¿CUÁNDO SE acaba la adolescencia y somos adultos? Nunca lo sabremos. Sólo nos fijamos en los niños para querer ignorar lo que, a nuestra edad, seríamos capaces de hacer o de no hacer o de no querer mirar.
De vez en cuando los mayores nos fijamos en los niños y no es el día de Reyes. Nos fijamos en los niños porque la bestia humana se ceba en ellos y los personajes de Dickens nos parecen afortunados ante lo que leemos en los periódicos. Hace unas semanas era la niña Alba. El miércoles nos despertamos con el ingreso de un bebé de un par de meses al que se le detectaron rastros de cocaína en la orina. Los padres sólo tienen 20 años y están en prisión. El bebé está fuera de peligro. El escándalo vuelve a anidar entre nosotros. ¿Cómo es posible?, dice la gente.
La cocaína no es una sustancia barata. Un gramo de cocaína a precio policial equivale a unas 36 hamburguesas. El orden de prioridades de esos padres absolutamente principiantes parece, a primera vista, claro. Pero, ¿sólo hay una única víctima, que es el bebé? ¿No nos alarma en tanto que supuestos protectores pasivos de la sociedad futura que a una pareja de 20 años les corresponda la responsabilidad de sí mismos y de su bebé? La edad penal y la edad electoral se han quedado desfasadas respecto de unos jóvenes que prolongan su adolescencia incluso después de haber alcanzado la condición de padres. Hoy están en la cárcel, pero una vez el bebé está fuera de peligro la mirada se ha de centrar en los jóvenes que hoy, una vez más, están bajo sospecha. ¿Qué hemos hecho entre todos --o qué hemos dejado de hacer-- para encontrarnos con unos chavales convertidos en padres que ignoran los efectos nocivos de la cocaína pero que, en cambio, no dudan en acudir en dos ocasiones a la sanidad pública cuando intuyen que su hijo no respira correctamente? La cultura del exceso se sostiene gracias a la cultura de la sobreprotección. Para cualquier dolencia siempre hay una pastilla. Se acabó la idea milenaria de que el goce comporta el castigo. Los adultos hemos creado una red de protección social. Y los jóvenes han interpretado que cualquier salto mortal acabará amortiguado por la red que tejieron sus padres y los políticos a los que votan sus padres.
Hoy hemos dejado a esos padres veinteañeros solos, cada uno en su cárcel, con la sensación de haber violado las normas de la especie. Les hemos dicho: divertíos hasta morir. Pero también les hemos dicho: puesto que habéis concebido un hijo, ya sois adultos. Y ni siquiera nosotros, los que en cualquier momento podemos ser abuelos, nos queremos reconocer como adultos. Porque ser adulto es tener las ideas claras. Y ni la claridad ni las ideas nos sirven cuando una vida distinta llama a la puerta invitando a que la sigamos.
Es fácil estigmatizar a un culpable para quitarnos de encima la culpa subsidiaria de nuestro mundo adulto al que ya sólo le queda la policía para educar lo que las familias o las escuelas no pueden educar. Señores: estos padres de 20 años están solos porque les hemos dejado solos. De la misma manera que los corruptos de las inmobiliarias marbellís no hubieran podido forrarse sin la complicidad de notarios, abogados y políticos de mayores instancias. Encarcelar al culpable no exime de la culpabilidad pasiva de todos aquellos que hacemos ver que no vemos hasta que ya es demasiado tarde.

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