Estoy raro estos días, no sé qué me pasa. Debe de ser el trabajo. O la primavera. O lo que estoy escribiendo, que me tiene archirrequetefrito. Pero me pasan cosas extrañas. A veces, se lo juro, no sé si estoy dormido o si estoy despierto, no sé si todo este absurdo es real o es una pesadilla.
Puede que sea mi espantosa escasez de horas de sueño la que me ha hecho imaginar que he recibido un e-mail convocándome a una Conferencia Internacional sobre la siesta que se podría celebrar en Estremoz (Portugal) en estos mismos días. Decenas de especialistas internacionales en la materia. Mucho me extraña que sea una ilusión porque las ilusiones no salen por la impresora, y ésta la tengo delante y a colorines. No es un chiste, dirigen la Conferencia el ilustre catedrático Raúl Cordeiro, profesor de la Escuela Superior de Salud de Portalegre, y el no menos renombrado antropólogo Francisco Ramos, profesor de la Universidad de Evora (sur). Ramos asegura que, para mantener la salud, “basta una siesta de una hora”, algo con lo que yo no estoy de acuerdo porque me parece poco para la tunda que arrastro, pero admito que menos es nada y, además, en el caso de que no esté soñando no me voy a ir a Estremoz a discutirlo, eso sería perder aún más sueño.
Aparece en mi mesa, de nuevo como por ensalmo, la convocatoria para una exposición que organizan muchos de los más renombrados artistas cubanos actuales. Cuadros, fotografías, esculturas e “instalaciones”, todas en homenaje al frigorífico. La presenta el actor Jorge Perugorría. Quitándome las legañas de los ojos me da por pensar que los cubanos deberían homenajear no tanto al frigorífico, que está muy bien eso, como a la, en su país, muy escasa e intermitente luz eléctrica, que es lo que hace funcionar a las tan necesarias neveras cubanas. Y, de paso, librarse de ese viejo y torvo pelmazo que les atenaza los vatios… entre otras muchas cosas. Pero en el fondo de mi alma sé que ese papel que tengo ante mis ojos no es real, que lo que pasa es que mi propio frigorífico lleva dos días y dos noches emitiendo un rezongo constante, monódico, una letanía de agravios tan interminable como la de Fernanda del Carpio en Cien años de soledad, y que es posible que esté soñando otra vez. Cagüenlamar.
Decidido a poner al menos un pie en el mundo real, me tomo dos Red Bull mojando galletas y trato de participar en el chat que mantiene el gran Santiago Prodigio Roncagliolo con los internautas para hablar de su nueva novela, Abril rojo, premiada con el Alfaguara. No lo consigo, el ordenador se me cuaja. Reinicio y, muy desanimado ya, trato de sacar entradas para ver, en el teatro de La Abadía, a José Luis Gómez interpretando, treinta y cinco años después, al mono Pedro el Rojo en Informe para una Academia, de Franz Kafka. Sé que no puedo perderme esa obra por nada del mundo, pero algo hago mal, le doy a la tecla que no es, pincho donde no debo pinchar y me sale, se lo juro, la lista de los resultados de las últimas elecciones generales.
“Si no les puedes vencer, únete a ellos”, que dijo Julio César, así que me pongo unos minutos a favor del viento del fatum que me acogota. A ver esos resultados. De inmediato sonrío, conmovido, al imaginar el sólido matrimonio que debe de disfrutar don Eduardo José Hernández López, candidato al Senado por Jaén llevando muy alta la bandera blanca con la roja Cruz de San Andrés de la Comunión Tradicionalista Carlista, y que obtuvo… dos votos en toda la provincia. “Gracias, amor mío”, le habrá dicho don Eduardo a su fidelísima esposa, “yo también te quiero mucho por Dios, por la Patria y el Rey, que lucharon nuestros padres”. Pero se me ensombrece el alma al ver que, en mi querida isla canaria de El Hierro, los dos candidatos al Senado por el PADE (disculpen ustedes, no recuerdo ahora mismo qué rayos era el PADE, supongo que da igual), María Paula Lanseros Valdés y Antonio Lalaguna Arroyo, no obtuvieron ningún voto, cero patatero que hubiera dicho Aznar. Lo cual quiere decir que estos dos cagamandurrias no se votaron ni siquiera a sí mismos, lo cual, compréndanme, me parece el colmo absoluto de falta de fe en el futuro de un partido, de una isla y qué decir ya de un país. Marisol Yagüe, esa señora de Marbella que siempre me pareció algo así como la jefe de pista del inolvidable Teatro Chino de Manolita Chen, se lo llevaba crudo y en carretilla, pero al menos votaba por Marisol Yagüe en las elecciones. Estos dos judas, es que ni eso.
Me fui anoche al Círculo de Bellas Artes. Confieso que ya bastante inquieto por mi salud. Me preocupaba mi aspecto. Cuando ya no sabes si lo que te pasa es verdad o mentira, tampoco puedes saber de qué color es el cristal con que te miran, y en esas circunstancias conviene ir peinado y con los zapatos limpios. Presentaba Alfonso Guerra el segundo tomo de sus memorias, titulado, muy lastimera y poéticamente, Dejando atrás los vientos (Espasa). Cuando presentó el primer volumen, en el mismo sitio, yo también estaba allí y creo recordar que a la vez cayó Zapatero, que acababa de ganar las elecciones y sobre el que Guerra hizo un par de bromas afiladísimas a propósito del cervatillo Bambi. Lo pasamos bien aquella noche.
