El principio del fin de Bush viene preludiado por la deserción de sus filas de Francis Fukuyama, el treintañero que decretó el final de la Historia, una historieta que parece no tener principio. Este votante de Bush en su primera elección y miembro fundador de los «neocons» como creador del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, ha visto la luz o la oscuridad en el camino de Bagdad. Hoy califica a la guerra de Irak de «error colosal» y avanza la demolición del último mito intelectual de la derecha. La apostasía alimenta el reciente libro del estadounidense de origen japonés, con el revelador título de «Después de los "neocons"». Si las predicciones del ensayista sobre la grey son tan afinadas como sus disquisiciones en torno al devenir histórico, los neoconservadores pueden respirar aliviados.
Algunos testigos de la pérdida de fe de Fukuyama preferirían que rectificara sus vaticinios históricos, pero ya es algo que se apee del vagón de los «neocons», forjados en las enseñanzas platónicas de Leo Strauss. La lectura que el belicoso grupo hizo de «La República», a través de un George Bush incapaz de asimilar un folio seguido, es el último episodio del fracaso de los filósofos cuando juegan a reyes. Si el fin de la Historia floreció a la sombra de Bush, la invasión de Irak debía ser la apoteosis de los «neocons», la puesta en práctica de la construcción de una democracia por la fuerza. La liberación a sangre y fuego de los pozos petrolíferos iraquíes admite calificaciones criminales, y sus consecuencias apenas se han esbozado, aunque Fukuyama garantiza ahora que «la Historia (que, según se ve, no ha acabado del todo) no juzgará amablemente la guerra y las ideas subyacentes». Sugerir que detrás de la matanza se erige una corriente filosófica suena a sarcasmo, pero en ello insisten Wolfowitz, Perle o Kristol, los campeones del neoconservadurismo.
Con Irak en la conciencia, el disidente Fukuyama se plantea ahora un interrogante socrático, «¿Cómo pudieron los neoconservadores excederse hasta el extremo de dinamitar sus propios objetivos?» Al romper amarras, el profesor estadounidense no perdona a Blair -que también ha colaborado a que Irak se convierta en la base de operaciones de la yihad-. Despacha al «premier» británico con el rango de oportunista. Falta por saber si también ha modificado sus elogios sin mesura al jubilado Aznar, a quien coronó como modelo de las relaciones europeas con Estados Unidos. Al renegar de sus creencias, y al igual que todos los tránsfugas, el autor de «Después de los "neocons"» considera que los equivocados eran los otros y que, además, ya lo han reconocido. A su juicio, «la Administración Bush huye al sprint del legado de su primer cuatrienio, según demuestra su aproximación multilateral a los programas nucleares de Irán y Corea del Norte».
Los «neocons» han llevado el despotismo hasta sus promesas incumplidas. Pocas veces un colectivo con pretensiones intelectuales habrá tenido un final tan desastroso. Fukuyama ya firmó junto a ellos, durante la presidencia de Clinton, una carta para la deposición de Saddam. Sin embargo, bien puede ser falaz y frívolo adscribir tal importancia a los «neocons». Es posible que sólo sirvieran de espoleta para que el actual Bush vengara cruelmente a su padre, según tenía previsto en cualquier caso. Al fin y al cabo, en una de sus escasas efusiones con una brizna de voluntad teórica, el inquilino de la Casa Blanca señaló que la Historia fallecida no le importaba, «porque ya no estaremos aquí».
La miopía de Fukuyama al evaluar a sus compañeros de viaje no lo hacen el mejor analista del movimiento que sucederá a los «neocons». Lo más probable es que sean sustituidos por los «cons» de toda la vida, con estampa de multimillonario texano en un rancho interminable. Como suele ser habitual en estos casos, Fukuyama abraza ahora el pragmatismo, y avisa de que no procede hacerse ilusiones sobre la «eficacia» de la hegemonía estadounidense a la hora de imponer sus preceptos. Otros preferirán conocer la respuesta a la anterior predicción fallida del autor de «Después de los "neocons"». ¿Qué dice el ensayista sobre el fin de la Historia en un paraíso demoliberal? Que él sólo predijo una transición dulce, no un término abrupto. Al apadrinar el concepto que le otorgó la popularidad de un astro del cine, le asistió la fortuna de que el Muro de Berlín se desplomara poco después de lanzar su teoría. Si Bush recibe malas noticias en fecha próxima, la condición profética de Fukuyama se verá reforzada. Aunque ahora ya como «ex neocon» converso.

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