Juan José Ibarretxe y Alfonso Guerra son dos cadáveres exquisitos de la política. Dos muertos vivientes que, como los fantasmas, hacen apariciones en los palacios del poder con pintorescas piruetas que, además de dejarlos a ambos en delicada situación, revelan la complejidad y la crisis nacional española en la que vivimos. El lehendakari Ibarretxe hizo su última aparición ayer en el palacio de la Moncloa para decir que hay que buscar una relación amable de Euskadi con España, como si el País Vasco no fuera España y como si él no fuera el presidente de una Comunidad Autónoma española. Y Alfonso Guerra, después de votar a favor del Estatuto de Cataluña en el palacio del Congreso de los Diputados, ha dicho que la situación que se está creando en España es inquietante y recuerda a la disolución de la URSS a favor de sus repúblicas nacionalistas.

Que un presidente autonómico como Ibarratxe hable de España como si fuera un país extranjero es, además de un sarcasmo, un insulto y una clara deslealtad constitucional que se completa con su proyecto de llevar al País Vasco hacia la independencia a través de un proceso de autodeterminación. El que ni siquiera ETA ha mencionado en su comunicado de alto el fuego, lo que revela hasta qué punto Ibarretxe está fuera de la realidad política. Incluso fuera de la órbita de su propio partido, el PNV, que le obligó a rectificar su fallida ronda de conversaciones con partidos vascos para poner en marcha una mesa de negociación política paralela a la negociación con ETA, en un intento un tanto desesperado del lehendakari por salir en la foto.

Aunque, disparates aparte, lo más importante de su fantasmal visita a la Moncloa es que Ibarretxe ha tenido que reconocer que lo primero es comprobar el funcionamiento de la tregua de ETA y que lo demás hay que dejarlo para más adelante, que es lo que le dijo Zapatero, y lo que le comunicó anteriormente su jefe del PNV, Imaz. Aunque él sigue con la mirada puesta en Arzalluz o en Egibar, a ver si alguien lo salva de la quema, lo que es imposible de todo punto porque este lehendakari ardió en la pira con su famoso Plan Ibarretxe el día que le dijeron “no” en Madrid. Ni siquiera Batasuna le hace caso alguno, por lo que ya puede ir pensando en su jubilación.

El otro fantasma de moda es Alfonso Guerra, quien después de hacer sonar la alarma sobre la identidad y la unidad de España —como Pepe Bono, otro que ahora aparece y desaparece— por causa del Estatuto catalán se achantó y votó a favor del citado Estatuto en el Congreso de los Diputados, y a las pocas horas declaró que España se deshace con la URSS y que la situación nacional es preocupante.

Lo de Guerra no es nuevo y viene de lejos. Su gauchismo político está marcado por una proverbial cobardía, de la que hizo gala en los gobiernos de Felipe González, de donde fue despedido de muy mala manera y con el sambenito de la corrupción de su hermano Juan Guerra. En aquellos tiempos Guerra se tragó la huelga general del 14D y se lanzó en tromba contra el histórico líder de la UGT Nicolás Redondo, al que machacó. Luego se tragó los GAL, la corrupción de los beautifull, la primera guerra de Iraq, entró en la guerra sucia de los medios de comunicación usando a la ONCE como guadaña, y desde entonces sigue hablando mal del felipismo por los pasillos, pero siempre sin dar la cara. Y ahora ha hecho con el Estatuto catalán lo mismo que hizo siempre, tirar piedras para más tarde esconder la mano.

En todo caso, Ibarretxe y Guerra son dos caras de una misma moneda falsa con la que hoy se paga la gobernabilidad de Zapatero sobre el reparto nacionalista de la piel de España. Ese país que según Guerra se puede desintegrar y con el que hay que ser muy amables desde Euskadi, como dice Ibarretxe. Pues ni una cosa ni la otra, porque por mucho que se empeñen unos y otros a España le quedan por delante unos cuantos siglos más.