La sensación de que la calma puede quebrarse al pasar al lado de un grupo de leones dormidos impregna el aire de incertidumbres y de presagios de que quizá aquella tranquilidad sólo aparente puede llegar a ser algo otro. Un vez más se atisba una posibilidad diferente entre quienes, sin mejor denominación, llamamos jóvenes. Pienso ahora en los estudiantes. Algún bostezo del desperezarse, algún movimiento del despertar invitan al cuidado análisis sobre ellos, análisis necesario. Los estudiantes no son un peligro, pero la situación sí es peligrosa. Ellos son siempre una oportunidad, una extraordinaria esperanza. Pero algunos rugidos entre bostezos convocan a la reflexión. La cuestión ya no se reduce a hablar de ellos, sino a hablar con ellos. Ahora bien, ¿lo hace alguien? ¿Lo desean ellos? No me refiero a si tanto en sus contextos, institutos, universidades, casas, profesores, padres o tutores intercambiamos palabras, experiencias e ideas con unos u otros. La gravedad consiste en que parece quebrarse el espacio de una interlocución y la conversación no tiene lugar, no se encuentran los ámbitos de mediación. Todo parece quedar reducido a sus propios círculos y a la irrupción de la acción, la siempre atractiva acción, la acción directa.
Sin paternalismos y lejos de una voluntad de intrusismo en los ámbitos que han de respetarse como propiamente suyos, es preciso abordar con seriedad y profundidad la cuestión. Y precisamente las que parecen estar en cuestión son las formas de representación y participación. Incluso se abre el debate sobre las nuevas formas de lo político. No nos precipitemos a afirmar que carecen de interés, no demos por supuesto que lo tienen. Pragmáticos y generosos, son por otra parte perfectamente capaces de no serlo. Es más, ni siquiera cada cual es siempre idéntico a sí mismo. Se sorprenden activos en la entrega a la mejor causa y en la mezquindad de cualquier miseria. Pero en eso tienen de quienes aprender.
No siempre es fácil encontrar las referencias, aunque, en ocasiones, destella fulgurante una tarea y es posible hacer causa común. Cuáles son los mecanismos para que eso se produzca sigue siendo analizable pero enigmático. Se produce una conmoción entretejida con una imagen de sí mismos y con un impacto en los medios de comunicación, donde los uniformes azul marino de la policía, en posición escultórica, preludio de lo que proseguirá de hecho, forcejean con esbeltos muchachos de cabellos largo y desvaídas y atractivas jóvenes parisinas. Pero se trata de seres vivos, con nombres y apellidos, hombres y mujeres que no se reducen a la composición de la primera página. Son portada en la que estalla el universo de los símbolos e imágenes. Hay, en todo caso, una voluntad de protagonismo, una necesidad de ser en verdad alguien que hace algo, que significa algo y que produce algo. Y todo ello en muchas ocasiones en un contexto de aburrimiento y de mediocridad que no son exclusivamente suyos.
La primavera podría verse aplanada por los calores del verano. Ya pasará, decimos. Y ésta es la cuestión. Nos importan, velamos por ellos, pero les tememos, como si hubiéramos de procurar que estuvieran a buen recaudo. Y lo que es más desconcertante aún, son ellos y no nosotros. Un gigante se erige, no como signo de emancipación, sino de distancia. No es que sean otros, lo que no está mal, es que son ellos. Se entrecruzan entonces los discursos, aunque no conversan entre sí. Expresaros, pero sin violencia, decimos. Más violencia es la de la sociedad, la de la realidad, dicen. No destruyáis, decimos. Más destructiva y destructora es la situación, afirman. Y ante el desafío de una Europa que ofrece un espacio diferente, se señala que es sólo un mercado, una gran tienda, un puro comercio, sin raigambre social, cultural y política, sólo económica. Mientras tanto, no parecen disminuir ni sus necesidades, ni sus consumos, ni sus gastos, ni sus dependencias. Contradictorios y desconcertados, reflejan nuestros propios desatinos. Aunque no añoramos las necesidades, las opulencias también producen sus frutos.
La movilidad de los estudiantes, si efectivamente un buen programa de becas la propicia, y la homologación de los estudios en este nuevos espacio de educación superior, la espléndida posibilidad de elaborar planes de estudio más flexibles, innovadores y rentables socialmente, la necesidad de nuevas formas de actividad docente, el marco de un espacio europeo de investigación... conforman esta gran ocasión. Pero todo se ve cuestionado porque el foro de debate está desplazado, anida en nichos de autocombustión. Una vez más elegimos hablar con quienes ya piensan como nosotros. Hay confrontación, pero no siempre de ideas, no hay conversación, sólo estandartes, eslóganes y titulares. Bolonia se esgrime como una bandera con enfervorizados partidarios, a favor y en contra, los que creen en el proceso, los que reniegan de él. Y no siempre se da el ámbito de una conversación que tiene raíces en el modo de considerar la realidad, la sociedad y el pensamiento. La reforma de la ley orgánica de universidades, la controvertida LOU, y este nuevo espacio de educación superior, en un proceso de elaboración de planes de estudio, podrían conjugarse con expectativas laborales, de vivienda, de ocasiones no fáciles. Nunca lo fueron. Eso no consuela. Tanto ruido podría despertar definitivamente a los leones dormidos.
Algo podría llegar a ocurrir. La brisa sopla enigmática y desconcertante. Nadie parece saber. El aroma inquietante presagia que no bastará un puro y conservador temor. Su único deseo es divertirse, son frívolos. No es así. Se sienten solos. Quizá todos lo estemos, pero sus reuniones no son puro gregarismo. No se trata de ser complacientes con discursos que se limiten a halagar sus oídos o traten de justificar todo comportamiento. Es momento de ser exigentes, también con nosotros mismos. Es un asunto determinante. Duermen juntos, se desperezan festivamente. Podrán despertar juntos. Y despiertos los queremos. No es cuestión de preparar la cacería. Pero quizá entonces no basten ya nuestras convencionales palabras. Llegarán a destiempo. Y quizá no tenemos muchas más. Las necesitamos.
ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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