Pedro Pérez, el cura amigo de don Quijote, tenía un excelente paladar literario, como su creador, Miguel de Cervantes. Me atrevo a afirmarlo porque el libro de la biblioteca del hidalgo manchego que más le entusiasmó es Tirante el Blanco; no hay más que leer lo que dice al oírlo nombrar por el barbero: "Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos". Habla de algunos de sus personajes y sentencia: "Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en su camas, y hacen testamento antes de su muerte". Y no es una osadía pensar que si don Quijote se muere de una calentura y hace testamento es porque Cervantes estaba pensando en el final de Tirante, y además así impedía que ningún otro Avellaneda pudiera robarle su personaje.
Incluso no sería extraño que la invención de Dulcinea le deba algo a un consejo que le dan a Tirant. El rey de Egipto, Abenamar, ha desafiado al capitán de los griegos y defiende que la doncella de la que está enamorado es mucho más bella y noble que la suya. Aunque Tirant quiere a Carmesina, y ella le corresponde, no puede confesarlo y dice que ama a una viuda. El duque de Pera afirma que así va a perder la batalla, porque Dios da la victoria a quien tiene razón, y la amada del rey moro es la hija del Gran Can, mucho más bella y poderosa que esa viuda. Le aconseja que, para hacer su causa justa, imagine que está enamorado de Carmesina, la hija del emperador, y así ganaría la batalla porque la princesa no tenía igual en el mundo. A Tirant la idea le parece espléndida ya que en realidad no iba a "fantasear" aunque fingiera hacerlo. ¿No hace algo parecido don Quijote al darse cuenta de que necesita una dama para mandarle los gigantes que va a vencer? Como le dice a Sancho hablando de Dulcinea: "Píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad".
HAY MUCHAS más lecciones que aprende Cervantes de esa apasionante obra que Joanot Martorell empezó a escribir el 2 de enero de 1460 y que acabaría cuatro años más tarde. No hay más que comparar la ceremonia con que el rey de Inglaterra arma caballero a Tirant lo Blanc, y la que improvisa el socarrón ventero para don Quijote; se ve cómo se divierte Cervantes al hacer que la Tolosa, una moza de partido, sea quien le ciña la espada al hidalgo manchego, en vez de las siete doncellas vestidas de blanco, que representan los gozos de la Virgen, que se la ciñen al caballero bretón. Si además se une el nombre de Tirante el Blanco al de don Quijote de la Mancha, se advertirá mucho mejor el juego de los dos significados de la palabra mancha. No hay que olvidar que Cervantes leyó la traducción al castellano del Tirant; la publicó el impresor Diego de Gumiel en 1511, en Valladolid, como obra anónima y sin que constara que estaba traducida del catalán.
Pero volvamos a lo que comentaba el cura, al realismo de Tirant lo Blanc. El héroe se romperá una pierna al saltar desde un terrado al suelo porque la cuerda que le da Plaerdemavida es demasiado corta (sale del aposento de Carmesina). Y mucho antes, en plena batalla contra los reyes de Egipto y de Capadocia, había perdido cuatro dientes y muelas. En este caso, sufre el percance porque se le había caído la babera, que le protegía la boca, y el rey de Egipto le da en ella con el bote de la lanza.
Don Quijote no se rompe ninguna pierna, a pesar de sus muchos descalabros; pero sí va a perder también tres dientes y muelas en una durísima batalla; claro está que sus enemigos son ovejas y carneros, y quienes lo dejan con media boca destrozada son los pastores lanzándole piedras. Le dan en el momento en que está bebiendo el bálsamo de Fierabrás y, por tanto, su boca está también desprotegida.
A DON QUIJOTE lo venció el Caballero de la Blanca Luna en la playa de Barcelona, y la desolación que sentiría, agravada por la calentura, le llevó a la tumba. En Tirant lo Blanc, un caballero sufre tal situación, es Tomás de Montalbán, personaje recordado por el cura cervantino; preferirá declararse vencido antes que morir, y su deshonra lo llevará a hacerse franciscano. Era un gigantón, Tirant le llegaba a la cintura; no fue su fuerza la que le permitió vencerle, sino sus condiciones físicas: necesitaba coger aliento con menor frecuencia que los demás y se cansaba mucho menos. Y a ello se unió su inteligencia: se dio cuenta de que tenía que evitar los golpes del gigante y cansarlo, sólo así pudo convertir en decisivos los de su hacha.
Pedro Pérez tenía razón: por su realismo, Tirant lo Blanc era el mejor libro de caballerías del mundo. A Cervantes le entusiasmó, y hoy sigue siendo para todos "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos". No hay más que abrir sus páginas para descubrir personajes de carne y hueso, estratagemas para engañar al enemigo de las fuerzas que no se tienen y sutiles formas para declararse a las damas.
ROSA Navarro. Catedrática de Filología Hispánica de la Universitat de Barcelona.

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