Han pasado casi 30 años de democracia y 20 de transformación del barrio del Raval. Pero hace más de 10 siglos que esta zona mantiene la tradición --¡o maldición!-- de ser un espacio "al servicio de Barcelona". Ya comenzó mal, allende murallas para evitar los impuestos de entrada en la ciudad, como lugar de comercio alternativo y marginal: el arrabal.

Lo engulló la tercera muralla medieval, como reserva, primero para huertas y corrales, asegurando la alimentación de los barceloneses y, más adelante, hasta el siglo XVIII, acumulando gran cantidad de conventos, hospitales y casas de misericordia. Luego llegaría la Revolución Industrial, que eligió el Raval para instalar sus fábricas textiles, fundiciones y talleres al servicio del enriquecimiento condal. En este tiempo, como demuestran los estudios históricos, el Raval concentró siempre las clases sociales más pobres y las construcciones más deficientes e insalubres. Cuando la industria abandonó el barrio, éste ya se había convertido en un gran receptáculo de inmigración del resto de España, un lugar de aterrizaje, a menudo temporal, para instalarse definitivamente en la periferia. Pero, además, el barrio se especializó en ser el servidor de vicios de Barcelona: por su concentración de prostíbulos, locales de espectáculos, mercado de la droga, delincuencia y trapicheo.

Su degradación máxima coincidió con la llegada de los ayuntamientos democráticos, y se organizó un ambicioso proyecto de reforma que ahora califican de modélico. Sin embargo, un reciente estudio, Del Xino al Raval, encargado por el CCCB, a pesar de cierto posicionamiento municipalista --no cita ni la especulación ni el mobbing--, ya matiza pros y contras y plantea interesantes y novedosas disyuntivas del barrio. Los movimientos vecinales, en la publicación Barcelona marca registrada, un modelo a desarmar, no dudan en considerarlo un estrepitosos fracaso.

PERO, MÁS allá de opiniones, es posible establecer parámetros objetivos muy significativos que demuestran que el Raval sigue siendo un barrio marginal. Su índice de capacidad económica familiar (ICEF) es de sólo 59,2 respecto de 100 de media en Barcelona. Además, casi la mitad de su población es inmigrante, y de ella casi un 80% extranjera. Por tanto, sigue ejerciendo de barrio subalterno, de segunda, servicial del conjunto, pero a cambio disfruta de menos zonas verdes, mayor densidad --400 personas por hectárea-- pensiones atiborradas, y ahora ya casi de los mismos precios en vivienda.

Por otro lado, es un barrio lleno de vida asociativa, con una mezcla de gentes muy curiosa, quizá la zona más variopinta de Barcelona por usos y estatus. Y tiene un atractivo especial hacia el turismo y sobre todo hacia jóvenes de clase media o alta que buscan un refugio con cierto glamour bohemio, cultural o étnico.

Lo que resulta interesante saber es hasta qué punto la transformación urbanística y la propia arquitectura han ayudado o entorpecido la mejora social del barrio. La tendencia del poder municipal siempre ha sido el desventramiento del barrio, al estilo Via Layetana, con voluntad higienista. También fue la opción del franquismo con la avenida García Morató (curiosamente un bombardeador de la ciudad) que nunca llegó a prosperar, pero que derivó en la actual Rambla del Raval, ciertamente más integrada. Pero ha habido otras alternativas, como la esbozada en el Plan Macià del GATCPAC, que durante la República proponía una forma de trabajar diferente, no con grandes calles, sino con muchas intervenciones puntales diseminadas y, ciertamente, con la demolición de islas insalubres, pero sin romper la morfología del lugar. En ese sentido creo también de interés el proyecto del Seminari al Liceu de Clotet-Tusquets-Bassó, que fue abriendo y cosiendo con delicadeza el lugar. Se ha hecho una gran labor de rehabilitación, aunque muchas veces epidérmica y no integral. Y por desgracia hay que constatar que muchas intervenciones de nueva obra han sido de una ínfima calidad, como si cualquier cosa valiese para el barrio. La labor de Procivesa y Focivesa no ha sido siempre ejemplar ni transparente, como debería, por ser mayoritariamente pública. Pero hay que reconocer su acción global positiva y regeneradora.

EL PROBLEMA que ahora se plantea el barrio es la gentrificación, ya acontecida en el Born, un espacio céntrico que se deja degradar, hasta que finalmente se ocupa por el poder inmobiliario desplazando a sus vecinos. Creo que éste es el asunto clave, los habitantes más que las piedras, ¿se piensa en ellos? Quizá sí, pero como espectadores y no partícipes. Aunque los actuales ravaleros sean paquistanís, deben tomar las riendas y emanciparse, decirle a Barcelona, que tras tantos años de humilde servidumbre, les toca dignidad y confort, pero para ellos mismos, no para los turistas o para los nuevos vecinos que lleguen pudiendo pagar pisos ahora más caros.

JULI Capella. Arquitecto.