qué es, en realidad, Izquierda Unida? Ante la imposibilidad de afirmar que se trata de un partido político, y dado el desprestigio para la izquierda del término movimiento, suelen afirmar que se trata de una coalición, y entonces es cuando la conversación no admite más preguntas ni respuestas, pues para la cuestión lógica a plantear inmediatamente: "¿qué partidos forman parte de esa coalición?", ya no hay nada que decir, pues qué se puede alegar, cuando hablamos de una coalición en la que nada está coaligado, sino que lo poco que hay, se separa, puesto que el único partido que en ella subsiste, es el Partido Comunista de España, del que es secretario general Francisco Frutos, empeñado en recuperar el control del patrimonio y de la masa crítica electoral, de aquella vieja apuesta de Gerardo Iglesias por dotar al histórico PCE con una nueva cara, en los tiempos en los que la cosa soviética se iba al garete y no sumaba, sino que restaba. Y lo cierto es que tras la retirada de Julio Anguita, su meritorio antecesor, que cuenta con el respeto generalizado de la sociedad española, el balance de la dirección política de Llamazares, no puede ser más descorazonador.

Las contradicciones políticas e ideológicas de quien carece de un modelo que ofrecer, llevaron a Llamazares, a una apuesta permanente por todo eso que critica Anguita, su antecesor, encarnándolo en la nefasta idea de lo "progre". Apuestas frívolas y vacías de contenido, con las que se buscan nichos electorales inexistentes. La homosexualidad como banderín de enganche para las urnas, el feminismo como retórica repetición de neutros feminizados, la ecología como topicazo, el nacionalismo tribalista y medievalizante que tan frívolamente encarna en Asturias el consejero de Justicia Francisco Javier García Valledor, el apoyo a las ocurrencias de José Luis Rodríguez Zapatero a las que sólo el propio Zapatero es capaz de sacar rentabilidad política, y poco o nada más, es decir: nada, de nada, de nada. Y a partir de ahí, ya tenemos la respuesta para la pregunta del millón: qué políticas propugna Llamazares, ante la crisis económica y social que viven los jóvenes que padecen en sus carnes el nuevo modelo de relaciones laborales que, desde los contratos de trabajo hechos a la medida de quienes se incorporan al mercado en la más absoluta desprotección, se extiende al conjunto de una sociedad, que vive con angustia, la presión de los modelos que nos llegan de fuera de Europa, y que están produciendo la revuelta que hoy se vive en Francia.

Llamazares nunca tiene otra respuesta que la simple demonización de las políticas de la derecha, el Partido Popular, justificando así, por la pura confrontación contra el PP, su convergencia con el PSOE, el partido que supo hegemonizar en España el discurso de la izquierda, en el que Llamazares y el llamazarismo se diluyen como un azucarillo progre. En palabras de Anguita: otra cosa es las posiciones progres, el progresismo… Mire usted, se lo diré con mucha claridad, prefiero que se acuerden de mi padre y de mi madre a que me llamen progre. La progresía es, ni más ni menos, que el sumidero por donde se han ido las ideas de la izquierda. La progresía es quedarse en la reforma de una serie de aspectos sociales, como los matrimonios homosexuales o las medidas de discriminación positiva de la mujer, mientras que se deja intacta una realidad económica injusta.

