Lo que está ocurriendo en España en torno al modelo de Estado, y la identidad y unidad nacional no es sólo una cuestión y responsabilidad de la clase política. En este tobogán infernal, que ahora viaja desde Cataluña al País Vasco para cubrir su segunda etapa, han participado y actúan de manera definitiva —sin su concurso todo esto sería imposible— los grandes medios de comunicación, empresarios y grupos financieros y bancarios. Lo que, con los anteriores gobiernos del PSOE o con los del PP, siempre se ha llamado el Régimen. La novedad en este caso, y en este juego de política e intereses, está en que en esta ocasión es el nombre de España el que se halla en juego sobre el tapete verde del gran casino o sistema de pactos y repartos del botín español.
De todas las imágenes que han ocupado los primeros planos de la actualidad española en los últimos días, la más significativa quizá sea la del pasado jueves cuando Alfonso Guerra salió con prisas del hemiciclo del Congreso de los Diputados para evitar a los periodistas tras votar a favor del Estatuto que reconoce a Cataluña como nación. Las de este fin de semana en Bilbao, con la ilegal Batasuna ocupando las calles y pidiendo el regreso de sus presos etarras y la independencia del País Vasco, no es nueva, aunque se escapa del marco legal vigente en España. Y la de Zapatero en Cornellá diciendo que él prefiere abrazar a Cataluña aunque sea dando la espalda a España tampoco es nada que nos llame la atención, visto lo ocurrido en los últimos meses desde que el presidente dijo que la nación española es discutida y discutible.
La espantada de Guerra, por su mala conciencia o por su desvergüenza política al votar el Estatuto que rechazó semanas atrás, era la viva imagen de la traición del PSOE a la nación española y al modelo constitucional del Estado pactado en 1978, camino de otra España que nadie está en condiciones de definir. Aunque sabemos que está en marcha y pendiente de un segundo impulso hacia no se sabe dónde por causa del mal llamado “proceso de paz” del País Vasco, donde Batasuna está adquiriendo, al margen de la ley, el mismo protagonismo que tuvo la Esquerra Republicana en el arranque del Estatuto de Cataluña, al que se acabará subiendo a pesar del paréntesis actual en sus relaciones con el PSC-PSOE.
En efecto, ERC y Batasuna, las dos minorías nacionalistas, radicales e independentistas, están en el origen del nuevo diseño y desfiguración de España. Los seguidores de Carod-Rovira, como los garantes de la estabilidad política del Gobierno de Zapatero, y los de Otegi, como impulsores de una rendición pactada de ETA —que tarde o temprano sería imparable por el deterioro de la banda y su soledad internacional— que por ahora otorga a Zapatero el aparente triunfo del final de la violencia terrorista. Un logro en teoría muy barato aunque incluya la pérdida de identidad y unidad de España, porque este profundo cambio —de espaldas a la soberanía nacional— no se hará visible a corto plazo aunque los riesgos que incluye el segundo salto en el vacío, de pacto con Batasuna y ETA sobre el futuro de Euskadi, está preñado de altos riesgos y crecientes tensiones en la sociedad española.
Las que en otra época hubieran sido denunciadas no sólo por el PP sino también por el PSOE, partido del que han desaparecido todos los dirigentes de altura y cuyo centro de poder oscila entre el palacio de la Moncloa y la presidencia del Grupo Prisa, ambos de común acuerdo en dos cosas esenciales: mantener el poder al precio que sea —“como sea”, que le gusta decir a Zapatero— y repartirlo equitativamente entre el partido y sus grandes empresas, grupos financieros y medios de comunicación afines.
Por ejemplo: la aparición de los dos nuevos canales de televisión, Cuatro y La Sexta, ambos en la órbita del PSOE y beneficiarios del Mundial de fútbol, son botones de muestra del festín de los grandes repartos donde el poder político, el dinero —véanse los descaros de la Moncloa a la famosa OPA de Gas Natural y La Caixa contra Endesa como moneda de cambio con los nacionalistas para el pacto de Mas con Zapatero en el Estatuto catalán— y la influencia mediática desempeñan un papel determinante en la acción política.
Pero nada de esto es nuevo. Ya ocurrió con los gobiernos de Felipe González y también con los de José María Aznar. La novedad en el tiempo de José Luis Rodríguez Zapatero estriba en que por primera vez, desde el inicio de la transición, se ha incluido sobre el tapete del gran casino nacional del poder y de los repartos —lo de Marbella es un simple alegoría de chorizos de poca monta— la unidad y la identidad de España como moneda de cambio para satisfacer el creciente poder e influencia de los nacionalistas radicales o moderados que han encontrado en el palacio de la Moncloa el croupier sin escrúpulos que permite sentarse a la mesa a cualquier aventurero, llámense Carod u Otegi, con la condición en este último caso de dejar las armas fuera de este casino nacional donde, por supuesto, hay normas de cortesía y salas VIPS para los jugadores de primer nivel: los editores, financieros, empresarios y banqueros del nuevo régimen aun por diseñar y en plena ebullición.
Lo más asombroso de esta bacanal del poder que se está celebrando ante los ojos de los españoles es el convencimiento de Zapatero y sus compañeros de viaje de que no pasa nada, de que nunca pasa nada. Nos lo dijo una vez en el Congreso de los Diputados: “¿Os acordáis de la bronca montada contra la ley de matrimonios homosexuales? Pues ya no queda nada, no pasó nada”. El presidente imagina que lo de la España confederal —que el diario El País apadrina como federal— o la negociación con ETA a cualquier precio tiene la misma trascendencia que lo de los matrimonios gays. Que de lo que se trata es de educar a los españoles para que acepten el Estado confederal, en vez de hacer lo contrario con los nacionalistas, que en este tiempo llevan la iniciativa y tienen en sus manos las llaves de la gobernabilidad.
No pasa nada, no pasará nada. Éste es el convencimiento que se tiene en la Moncloa sobre la situación actual. Sobre todo porque están seguros de que el PP actual, como única oposición, no tiene mucha credibilidad porque todavía arrastra las mentiras del 11M y de la guerra de Iraq, así como sus pasadas broncas con los nacionalistas. Y porque los pocos medios que hoy son críticos con el Gobierno o son minoritarios en difusión, o entran por la puerta trasera en el casino del reparto del poder, a ver si el Gobierno les arregla sus negocios editoriales y de televisión —como ocurre con los editores vascos y los catalanes, Vocento, Planeta y Godó—, o se han echado al monte —hacia las lejanas montañas de las mochilas del 11M— y de la extrema derecha, como ocurre con los mal llamados medios liberales y católicos, El Mundo y la COPE.
Y también porque en los cálculos del Gobierno y del PSOE está, sobre todo, el objetivo de las elecciones generales del 2008, demasiado cercanas para que se note el disparate de la soterrada reforma constitucional y ataque a la unidad e identidad nacional hoy en curso. Como dice Zapatero, mientras sonríe, de momento no pasa nada, son cosas de la derecha, alucinaciones de patriotas de hojalata, los lamentos de una derecha anticuada y ancestral. En la izquierda política e intelectual apenas se mueve un gato, a lo más ciertos románticos fuera de la realidad —unos cómicos en Cataluña, la trouppe de Boadella—. El resto de dirigentes, Guerra, González, Bono, Ibarra, Vázquez, están huidos (Guerra), escondidos (Bono) y en sus dorados exilios (Vázquez) o pingües negocios (González), y de intelectual (obligados a escoger entre las escuderías de El Mundo o El País), o bien se allanan o desaparecerán.

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