Las elecciones italianas de mañana me producen cierto malestar corporal. Puesto a escoger entre un delincuente disfrazado de payaso o la tibia sosería de un profesor pedante, no tendría dudas, aunque sólo fuera por quitarme de encima la humillación cotidiana que supone un jefe de Gobierno zafio y arrogante, esa paradoja tan latina de sociedades que se constituyen en modelos de sofisticación pero que están gobernadas por patanes, quizá porque esos niveles de elegancia, distanciamiento y exquisitez necesitan de gobernantes groseros. Cuanto más burdos son los poderes públicos, cuanto más corruptos, mejor engarzan los diseñadores de todo tipo para crear un mundo de esplendor, envidiado por los que sueñan con gozarlo aunque sea un día, un solo día.

¿Quién no conoce a alguien que haya estado durante años ambicionando en secreto con visitar Hollywood, o Las Vegas, o Disneylandia? O Marbella. En público serían capaces de los mayores niveles de desprecio hacia esos gustos estrafalarios, y sin embargo en su fuero interno darían lo que no tienen por participar en ellos. Ocurre con los programas basura de la televisión o la radio; todo el mundo dice despreciarlos, e incluso exige que se prohiban, pero ninguno deja de verlos.

La hipocresía social es la forma más conseguida de lo políticamente correcto. La gente siente una inclinación perversa por asumir identidades ajenas y hacerlas suyas. Gil y Gil, por ejemplo, era un criminal reiterado y conocido, y hasta popular por más que provocara rechazo, pero he conocido personas de postín a las que gustaba alardear de que tomaron asiento en el café que frecuentaba aquel tipo despreciable. Tal que usar el sombrero de Al Capone o el cuchillo de Jack el Destripador. Creo que la mayoría de los buscadores de identidades colectivas son personajes que llevan muy mal su propia mediocridad.

La expresión identidad nacional - o popular, o social, o como quiera adjetivarse-, que empezó siendo una auténtica epidemia ideológica a comienzos del siglo XX entre los sectores más conservadores de la sociedad, ha vuelto en estos comienzos del siglo XXI asumida por la izquierda más desbrujulada que conocieron los tiempos. Antaño sentían cierta querencia hacia preguntas del tipo: "¿Qué es España, o qué es Catalunya?", "¿adónde va España, o Catalunya?". Incluso alcanzando grados de espiritualidad cercanos al surrealismo pedestre: "¿Cuáles son nuestras esencias?". O todavía más lejos, si cabe: "¿El alma de España, dónde está?" "¿Y la de Catalunya?".

Luego vinieron los tiempos del cólera y el horno no estaba para pendejadas. El asunto se centró en los viejos lemas contra cualquier dictadura: libertad, igualdad e internacionalismo (fraternidad); expresiones hoy devaluadas. Hemos vuelto a las identidades, aunque de otro modo, porque somos gente establecida, con economías saneadas, dicho sea con especial atención al tumor cancerígeno de las hipotecas. Ahora la discusión resucitada por el aburrido ambiente de la inteligencia está en las identidades. Pero no para preguntarse qué son, ni cómo, ni cuándo, como hacían a comienzos de siglo. No se trata de definirlas, sino de afirmarlas como verdad de fe, porque la fe ha vuelto y de qué manera. "¡Nuestra identidad!", así es capaz de decir un tipo que se dedica a pensar, o disimula, como si lo hiciera, emulando en patetico al legendario grito de Unamuno: "¡Mi yo, que me roban mi yo!".

La identidad de los españoles, de los catalanes, de los asturianos, nuestros signos identitarios era algo que pertenecía al baúl de los abuelos y que servía para hacer las delicias familiares una vez al año. Aún recuerdo el día que mi padre me advirtió de la emoción que iba a sentir yo cuando escuchara fuera de España un pasadoble. Y tengo fijo en el área desternillante de mi memoria el día que escuché uno en Helsinki - otoño de 1968 o 1969- y me pareció la misma charanga, divertida y horrísona, magnífica para los festejos taurinos. (Lo digo sin rencor, porque de niño aporreaba el piano con un pasodoble que me divertía mucho y que no he vuelto a escuchar, pero cuyo título no olvidé: "¡Marcial, eres el más grande!").

La intelectualidad de izquierda a la caza y captura de signos identitarios. Incluso los partidos políticos de tradición radical, convertidos hoy en comederos sin paliativos, tienen equipos de periodistas y profesores, encargados de dar relevancia a los signos identitarios. España se ha convertido en un festival de músicas celestiales identitarias para pasmo de algunos, entre los que me cuento. Porque no es sólo golfería, que lo es y en grado superlativo, además aboca a una estafa social para analfabetos políticos. Yo entiendo que el reaccionario miembro de la cúpula de la Forza Italia berlusconiana, Marcello Pera, aspirante a ideólogo del Vaticano, promueva un Manifiesto por Occidente en el que se diga que la tradición es la base de la identidad. Por supuesto que tiene toda la razón, desde un punto de vista conservador. Pero pertenezco a una generación que desde que tuvo uso de razón luchó precisamente contra eso, contra la tradición que significaba la servidumbre, y la dictadura.

