Hay quien hace de la ofensa una herramienta para interpretar las palabras ajenas. A veces, la ofensa es tan microscópica que sólo es visible para un selecto grupo de expertos en detectar ofensas. Fue el caso de un artículo de Millás donde contaba que todos sus conocidos tenían hijos adoptados mientras que él los tenía biológicos, y concluía con humor que quizá debía ocultárselo a sus hijos y decirles que habían venido de China o de Rusia, para que no se sintieran distintos. Días después aparecieron varias cartas de padres adoptivos que habían decidido ofenderse. Una futura madre le acusó de hombre sin entrañas, incapaz de mirar a un hijo con ojos "en forma de corazón", como hacía ella. Acusándole de generalizar (acusación que suelen esgrimir los ofendidos), la mujer generalizaba mucho, pues deducía que Millás era enemigo de la adopción de niños extranjeros, y por ende, racista. Yo soy madre adoptiva y me pareció imposible detectar en su lúcido artículo la menor intención de ofender. No puedo decir lo mismo de la carta: la idea de mirar a mi hija con ojos "en forma de corazón" me pareció tan escalofriante que, de haber sido propensa a ofenderme, me habría ofendido.

Pero no lo soy. Tampoco me gusta ofender con la palabra escrita, aunque no puedo evitar que, de vez en cuando alguien se dé por ofendido. Hace unos días un publicista me acusaba en una carta a este periódico de "condenar" la actividad publicitaria de forma indiscriminada. Yo sabía, por los amigos que tengo en dicha actividad, que ninguno de ellos se había sentido descalificado, pero releí mi artículo a fondo, con una lupa de detectar ofensas y condenas. Lamento decir que no pude encontrar ni una sola.

Lo gracioso es que, nada más dejar la lupa, veo a la presentadora de Bon dia, Catalunya denunciando, con cierto humor, una actitud incívica: "Ayer me tropecé con un señor bien vestido que meaba en medio de la acera. ¡No era un sin techo!Y había un bar allí mismo. Si nos está viendo, usted, el que hacía pipí, ¡atrévase a llamar!", dice. Acto seguido llama un espectador. ¿Será él? No, ni mucho menos. Es un espectador ofendido que llama... ¡en nombre de los cardiópatas y los diabéticos! La acusa de generalizar, de no haber pensado en las enfermedades que provocan incontinencia, y concluye indignado: "¡No todos los que orinamos en la calle somos iguales!". La periodista, que ha dejado muy claro que ella estaba hablando de un jeta y no de un incontinente, se disculpa azorada, aunque no tiene por qué, pues se la está acusando de decir algo que no ha dicho.

No negaremos que desde los medios se echa mucha leña al fuego de los ofendidos. Hace unos años a raíz de la campaña que un ayuntamiento realizó basada en chistes de Eugenio considerados machistas, un programa de gran audiencia preguntaba: "¿Deben las mujeres sentirse ofendidas por esta campaña?". Al cabo de unos minutos, ¡el 90% de las llamadas opinaban que debíamos ofendernos! Yo me esforcé por ofenderme como debía, pero nada. Luego pensé que igual las no ofendidas éramos más pero parecíamos menos, ya que las ofendidas, dada su naturaleza alerta y militante, suelen llamar más.

Sigo esforzándome de vez en cuando por molestarme por esas pequeñas cosas, pero veo tantas causas verdaderamente graves para indignarme, que al final casi nunca me queda energía suficiente para ofenderme como es debido.