Esta vez acompañaban al autor Manuel Marín, presidente del Congreso de los Diputados, que no es que sea precisamente la alegría de la huerta (ha estado demasiado tiempo en Bruselas, que viene a ser lo mismo que estar en un frigorífico, sea o no cubano), y Gregorio Peces-Barba, el famoso “diputado Peces”, como le llamaba Enrique Tierno Galván en los tiempos de la Transición. El hombre tampoco tiene la gracia, reconozcámoslo, de Moncho Borrajo. Pero ambos hicieron sinceros esfuerzos por mostrarse amables y, quieras que no, recordaron los viejos tiempos, o sea los de hace veinte años, como si Guerra fuese un plesiosaurio compañero de la mili o tuviese hoy el mismo peso político que don Baldomero Espartero, lo cual está claro que no es verdad. Entre el público, multitud de dirigentes socialistas (Pepiño Blanco con su gesto mustélido, la ministra Trujillo, Juan Fernando López Aguilar, un infladísimo Txiki Benegas, Paco Marugán) y un espontáneo del PP al que yo tengo verdadero aprecio: Gabriel Cisneros, el autor material de aquel célebre discurso del espíritu del 12 de febrero que Arias Navarro leyó a primera vista ante las cortes acaba de hacer 32 años. Hay que ver lo que le hizo decir Gabi a aquel merluzo de Arias…
Cuando Guerra empezó a hablar, envuelto en esa sonrisa ya sólo levemente pérfida que le acompaña desde hace treinta años, desde el tiempo en que la gente le pedía en los mítines que “diera caña”, el público, numerosísimo, se reía, o al menos sonreía. Yo no sabía por qué. Debe de ser un reflejo condicionado por estas tres décadas que muchos no olvidan, o no dan por concluidas, al menos en lo que se refiere al personaje que ha vestido el cuerpo de Alfonso Guerra, como él muy bien sabe. Esperan de él que haga gracia y que suelte venablos, piensan que para eso está; lo mismo que, para el público en general, Espe está para alabar a doña “Sara Mago” y para ponerse malísima cuando Gallardón (por cierto: no me quiere contestar al teléfono) se le pone sinfónico. Que suele. Pero, últimamente, sólo en Sol Mayor, que es la tonalidad del Vals Triste de Sibelius.
Yo no me reía. Repito que no estoy bien del todo, que confundo lo que pienso con lo que veo (mira tú, ¡como Fedeguico! ), lo que sueño con la realidad. Contemplaba la sonrisa de Guerra como si no fuera suya, como si se tratase de una cáscara en la que llevaba metida la cabeza. Debajo de aquel disfraz, hablaba con herida nostalgia de los años pasados. De los amigos perdidos, traidores o traicionados. De la terrorífica soledad que el personaje de Alfonso Guerra impuso a Alfonso Guerra. Se declaró orgulloso de lo hecho, cómo no, pero por el suelo de aquella sonrisa avanzaba la humedad de la amargura. Fue entonces cuando, lo juro, empezó a ascender. Al principio pensé que era un efecto óptico, provocado por la engañosa penumbra que siempre hay en el Círculo, pero no: Alfonso Guerra se despegó suavemente del entarimado y comenzó a alzarse lentamente ante mis ojos. Subía, subía poco a poco. Él hablaba ante la sonrisa boba de todos: “Estoy orgulloso de aquellos años de Gobierno socialista… Soy hombre de partido, sí, pero eso nunca ha limitado mi libertad de pensar…”
Yo miraba a todas partes, alarmado: ¿De qué os reís? ¿A qué vienen esas caras? ¿No veis lo que está pasando? ¡Se va, se está yendo, se va a dar con la crisma contra el techo! Pero nadie más que yo se daba cuenta. Guerra, como un viejo y lento aerostato, iba ya por la mitad de la altura de la sala mientras citaba, como tantas otras veces, a Machado, y hacía suyas las célebres “gotas de sangre jacobina”. A veces le aplaudían todos, muy satisfechos, como si siguiera sobre el suelo, como si todo fuera igual que siempre, lo mismo que siempre. Pero no lo era. Yo les juro a ustedes que no lo era, lo vi. Tuvo gracia: justo cuando dijo aquello de que él estaba con quienes defienden un “Estado sólido” (aplausos), llegó arriba del todo y, translúcido, incorpóreo, atravesó el techo negro como un ectoplasma y dejé de verlo.
Estoy hecho un verdadero lío. Olvido, la secretaria de Guerra (¿por qué se llama así esta chica, eh?) me ha prometido que hoy mismo, en cuanto se haga de día, hablaré con él. No sé a quién voy a llamar en realidad ni qué podré decirle después de lo que vi. Tampoco creo que me atreva a hacerle el menor comentario sobre el asunto.
Perdónenme ustedes, por favor. Hoy no trabajaré en el libro, creo que no sería sensato. Me voy a la cama. No estoy seguro de encontrarme bien y tengo fe en que unas horas de sueño me sosegarán un poco. Leeré unos minutos el libro de Guerra antes de que me venza el cansancio. Pero no vayan a creer que soy optimista. En la cocina sigue sonando, lo oigo, el inexorable canto gregoriano de la nevera.

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