Jean-Baptiste Colbert, el arquitecto del Estado francés prerrevolucionario que impulsó la industria con un proteccionismo a ultranza, abandonó Francia a su suerte hace más de trescientos años. Pero su intervencionismo le sobrevivió. En Francia, una cuarta parte de la fuerza laboral trabaja para el Estado, mientras que en Estados Unidos sólo 1 de cada 7 trabajadores cobra del erario público. Francia ha privatizado parte de la plata de la familia, pero su sector público es el mayor de Europa occidental. Y el Estado de bienestar francés, aunque renqueante, es generoso.
Los franceses están mal acostumbrados, sobre todo si hacemos caso a los ultraliberales, que en el Hexágono han tenido históricamente una cuota de mercado comparable a la del cristianismo en Japón. Si llueve más de la cuenta, el Estado paga las cosechas destruidas. Si la lluvia corta la línea de ferrocarril, el Estado paga el hotel. Y si no llueve, el ciudadano rellena otro formulario para seguir cobrando. El Estado hizo Francia.
Colbert fue el apuntador de Luis XIV, el rey que dijo: "El Estado soy yo". Thatcher decía que el socialismo es unbritish,es decir, no británico. Chirac se ha pasado la vida afirmando que el liberalismo del laisser-faire, laisser-aller tiene poco de francés. Y los anglosajones dicen ahora que Francia debería apostar por Nicolas Sarkozy, el rival de Chirac que esta semana se ha distanciado del desacreditado establishment político con un llamamiento a la reforma constitucional.
La actual convulsión francesa se debe a la protesta por el contrato del primer empleo, pero la crisis es política y social. Política, porque la pésima comedia representada por Chirac, capaz de firmar una ley y después anunciar su reforma, y por Villepin, el primer ministro que ha lanzado una ley como una ofensiva napoleónica, pone de manifiesto el agotamiento de un sistema político que, en palabras de Sarkozy, sufre "una crisis de representación". Pero ¿se trata de la crisis del régimen de Chirac o de la V República?
La crisis es también social, porque el modelo francés encaja mal en el mundo globalizado. El modelo social francés nació en la posguerra. En febrero de 1945 se aprobó la creación de los comités de empresa en las compañías con más de cien asalariados. Meses después se fundó la Seguridad Social. Y, finalmente, una oleada de nacionalizaciones permitió al Estado, no precisamente comunista, asegurarse no sólo un gran número de servicios públicos, sino controlar la energía, el sector bancario, las aseguradoras y algunas empresas estratégicas. Es decir, entonces fueron creadas las instituciones, incluida la École Nationale d´Administration (ENA), que forman la elite que hace funcionar el Estado y que pilotan la economía francesa. Ahora, en una reciente encuesta sobre el apego a la libertad de empresa, Francia ha sido el único país en el que la mayoría se declaró hostil. El entusiasmo francés por la libertad de mercado se situó detrás del demostrado por rusos, nigerianos, indios y chinos. La globalización ha generado confusión en el mundo, pero en Francia la crisis es emblemática.
La teoría del contrato del primer empleo, que precariza el trabajo juvenil, dice que los empresarios crearán más empleo si les resulta más fácil desprenderse de los trabajadores cuando pintan bastos. Y los jóvenes protestan porque consideran que es injusto, ya que, de ponerse en práctica, confirmaría la existencia de dos varas de medir para la población laboral. ¿Quién tiene razón? Imaginemos que el nuevo contrato, que parece muerto pero no enterrado, entrara en vigor. Y supongamos que los empresarios ofrecen más puestos de trabajo y que la tasa de desempleo juvenil - que difícilmente puede ser peor- mejora. ¿Qué pasaría entonces? Si este nuevo contrato funcionara, ¿por qué no debería reformarse el resto de las rígidas leyes laborales? Esta posibilidad explica la oposición sindical al contrato del primer empleo.
El problema no sólo es francés. El capitalismo que funcionó en Occidente desde el año 1945 ha cambiado. Antes, en el Estado de bienestar europeo o estadounidense la seguridad del empleado no era un asunto de segundo orden; ahora, el capitalismo desreglamentado reduce salarios y prestaciones sociales. Los franceses, con su versión del New Deal (pacto social) de Roosevelt, abominan de este segundo capitalismo. Pero el problema de Francia también es muy francés.
El senador François Fillon ha afirmado que los franceses tienen "los genes de la inestabilidad". Y la historia no le desdice. En el último cuarto de siglo, Francia ha tenido 26 gobiernos; Alemania, 9; España, 8, y Gran Bretaña, 7. ¿Qué pasará ahora, con las elecciones presidenciales a la vista? Sarkozy, el candidato de la derecha ultraliberal, ha abogado por la ruptura, proponiendo una reforma constitucional que incluya un Parlamento con más prerrogativas y un presidente que tenga que explicarse. Chirac puede considerarle poco francés, pero sus despropósitos han hecho crecer a Sarkozy, personaje no perteneciente a la elite de la ENA, la escuela que, según los ultraliberales, propaga la filosofía que se opone al gran cambio francés.

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