Un periodista de Toulouse lo vio así. Exactamente cuatro chavales apostados en la puerta del Capitol, sede del Ayuntamiento, gritan al paso de los Reyes: "Mañana, España será republicana". Voces aplacadas por espontáneos aplausos de simpatía de la demás gente allí agrupada, a las que saludaban sonrientes los monarcas. Salían los Reyes reconfortados por las palabras, apretones de manos y otros signos de afecto y emoción de varios veteranos e hijos del exilio.
Fue un éxito esa inmersión en el feudo de la penosa y forzada migración hispana, generada por el drama de la Guerra Civil y de la posguerra mundial. Personas y familias sufridas, adictas a la democracia, que conocen el valor de la libertad y del Estado de derecho. Han comprobado que son compatibles con la monarquía parlamentaria de don Juan Carlos. Y que la palabra república tiene distintos significados, según quien ocupe el poder. Tiempos recientes ofrecen versiones varias que, contra la normalidad democrática, van desde repúblicas tituladas populares al pinochetismo.
La visita regia a Francia se ha desenvuelto en días turbulentos. Programa y protocolo invariables, pese a dos millones de estudiantes y sindicalistas manifestándose por los centros históricos de las principales ciudades. Ancho es el país vecino, tolerable y volteriano, al que anoche Chirac habrá tratado de amansar a sabiendas de que no puede apoyarse sólo en el dictamen del Consejo Constitucional. El problema no es jurídico, sino político. Y deriva de una situación en la que son muchos los responsables. Viven por encima de sus posibilidades. Los treinta gloriosos años quedan atrás. Se amontonan déficit y deudas públicas. Se quiera o no, se anuncian tiempos duros.
Crisis económica y social en puertas de casi toda Europa. Alemania ha sido la primera en buscar remedio. Si se quiere vivir en democracia, se impone un orden en presupuestos y conductas a todos los niveles. En España, la burbuja inmobiliaria es una de las más señaladas. En la privilegiada Costa del Sol, algunos desbarajustes clamaban al cielo. En Italia, anomalías en la gestión de gobierno enturbian la escena política en vísperas de elecciones. Y el Vaticano recibe al PP europeo, con ausencia de Berlusconi, porque su adversario Prodi, mucho más sobrio, no merece que se le haga un feo. Zanjarán las urnas.
En Estados Unidos, país joven pero de democracia antigua, enseñan que, tarde o temprano, el sistema permite resolver críticas situaciones por vía electoral. Por eso mismo, confían en que las legislativas del próximo otoño despejen algunas incógnitas. En la Casa Blanca, Bush toma medidas en la gestión de su propio equipo. A la vez que el aspirante republicano a la presidencia, general McCoy, ha hecho limpieza anticorruptora entre colegas senadores de su misma bancada y en sintonía con los más serios oficiales del Pentágono. Mientras hay soluciones dentro del Estado de derecho, hay esperanza.

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