Coaligados en el País Vasco con la derecha nacionalista, históricamente responsable del "Pacto de Santoña" puesto estos días de actualidad por el periodista asturiano Xuan Cándano, los supervivientes de Izquierda Unida gobiernan en la mítica Euskalherría con los descendientes del aranismo racista, machista y ultraconservador, alentando con su confusa nada ideológica el camino hacia el nuevo plan de Juan José Ibarreche, que ni siquiera es de él, ni del dirigente de la llamada Ezker Batua, Javier Madrazo, que ya está a la cabeza de la manifestación segregacionista, exigiéndole a José Luís Rodríguez Zapatero que ponga en marcha lo que allí llaman "mesa de partidos vascos", para poder empezar a ejercer de euskarico reyezuelo, en el hueco que le deje un Arnaldo Otegui que se ha convertido en el cerebro de un camino hacia el abismo que no hizo otra cosa que empezar a abrirse. Llamazares se apuntó en Cataluña, a seguirle el juego a la tercera pata del Pacto del Tinell, del que salió el conseller Joan Saura, que a las órdenes de Pasqual Maragall, y en cooperante equilibrio entre Maragall y la ERC de José Luis Carod-Rovira, maneja ese invento llamado Iniciativa per Catalunya-Els Verts, y anda jugando a pegársela a su llamazaresco homólogo madrileño, promoviendo candidaturas en la distancia, jugando a cuatro manos con Francisco Garrido, un diputado que se coló en las listas del PSOE andaluz, para promover desde ahí una lista de Los Verdes para toda España, con la esperanza de quedarse con el espacio político de ese aburdo y pintoresco "progresismo" llamazarista cuyo único símbolo podría ser el del conjunto vacío multicolor, que sale del arco iris gay con fondo verde.

Con semejante panorama en toda España, Llamazares y sus hueros llamazaristas, no tenían otro remedio que incorporarse al gobierno de Vicente Álvarez Areces, ese gobierno del "que nos nos echan ni con agua caliente", para formar parte de sus compromisos inconfesables. ¿Por qué renunciar a las ventajas de poder estabular un pequeño destacamento de llamazaristas, al calor del gran repartidor? La tradición de la izquierda aconsejaba eso que se llama un apoyo crítico al sedicente gobierno de la izquierda asturiana, formado por la mayoría socialista de la Junta General del Principado. Desde ahí sí se podría haber desarrollado una política diferenciada. Si Llamazares no hubiese dado a sus chicos/as instrucciones para entrar en un pacto de legislatura, Izquierda Unida podría haber reivindicado para sí una trayectoria crítica, que no les habría obligado a ponerse colorados con proyectos como la incineradora de Serín, que sólo cayó tras el escándalo ciudadano ante el viaje a Viena y a París del consejero Francisco Buendía. Izquierda Unida podría seguir siendo exigente y no hacer el ridículo con sus complacencias ante el tren de la bruja de Zapatero, o ante las expectativas industriales de un gobierno que planifica el futuro del Principado al servicio de las eléctricas, sin puestos de trabajo que ofrecer, y sin otro resultado que el éxito en la bolsa de quienes especulan con esos planes, a costa de la liquidación del sector del carbón y en medio del amargo sabor que nos deja el final del acero, ante la llegada de la venganza asiática.

Con el fiel servidor Jesús Iglesias como delegado, el mismo que perdió el escaño histórico de Dolores Ibarruri, Llamazares necesita conservar desesperadamente los sueldos de esos empleados de Areces que son sus peones en el gobierno, encargados de la parte más oscura del pacto, aquella de la que se encarga el director general Manuel Orviz, y que se plasma en el reparto de parcelas del Cerillero. El cincuenta por ciento para unos, el treinta por ciento para Progea, y el resto para la patronal. Y luego se rasgan, hipócritas, las vestiduras, hablando de Marbella. Se trata de hacer patrimonio. Noemí Martín y Orviz tienen retirados sus poderes notariales por Frutos, y tan sólo les queda un año para conseguir financiar la ruptura con el Partido Comunista, porque si no, no sólo se quedan sin política, sin prestigio ni credibilidad, ahogados en el embalse de Caleao, enterrados en la montaña de ladrillos que Serafín Abilio colocó encima de Laura González, sino que encima se quedan sin sedes para reunirse. Cuando dentro de unas semanas, el comité federal del PCE anule el congreso del PCA, en el que salió reelegida Martín, la margarita se habrá quedado sin pétalos, y llegará la hora de la verdad. En ese momento, Izquierda Unida dejará de llamarse así, para llamarse Izquierda de Asturias (o cosa parecida), e intentar seguir el viaje de Gaspar Llamazares y Valledor hacia un nacionalismo asturiano reinventado, de acuerdo con el modelo vasco, catalán, verde multicolor, feminista y nonada. El cese del director general Franciso de Asís Fernández, no es ni más ni menos que el billete para ese viaje en un tren de cercanías. El problema es que este tren tiene menos asientos que un taxi.