La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

2 Abril 2006

Romanos todos y, algunos, hijos de Cartago, de Enric Juliana en La Vanguardia

Entrevisté una vez a Pasqual Maragall en Barcelona y me dijo que España la forman tres naciones seguras y una probable. No tuve dificultades para deducir que las tres seguras son Catalunya, el País Vasco y Galicia, e intuí que la probable es Andalucía. O sea que, ya lo ven, somos una probabilidad". Quien así se expresa, con la sorna desarmante que sólo saben manejar los andaluces, es Ignacio Camacho López de Sagredo, nítido articulista del diario ABC,liberal preocupado por la anorexia del Estado y natural de Marchena, que fue fundada por los romanos. Estamos en el venerable Ateneo de Sevilla para discutir sobre la idea de España.

Ante un público veterano y senequista, flanquean a los dos oradores -el de Marchena y el de Badalona, también fundada por los romanos-, don José Rodríguez de la Borbolla, ex presidente de la Junta de Andalucía, y don Enrique Barrero, presidente de la entidad que en sus salones vio fraguar a la generación poética del 27. Fuera, en la calle Orfila, Sevilla atardece, la gente pasea en mangas de camisa y en algunas tiendas venden túnicas y capirotes.

El interviniente de Badalona, que ya empieza a tener alguna experiencia en estas lides, evita el estoque fino de Camacho, sonríe para sus adentros con el criptograma maragalliano (tres naciones seguras y una probable..., fot-li!)y se dispone al contraataque por el flanco emocional, que en España siempre es peligroso.

"Seguramente desde Catalunya hay cosas que no se han hecho bien, pero hay un dato sobre el que quisiera llamarles la atención. ETA ha matado a 851 personas y en la política vasca han pasado bastantes cosas desagradables, pero jamás nadie ha intentado presionar a los políticos y empresarios vascos con un boicot comercial. El catalanismo no ha matado a nadie y, en cambio, se le ha querido combatir con esa arma. La política siempre acaba pactando, el periodismo se olvida pronto de las batallas que apenas ayer le parecían tremebundas, pero los daños morales quedan. Hay abolladuras de estos últimos seis meses que tardarán tiempo en poder ser reparadas", expone el de Badalona, convencido, porque lleva días dándole vueltas a los óxidos del Estatut.

La avería es seria. Quedará un poso amargo cuando, una vez celebrado el referéndum, Catalunya cristalice objetivamente como la región europea con mayor perfil político; más que Escocia y Gales; más que Baviera; más que todas las regiones francesas e italianas juntas; más que el País Vasco, también, porque los vasquistas nunca dispondrán de igual cuota de poder en el Congreso y el Senado. Cuando en junio sean derrotados en las urnas los embaucadores que ahora convocan al lloriqueo - ¡"A llorar a los rincones!", decía Balmes a los ploramiques del siglo XIX-, la carrocería emocional seguirá abollada. Y si dentro de unos años la economía española se estropea, sabremos exactamente qué tipo de semilla se ha sembrado durante el semestre ominoso que ahora concluye. Sabremos lo que vale un peine.

Pero estamos en Sevilla. El acto ha concluido, las preguntas han sido incisivas y los aplausos corteses. No hay que lamentar heridos. De manera que el de Marchena y el de Badalona, que van siendo amigos, salen juntos intercambiando perplejidades y arqueologías romanas. Procónsul de la Bética, el señor Rodríguez de la Borbolla, antiguo estudiante de Derecho en Bari, ameniza el paseo con su teoría de la hermandad itálica: "Antes que otra cosa, somos romanos. ¡Romanos todos!". Y otro acompañante, hispalense y bien informado, que te lo digo yo, aporta una nota de actualidad sobre el ínterin socialista: "Felipe está que echa las muelas del cabreo que lleva". Hay unas risas. Y huele a flor de azahar.

Calle Álvarez Quintero abajo, el de Marchena y el de Badalona recuerdan el día en que la idea de España también les convocó en Cartagena y el ambiente podía cortarse con la espada corta de Aníbal Barca. Hubo allí, en el casino de la vieja burguesía minera, tres sulfuros: la españolidad propiamente dicha, el recelo de los murcianos ante la queja y el jeroglífico catalán ( "¿acaso nosotros no tenemos derecho a prosperar?") y el lamento irredento de los cantonalistas, que no quieren depender de Murcia, ciudad fundada por el moro Abderramán. Romanos todos y, algunos, hijos de Cartago.

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