Como no podía ser de otra manera, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha sumado al 75 aniversario de la II República española con guiños a la memoria histórica de aquellos gobiernos. Gestos que completan sus menciones a la Guerra Civil como marco ideológico y sentimental de la reforma soterrada del régimen nacido de la transición de 1978, en pos de una España confederal —más propia de la I República— en la que el pacto político entre el PSOE y los nacionalistas se convierta en una alianza de hierro y de permanencia en el poder, creándose con todo ello un ambiente propicio para que ETA renuncie a la violencia y comience la segunda transición.
Ayer, en el Congreso de los Diputados la sesión de control al Gobierno quedó en poca cosa, en los lamentos continuados del PP sobre el Estatuto catalán, reiterados hasta la saciedad, y en un sonoro silencio sobre la tregua de ETA que es proporcional al vano ruido sobre las corrupciones de Marbella, donde lo único cierto es que sólo el PP está hoy libre de sospecha en esa hermosa ciudad sin ley, de cuyo control se ha apoderado el presidente andaluz Chaves para evitar unas elecciones anticipadas que den la victoria a los populares.
Pero lo de Marbella ha estallado como bomba política de relojería con la intención de ocultar el debate del Estatuto y la tregua de ETA, sobre la que el ministro de Interior, Alonso, dice tener un primer informe favorable, aunque en Francia no piensan igual. Es demasiado pronto para medir el alcance de la tregua, pero todo parece indicar que este Gobierno, que mide muy bien sus tiempos y los efectos mediáticos, pretende utilizar la petición del presidente Zapatero al Congreso del permiso para negociar con ETA en los días más próximos al debate parlamentario sobre el estado de la nación para maniatar a los populares y dejarlos sin discurso original en un segundo plano.
Ayer, en el Congreso se vio un ensayo general de esa situación, mientras que por la mañana en el Senado Zapatero hacía los elogios de la II República y anunciaba una serie de actos de conmemoración, aniversario y debate en el que la derecha volverá a quedar aislada, mientras el PSOE continúa con sus guiños a la segunda transición que se está perpetrando por la puerta de atrás y no mediante la convocatoria abierta y a la vez decidida de un periodo constituyente de reforma constitucional, como merecería el caso.
En el momento actual, el Gobierno de Zapatero tiene, sin embargo, dos problemas de altura: la crisis permanente del Gobierno catalán, donde Maragall ha vuelto a tener problemas con ERC y que veremos si estalla o no antes del referéndum sobre el nuevo Estatuto y la tregua de ETA. Una tregua que no sabemos cómo va, pero que incluye el continuo desafío de Batasuna al Estado de Derecho, como se ve en el activismo de sus dirigentes, empeñados en que su ilegalidad es un problema del Gobierno y no suyo, porque ni están dispuestos a cambiar de siglas, ni parecen muy decididos a acatar la Ley de Partidos condenando la violencia sin contemplaciones de ninguna clase.
El mitin convocado por Batasuna para este fin de semana y declarado ilegal por el juez Grande-Marlaska se ha convertido en otra prueba de fuego —de las muchas que seguirán— tanto para la tregua etarra como para el Gobierno. Veremos en qué acaba y veremos si las cosas caminan por el sendero esperado y deseado por todos o si Batasuna pretende imponer su ley y su liderazgo en el proceso a cambio de que ETA no mate, lo que sería inaceptable. Hay que tener paciencia, es verdad, pero ETA y Batasuna tienen que saber que renunciar a la violencia no tiene premio porque la violencia es un delito criminal.
De manera que atentos a los próximas días y próximos pasos a dar, porque todavía hay muchas incógnitas por desvelar. Tanto en Cataluña como en el País Vasco, que en la política las cosas no son como empiezan sino como acaban, aunque es cierto que en los momentos actuales impera una cierta euforia en el PSOE y desánimo en el PP, así lo han atestiguado las últimas encuestas electorales que se acaban de publicar.

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