Detuvo a tres miembros de la organización terrorista, entre los que se encontraba Mendizábal Mujika, Ilardi, novia de Txeroki.

La pugna entre duros y blandos, entre partidarios de la tregua y los contrarios a ella dentro de ETA, vivió el pasado 3 de octubre, sólo seis meses antes del anuncio del alto el fuego permanente, un suceso decisivo en su desenlace final. Aquel día, agentes de la Comisaría General de Información de la Policía, en colaboración con la División Nacional Antiterrorista de la Policía Judicial francesa (DNAT), detenían en un piso de la localidad francesa de Aurillac a tres miembros de la organización terrorista, entre los que se encontraba el entonces jefe de los comandos, Harriet Aguirre García, Harri, e Idoia Mendizábal Mujika, Ilardi, novia del máximo responsable del aparato militar de la banda, Garikoitz Aspiazu Rubina, Txeroki.

Un golpe policial que, según aseguran ahora fuentes de la lucha antiterrorista consultados por El Confidencial, frustró sin proponérselo el golpe de mano que el ala más radical de ETA preparaba contra el número uno, José Antonio Urrutikoetxea Bengoetxea, Josu Ternera, el más firme partidario dentro de la organización terrorista al anuncio de una tregua. Tras este golpe, los contrarios a la misma, incluido en propio Txeroki, perdieron definitivamente su posición de fuerza en el organigrama y, sobre todo, gran parte del control sobre los comandos de la organización, lo que permitió a los blandos arrinconarlos a la hora de tomar las decisiones que llevaron finalmente a la banda a anunciar el pasado 22 de marzo el alto el fuego permanente.

Siempre según las fuentes policiales consultadas por este diario, a partir de aquel momento, Josu Ternera se aseguró el mando directo sobre los comandos que aún no controlaba y, de este modo, evitar la comisión de acciones que pudieran poner en peligro los contactos con los socialistas. Un agente de la lucha antiterrorista reconocía a El Confidencial que con ello los partidarios del diálogo evitaban que se volvieran a cometer acciones no controladas por ellos, como el coche-bomba que poco antes, en septiembre, había estallado en un polígono industrial de Ávila.

En este sentido, las fuentes policiales destacan la importancia de la detención de la novia de Txeroki, Idoia Mendizábal, a quien las Fuerzas de Seguridad del Estado situaban al frente del sector más violento de la organización. En su ficha policial se la considera autora de la colocación de la bomba-lapa que mutiló al dirigente de las Juventudes Socialistas Eduardo Madina, así como responsable del envío de paquetes bomba a tres periodistas y del atentado frustrado con un carro de la compra cargado de explosivos contra la concejal de Portugalete Esther Cabezudo.

Historia de una carta

En este sentido, un informe de la Ertzaintza realizado tras la desarticulación en Vizcaya de un comando dirigido por Idoia Mendizábal, indicaba que ella fue la que entregó a los terroristas Hodei Galárraga y Egoitz Gurrutxaga la bomba que se activó de forma accidental y acabó con la vida de ambos. Al conocer el hecho, Mendizábal se refirió a la persona a la que iba destinada el artefacto como “ese hijo de puta al que se la tengo jurada”, según declaró otro miembro del comando cuando fue detenido.

La caída de su novia y del también duro Harriet Aguirre -acusado de participar, entre otros, en el atentado que costó la vida al concejal socialista de Lasarte Froilán Elespe- fue la puntilla para un Txeroki al que la reestructuración interna que meses antes había acometido la organización terrorista -que había pasado de tener tres grandes aparatos, denominados político, militar y logístico, a más de diez de menor tamaño- ya había debilitado.

Por ello, Garikoitz Aspiazu y los otros jóvenes terrorista procedentes de la kale borroka de los que se había rodeado ya habían intentado -meses antes de las detenciones de octubre- dar un golpe de mano para tomar el control de la banda armada. Para ello escribieron una carta contra sus compañeros de la dirección en términos muy agresivos en los que cuestionaba la situación de la banda ante las continuas operaciones policiales.

La reacción de la cúpula de ETA no se hizo esperar y conminó a los firmantes, incluido el propio Aspiazu, a pedir perdón por el tono en el que estaba redactado el texto o, en su defecto, abandonar sus cargos. El joven dirigente etarra y los suyos se retractaron, y con ello su posición dentro de la banda comenzó a debilitarse.