Hay médicos y médicos. Y también hay huelgas y huelgas.
Hay médicos -lo vimos la semana pasada- que hacen huelga, es decir no cumplen con su trabajo, cuando tienen algo que reivindicar; y, nos parezcan más o menos justas sus peticiones, hay que aceptar que están en su derecho, aún cuando al ejercerlo fastidien a buena parte de la población.

Pero hay otros médicos que, sin hacer huelga, visitando a sus pacientes, cumpliendo rigurosamente con el calendario de intervenciones quirúrgicas previsto, son mucho más dañinos que los huelguistas.

Y es que hay médicos que hacen huelga continuada, perpetua, de día a día, de mañana y de tarde. Son aquellos que, pese a que acuden a su puesto de trabajo con puntualidad, pese a que son eficaces en sus diagnósticos y en las soluciones que ofrecen a sus pacientes, no cumplen con todas las obligaciones que marca su profesión.

¿Cuál es el problema? Que son negados en el trato humano. Tanto con los pacientes como con sus familiares. Que se les olvida continuamente que no tratan con objetos sino con personas. Un golpecito en la espalda, un mimo en el brazo, una palabra cariñosa.

Recuperar la salud no tan sólo es una cuestión física; también es emocional. Un tratamiento largo, un ingreso hospitalario -sobre todo cuando busca solventar un problema importante, cuando uno se debate entre la vida y la muerte-, crea en el paciente un estado de depresión, de miedo; un estado de ánimo en el que todo cuenta y todo suma: una cita anulada, una explicación desganada, un día en ayunas sin necesidad o una cura hecha sin el cariño que nos gustaría gastaran con nuestras propias carnes pueden ser pequeños pasos en la escalera de la depresión para un paciente.

Y si recorre todos los peldaños, si llega hasta abajo, después no tan sólo habrá que solventar su enfermedad física sino también la anímica.

Así que, más allá de solventar los problemas laborales del colectivo de médicos que se mantiene en huelga, desde la Administración se han de encontrar soluciones a otras cuestiones igual de importantes.

Quizás sería conveniente que en el temario de los estudios de Medicina se incluyeran disciplinas que enseñaran y adiestraran sobre cómo hay que tratar a familiares y pacientes; o que se ofrecieran cursillos de reciclaje destinados a aquellos facultativos que ya están en ejercicio y pese a los años de oficio aún no han aprendido las virtudes curativas de la amabilidad y la humanidad.

No se les pide mucho. Lo único que reclamamos los usuarios de la sanidad de los médicos es que sean personas. Algo que, aunque parece fácil debe ser muy complicado, ya que son muchos los facultativos que no lo consiguen.

Por último, una pequeña advertencia: los usuarios de la sanidad no tenemos derecho a la huelga. Ojalá pudiéramos.