Todos tenemos una lista de escritores favoritos que sufre alteraciones. Los que estaban de líderes indiscutibles de repente desaparecen y dejan sitio a otros nombres. Los nombres de nuestras listas de escritores favoritos cambian, pero hay uno que está ahí siempre, en esa primera división de nuestras preferencias. Y ese nombre es Gonzalo Suárez.
Leo en un artículo de Félix de Azúa que a finales de los 60 los jóvenes escritores llevaban los libros de Gonzalo Suárez en el bolsillo de la gabardina y lo enseñaban. Gimferrer era uno de los grandes capitanes de esa secta. Por entonces, Suárez ya había escrito algunas de sus más memorables obras, a saber: los desopilantes cuentos de Trece veces trece, la rarísima Rocabruno bate a Ditirambo y la vertiginosa El roedor de Fortimbrás. Estaba por aparecer su novela de política ficción Operación Doble-Dos en la que se detalla la preparación de un atentado contra Franco y Eisenhower.
Ya había coleccionado un par de recomendaciones de lectores de prestigio, como Julio Cortázar, que decía que Suárez destellaba porque tenía algo que faltaba en la literatura española, un humor que para él venía a ser «la eclosión del misterio, la clave del enigma». Pero el cine le robó a la literatura a uno de sus creadores más personales y sustanciosos, cada uno de cuyos libros era una fiesta del desparpajo y la inteligencia. Unos años después vendría a publicar la que es su obra maestra: Gorila en Hollywood.
Pero antes de ser el gran narrador Gonzalo Suárez, el nombre indispensable en las listas de escritores favoritos, el que nunca se caía de ninguna lista, Suárez fue Martin Girard, que ganó celebridad con sus crónicas y entrevistas deportivas, muchas de ellas auténticos relatos que, en el libro que ahora se publica, se califican de antecedentes del célebre nuevo periodismo americano, ya saben, esa escuela -o guardería- que se caracteriza por dar predominancia, en la escala de Freud, al superego sobre el ello: quiero decir, que lo que importa es el personaje que cuenta una crónica más que el asunto sobre el que la crónica se supone que versa.
No estoy muy de acuerdo con eso de que Gonzalo Suárez se inventa el nuevo periodismo, entre otras cosas porque le falta ombligo para tan ardua tarea, y porque ese tipo de periodismo se daba mucho en los años 30, y podría citar unos cuantos libros en los que, con varias décadas de adelanto, se escribían reportajes que podrían pasar por obras maestras del cacareado nuevo periodismo sin necesidad de abusar de las alharacas y los uuuuuhhhh, cloc-cloc-cloc y los ufffagguaaghhhh que parecen ser el sello identificatorio del simpar Tom Wolfe: libros como los de Masimo Bontempelli, los de Ramón J. Sender, como el Hitler de Wyndham Lewis o los de Julio Camba -incluso el insuperable Viaje en autobús de Pla, que es del 42-.
La suela de mis zapatos, de Gonzalo Suárez (Seix Barral), recoge unas docenas de colaboraciones del gran Martin Girard, un tipo capacitado para sacarse de la manga una entrevista con su amigo Pelé, a base de esperar en un hall de hotel, de hacer un retrato inolvidable de Di Stefano o de escribir una minicrónica con cualquier cosa.
Prosa rápida, ironía casi mecánica, cruasanes devorados vertiginosamente (todo el mundo sabe lo importante que es lo que desayuna el periodista: forma parte de la noticia, porque un mal desayuno puede conducir a un retrato agriado de quien no tiene culpa de que el periodista haya desayunado mal y se va a llevar todos los palos porque no va uno a dedicarle palos de una crónica a un cruasán) son las señas de identidad de este personaje cuya principal valía es que iba a generar al gran autor de ficciones Gonzalo Suárez.
Martin Girard se ganaba la vida como ojeador a sueldo del Inter de Milán, dado que era hijastro de Helenio Herrera. Y resultaba de todo punto natural que pasara de ese trabajo al de escribir crónicas deportivas, de ahí a escribir otro tipo de crónicas, y de ahí a escribir ficciones.
Las cargas de humor, sarcasmo e imaginación que gastaba Girard necesitaban un envoltorio menos constreñido que la realidad: por mucho Pelé, Kubala y Di Stefano que se encontraran en los pasillos, necesitaba que el trampolín de la realidad en el que daba saltitos lo llevara a un lugar donde su delirante humor absurdo permitiera que un cruasán fuera un personaje importante sin que se molestasen los lectores. Y así Martín Girard dio en Gonzalo Suárez, el nombre que está siempre en las cambiantes listas de escritores favoritos.

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