«La victoria tiene 100 padres pero la derrota es huérfana», reza el viejo dicho. La prisa con que soldados, políticos, periodistas e intelectuales se distancian de los desastres no es nunca una visión agradable y la huida actual en Estados Unidos por evitar la lluvia de cascotes de la ruinosa Guerra de Irak no es ninguna excepción. El petróleo y la industria armamentística naturalmente ocupan un lugar destacado en cualquier análisis de la catástrofe, pero hasta ahora las recriminaciones no habían tocado el gran tema tabú de la política norteamericana: el lobby israelí. Para explicar telegráficamente lo sólido que es este tabú baste saber que las dos películas más atrevidas en criticar el papel de los Estados Unidos en Oriente Próximo, el ganador del Oscar, Fahrenheit 9/11, de Michael Moore, y Syriana, con Oscar para George Clooney, no mencionan Israel ni siquiera una sola vez.
Han acabado por romper el tabú dos catedráticos sumamente respetados, reconocidos expertos de la política exterior de los Estados Unidos, el profesor Stephen Walt, nada menos que el decano académico de la afamada John F. Kennedy School of Government, de Harvard, y el profesor John Mearsheimer, de la Universidad de Chicago.En la revista London Review of Books, acusan al lobby israelí de ser agentes de una potencia extranjera, de distorsionar la política norteamericana y de actuar en contra de los intereses estadounidenses, de «ejercer un dominio absoluto» sobre el Congreso de Estados Unidos gracias a su capacidad de recaudar grandes cantidades de fondos para campañas electorales y de dominar el debate político sobre Oriente Próximo gracias a su papel en los gabinetes de estudios y de opinión de Washington. Ambos acusan al lobby israelí de calumniar a quienes les critican y de silenciarles mediante la elaboración de listas negras y de boicoteos o mediante insinuaciones de que son antisemitas.
Parece como que, para demostrar sus tesis, Walt y Mearsheimer hubiesen tendido una trampa al lobby israelí usando sus propias reputaciones como cebo; ahora son el objeto de una frenética campaña de insultos y presiones. Una pequeña muestra: Morton Klein, presidente de la Zionist Organization of America, compara el ensayo de los dos eminentes catedráticos con Los Protocolos de los Sabios de Zion. Otro catedrático de Harvard, Alan Dershowitz, dice que, «parece escrito por algunos de los miembros menos inteligentes de Hamas». El columnista neoconservador del Los Angeles Times, Max Boot, les ha calificado de «paranoicos» y el congresista Eliot Engel les ha tildado de «antisemitas». The New York Sun ha comparado el ensayo con los discursos del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad. También The New York Sun informa que Robert Belfer, ex consejero de Enron, que llegó a donar 7,5 millones de dólares (6,2 millones de euros) a la universidad, ha protestado enérgicamente a Harvard. Poco después la Universidad de Harvard ha quitado su logo del ensayo y informa que el profesor Walt abandonará el decanato del Kennedy School en junio.
Ante tan espectacular lluvia de reproches y presiones, Walt y Mearsheimer pueden sentirse tentados de agachar la cabeza y murmurar con Galileo Galilei e pur si muove.

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