Cuando escucho a cualquier líder autóctono manifestar su interés en recuperar las libertades que tuvieron en el País Vasco, en Catalunya o en la Asturias imaginada por Palacio Valdés, o en la Cantabria de Pereda, no doy crédito a lo que escucho. ¿Libertades? ¿Libertades nacionales? Las libertades, o son individuales o no son. Si quiere usted recuperar las tradiciones, me parece cojonudo, pero libertades en España, en todo el territorio peninsular e insular, no existieron hasta bien entrado el siglo XIX, y con tantos matices que alargarían este artículo.

No hay libertad sin ciudadanía, y el resto es pensamiento conservador o reaccionario, porque el asunto tiene matices. Habrá que recordarle a la gente que lea a Balmes, ¡a Balmes!, y se entere. Hay demasiado profesor de instituto en la política española de las autonomías. Porque los gremios son buenos para lo que son, y no cuando saltan de oficio o se extralimitan.

¡Si tengo dificultades para definir mi identidad más allá del carnet obligatorio, cómo demonios voy a escribir chorradas sobre las identidades de mi comunidad! Salvador de Madariaga, a quien Ortega y Gasset definía en privado como "un bobo trilingüe", escribió un libro titulado algo así como Franceses, ingleses y españoles,que siempre me pareció alucinante y que a lo mejor se pone de moda. Tendría mérito que ahora se actualizase un Aragoneses, catalanes y valencianos.

Este largo exordio sobre las identidades pretendo que sea la introducción a una serie de apuntes sobre Cerdeña, sobre la isla italiana de Cerdeña, allí donde se puede apreciar en grado superlativo la diferencia entre identidad y singularidad.Lo que tiene de singular una sociedad, un pueblo, una personalidad, no tiene por qué decirse identitario,porque la identidad define, y eso es una pretensión absoluta, dogmática, religiosa. La singularidad es lo que enriquece a una sociedad, porque ahí está lo diferente, lo que muestra la diversidad de una cultura. Sirvan estas líneas como introducción a mis historias sardas.

Confieso que adoro las islas, pero no sería capaz de vivir en ellas por mucho tiempo, aunque sean tan grandes como Cerdeña - casi tanto como Sicilia y algo menos que Catalunya-. Siento hacia los isleños en general un respeto tintado de admiración; son gentes que conocen las limitaciones de su territorio y afrontan una dificultad difícil de superar, su aislamiento. Me impresiona Cerdeña por la suma de singularidades. Dejada de la mano de todos los dioses griegos y romanos, que son muchos, dio líderes que alcanzaron la presidencia de la República, como Segni y Cossiga. Sin clase obrera destacable ni fervoroso radicalismo revolucionario fuera de la presencia incontestable de Garibaldi, de ella surgieron dos dirigentes comunistas que todavía hoy marcan épocas, Gramsci y Berlinguer. No existiría isla de importancia si no fermentara la animadversión local entre dos ciudades que se disputaron la hegemonía, Cagliari y

MESEGUER Sassari, fascinantes ambas por razones muy distintas. Y el mundo del interior, Nuoro, capital de la Barbaria, un nombre equívoco que evoca la dureza del aislamiento, y donde nació, habitó y escribió una de las novelistas más curiosas y olvidadas, Grazia Deledda, premio Nobel de Literatura en 1926, de la que curiosamente sabemos poco, siendo tan interesante.

En esa Nuoro, villa insólita, como suspendida en otro tiempo, está un lugar que debería ser de visita obligada, el Museo de la Indumentaria, pensado y recogido por Antonio Simon Mossa, un tipo curioso al que dedicó Josep Pla un homenot no menos curioso. Y también Orgósolo, y sus murales y sus leyendas. Y cómo no, Alguero, la obsesión de algunos catalanes con ínfulas imperiales que aprovechan el aeropuerto subvencionado por la Generalitat para hacer el vuelo barato Girona-Alguero, y bajar presurosos a abordar al primer paisano que encuentren: "Escolti...". Porque están en L´Alguer, territorio donde les aseguraron que hablan catalán, aunque se queden mohinos porque no les entienden. En Cerdeña, a esos turistas, los llaman los españoles,sin percibir el volumen del sarcasmo.

En Alguero, con tramontana, escuché a un niño decirle a su madre: "¡Mira, mamá, qué bella está la mar!". (Guarda, mamma, che bello il mare).Estaba el día borrascoso y las olas orzaban en un color basalto, como las piedras comunes de Cerdeña. Y me emocioné, porque si entre nosotros un niño dijera eso, con toda probabilidad lo llevaríamos al psicólogo, por rarito.