Debo manifestarles que una de las cosas que me resultan más difíciles de entender son los mecanismos por los cuales se dispara la llamada alarma social, una cosa que nadie sabe muy bien qué es ni en qué consiste pero que, por lo visto, nos gasta malas pasadas de mucho cuidado y nos proporciona unos disgustos de muerte. Cuando la alarma social se ha encendido nadie sabe muy bien por qué ha sido, pero se da una serie de reacciones en cadena que empiezan por la perplejidad y acaban irremisiblemente con el rasgado de vestiduras. ¿Por qué algunas cosas parecen tener tanta influencia y, por ende, tanta importancia para la opinión pública? ¿Por qué otras pasan prácticamente inadvertidas y nadie habla de ellas?

Un ejemplo paradigmático del primer caso sería la supuesta funesta influencia de la televisión sobre nuestras desvalidas criaturas. La violencia y la telebasura estarían haciendo mella en ellas, y el futuro que les espera cuando sean personas mayores y formales será por lo visto aterrador, un mundo inhabitable repleto de delincuentes. Hasta tal punto que una asociación dedicada a esta noble causa ha puesto el grito en el cielo porque TVE retransmitió una corrida de toros en pleno horario infantil; es decir, a partir de las cinco de la tarde, que es cuando empiezan tradicionalmente semejante acontecimientos.

Otro bollo no menos importante es el lío por las escuálidas criaturas en forma de modelo desfilando por la pasarela Cibeles en Madrid. Todo el mundo se llevó las manos a la cabeza ante semejante provocación, pensando en las consecuencias que ello podría tener para las adolescentes víctimas potenciales de la anorexia. La lista de supuestos peligros que nos amenazan, de alarmas sociales a punto de dispararse en el momento menos pensado, es interminable. La relación causa-efecto es obvia, y pensar en ello impediría dormir a cualquier ser consciente de los peligros que nos acechan.

Sin embargo, también se da el caso contrario. Las cifras de muertos por accidente de circulación en España son extraordinariamente escandalosas, y todas las autoridades del ramo habidas y por haber coinciden en afirmar que la principal causa de tan elevada siniestralidad es el exceso de velocidad.

El pasado fin de semana, con motivo del Gran Premio de motociclismo celebrado en Jerez de la Frontera, hubo nada menos que nueve muertos por accidentes de circulación. Y sin embargo a nadie se le ocurre establecer ninguna relación entre unos pilotos -alguno de ellos ha sido campeón del mundo antes de tener la edad legal para obtener el título que le permitiera llevar semejante vehículo en España- lanzados a toda castaña, en unas carreras retransmitidas por las principales cadenas de televisión y que han batido todos los récords de audiencia, con aquello que sucede cada día en nuestras calles y carreteras. Por lo visto, no tiene la menor influencia, más bien ninguna.

La velocidad es un valor positivo, en alza. Nuestros campeones gozan de una inmensa popularidad y el mundo que los rodea tiene un verdadero carácter de excepcionalidad. Tanto es así que mientras los supermercados de La Jonquera no pueden vender tabaco por la nueva ley, su publicidad se permitirá en los coches de fórmula 1 cuatro años más. Pero, claro, debo de estar equivocado y eso debe de ser precisamente confundir el tocino con la velocidad.