Querido J:
El lechero dejó en mi puerta la otra madrugada el proyecto de decreto por el que se regulan las condiciones para el ejercicio de las terapias naturales http://www.gencat.net/salut/depsan/units/sanitat/html/ca/premsa/doc10373.html, que firman el presidente Maragall y la consejera Geli, y que han redactado técnicos del Departamento de Sanidad. No me he vuelto loco. No: más bien creo que son ellos los que circulan en dirección contraria.
El spleen catalán no está en las églogas que ganan englantinas [jazmín español], sino en los decretos. Han dejado de servir a la política. Y demuestran, por si hicieran falta pruebas accesorias, que Cataluña está en manos de los echadores de cartas. Lee conmigo este arranque, si te atreves: «La existencia de diversas maneras de entender la persona, el diagnóstico, la enfermedad y el tratamiento, relacionadas con la tradición de las diversas culturas, condiciona criterios u opciones médicas y terapéuticas distintas». Aprecia el enfoque cultural. Observa cómo se deshace de mayor a menor, de la persona al tratamiento, cualquier posibilidad objetiva; y, en consecuencia, cómo esas variantes de la lectura de una enfermedad no dependen de que haya un error y por lo tanto una certeza, sino de las diferentes culturas. Es decir, la existencia misma de una enfermedad y de su curación es tan relativa y arbitraria como las lenguas en que la enfermedad pueda designarse.
Y ni que decir tiene, obviamente, que darse podrá el caso de culturas en que la enfermedad no exista. Todo ello nos retrotrae al medievo tan del gusto del nacionalismo gobernante: aquel momento en que la ciencia aún no se había independizado de la religión o de la magia. Es decir: los derechos históricos de la terapéutica natural catalana.
Sigo: «Existen la medicina oficial, convencional o alopática y el resto de criterios llamados no convencionales, complementarios, alternativos, naturales u holísticos. Cada uno de estos criterios utiliza diferentes remedios o técnicas».
Se entiende por criterios naturales «aquéllos que parten de una base filosófica diferente a la medicina convencional o alopática y aplican procesos de diagnóstico y terapéuticas propias». Una base filosófica diferente: esto es Cataluña hoy. No se le habrá escapado a tu fino oído esta música. Mientras una medicina es la oficial, convencional o alopática, la otra es alternativa, natural y holística. ¿Cuál le caería más simpática a un niño catalán? ¿Estos féretros: oficial, convencional, alopático ? ¿O bien su oposición encantadora? ¿Observas hasta dónde ha llegado el prestigio de estos abalorios: lo natural, lo alternativo ? Y no hablemos de lo holístico, esta mandanga semántica que cuando tiene algún sentido es el obvio. Holístico, holística, mi querido amigo, yo sólo conozco la ignorancia. El lechero, que se llama Golem, me dejó con el decreto esta nota airada y verdadera: «La diarrea que mata a miles de niños diariamente en el Tercer Mundo opera con los mismos mecanismos biológicos aquí que entre los onas (si aún existieran). Sólo que aquí tenemos prácticas no culturales que hacen que el niño no muera deshidratado. La igualdad de las dos supuestas medicinas: a la primera le debemos la erradicación de la viruela y la vacuna contra la poliomielitis. A la segunda no le debemos nada».
La llegada de la izquierda al poder catalán ha significado poco en términos de racionalidad. El tripartito se rige por similares palos de escoba que la cofradía convergente. Pero ha endurecido la aportación de la corrección política convencional a lo nacionalmente correcto. Aunque generalmente adormecida por las panzas maceradas en Sauternes de sus portadores, una cierta proclamación liberal despuntaba, a veces, en la estólida fe nacional convergente.El liberalismo en la izquierda parece, por el contrario, asunto de otro tiempo. Demasiadas cuotas, verás. En sus legendarias Imposturas Intelectuales, Bricmont y Sokal atribuían el auge del posmodernismo a la fragmentación del paradigma de la izquierda ilustrada en diversos movimientos sociales. Ellos citaban el feminismo, la negritud y la homosexualidad. Ahora hay que añadir las cuotas de los curanderos. Todo acaba llegando al pequeño país, aunque lento, languideciente y vulgar.
Si el proyecto de decreto es una buena muestra del sometimiento de la izquierda al irracionalismo (sometimiento que no inaugura el posmodernismo y al que la izquierda marxista rindió culto en su negación implícita de la naturaleza humana: el lugar donde se estrellaron sus utopías), también lo es del intervencionismo, otro rasgo muy célebre de la Cataluña contemporánea. El intervencionismo es el modelado intenso del paisaje. Y se aplica con nitidez en el decreto al tratar de regular lo no regulable. No otra cosa es lo alternativo. Ten por seguro que cualquier día la izquierda nacionalista cubrirá de adoquines la playa. Mientras tanto, fabrica un decreto consolador (uno entre cientos) que ampara terapias inútiles, aunque distintas, como la iridoterapia o la homeopatía.Sobre este punto le escribí a nuestro amigo F., pidiéndole peritaje.Se entretuvo mucho con una de las actividades amparadas. «En el epígrafe Terapias y técnicas manuales cabría desde los masajes del fisioterapeuta hasta los masajes en el pene de algunos salones, incluyendo desde luego la curación por imposición de manos».Luego, incorporándose, añadió un párrafo sobre la grandilocuencia reguladora, del que te entresaco algunas apreciaciones pertinentes: «Hay que ceñirse a una estrategia de mínimos que debe tener como lema el principio bioético de no-maleficencia, es decir, hay que evitar las terapéuticas dañinas, dejando el consumo de las ineficaces al libre albedrío (con algunas pocas limitaciones).En muchas de las áreas propuestas sólo cabe un programa que garantice la salubridad de las instalaciones donde se atiende al público, tal y como ocurre con otras actividades comerciales. La competencia sería de Trabajo (salud laboral) y de Hacienda (economía sumergida)».
Nuestro amigo habla bien, pero sus palabras vienen de otro mundo donde el Estado no era una máquina de propaganda. De vez en cuando habrás leído por ahí algunas de esas candideces de tipo liberal que defienden, o como mínimo no critican, la debilitación del Estado en beneficio del autogobierno de los territorios. Insisten en que a más autonomías menos Estado. En realidad se trata de todo lo contrario, como la experiencia catalana prueba. Del Estado remoto, inasible, de la fría y rígida máquina de burocracia descrita en los manuales del flower power, hemos pasado al Estado cercano, practicable, caliente y adaptable a nuestro esqueleto. Hasta su aliento sentimos, y no resulta agradable. Las autonomías han creado maquinarias cada vez mayores y ciudadanos cada vez más pequeños.
Gotas de sangre jacobina. Disculparás. Lo cierto es que aspiraba a escribirte una carta en plein air, ahora que los tilos de la Rambla, con su tronco negrísimo y sus verdes pulverizados, pasan por su mejor momento. Pero la producción patria de papel y timbre es infatigable y me recluye en casa como una termita.
Sigue con salud.
A.

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