Las loas y comentarios del presidente Zapatero sobre la II República han provocado alarma y preocupación en medios políticos e informativos conservadores y de vocación monárquica, e imaginamos que también en la Casa Real y su entorno. De igual manera que estas palabras han suscitado sorpresa y confusión en el PSOE y una cierta euforia en los ámbitos republicanos, que orgánicamente son minoritarios aunque socialmente la República tiene amplios apoyos y de manera tan sorprendente como llamativa entre los jóvenes.

Sin embargo, donde más ha preocupado la afirmación republicana de Zapatero ha sido en el PP, porque no entienden que Zapatero esté preocupado por los derechos de la mujer en el orden sucesorio de la Corona, o que cuide y corteje al Rey como lo hace —lo contrario de lo que hacía Aznar, marcando diferencias con el Rey, como cuando le dijo sobre un viaje a Cuba: “No toca”—, para luego salir con esta declaración republicana. La que Zapatero llevaba escrita y leyó en el Senado para no salirse de un premeditado guión que aparentemente estaba circunscrito a los festejos del 75 aniversario de la República. Pero que ha tenido una onda expansiva mucho mayor de la esperada por la Moncloa, lo que ha provocado satisfacción —el presidente se reía abiertamente cuando al llegar el miércoles al Congreso de los Diputados se le decía ¡viva la República!— en la comitiva del presidente y seguramente también al propio jefe del Gobierno.

Los que se han quedado más desconcertados, sin embargo, han sido los dirigentes del PP. En primer lugar porque desconocen si la alusión republicana de Zapatero es circunstancial y un hecho aislado o si, por el contrario, su discurso republicano es el objetivo final de la reforma constitucional encubierta y en curso, por la vía de leyes orgánicas, en pos de una España federal o confederal que incluya el fin de ETA como compensación a esta puesta en marcha de la segunda transición. Lo que además provoca entusiasmos entre los nacionalistas y no digamos entre los más radicales de Batasuna, ERC y BNG.

Sin embargo, lo que preocupa al PP y los confunde es que la nueva transición que Zapatero está poniendo en marcha por la vía de los hechos consumados no da la cara ni descubre sus cartas ante los ciudadanos, mientras avanza utilizando todos los recursos o resquicios legales que se le presentan en el camino. Y los populares no saben qué hacer ante acontecimientos cruciales como es la tregua de ETA, donde están vigilantes ante el riesgo de una burla de la legalidad. Porque empiezan a pensar que, al separarse todo lo relativo de la negociación con ETA del resto de iniciativas con las que Zapatero está hoy dibujando el escenario de la segunda transición —Estatutos confederales, revisión histórica de la Guerra Civil y ahora la República como estandarte u objetivo—, el PP, sin quererlo, está avalando la macrorreforma del Estado haciendo el papel de comparsa cuando le conviene al Gobierno y de malo centralista cuando le interesa al PSOE para así reforzar sus pactos con los nacionalistas, o simplemente facilitar la negociación con ETA.

Porque algunos suspicaces dirigentes del PP empiezan a pensar que existe una estrecha y calculada relación entre todas las iniciativas de Zapatero: sus reformas laicas y sociales; los cambios confederales de los Estatutos históricos; la revisión histórica de la Guerra Civil; la negociación con ETA; y el horizonte republicano, como colofón o como consecuencia de todo ello. Aunque todo ello con maneras soterradas, frívolas y arteras propias de una partitocracia y de un liderazgo poco consistente, y no como la consecuencia de un proyecto político que como tal no ha sido presentado ni al PSOE ni a los ciudadanos. Sino que más bien va improvisando y haciendo camino al andar. Pero sin duda abriendo heridas, provocando tensiones y haciendo incluso una burla del ideal republicano, que es el ideal de la democracia y que nada tiene que ver con el régimen o Estado de partidos del vigente momento español.

En el PP, y muchos ciudadanos también, se preguntan ¿dónde estamos y dónde vamos? Y la verdad, puede que nadie, ni el propio Zapatero, tenga las respuestas. Pero ello no tranquiliza sino que inquieta mucho más. Sobre todo cuando las alusiones que se hacen desde la presidencia del Gobierno, aunque sean sobre el pasado, pueden tener consecuencias directas e inmediatas en el debate político actual. El PP debe analizar esta situación, pedir aclaraciones y, llegado el caso, reflexionar.