¿Y QUÉ pasará en Galicia? Ésa es la pregunta política, después de escuchar el importante, argumentado y bien construido discurso de Mariano Rajoy contra el Estatuto de Cataluña. Mejor dicho: después de escuchar seis meses de descalificaciones globales, que culminaron en el pleno del Congreso del pasado jueves. Rajoy ha presentado una oposición tan firme -y creo que compartida por millones de ciudadanos, salvo en episodios tan desenfocados como la recogida de firmas-, que deja al Partido Popular en una situación de gran interés especulativo ante la reforma del Estatuto de Galicia.
El futuro se presenta de esta forma: el Bloque Nacionalista Galego, obviamente, buscará un Estatuto que no sea menos identitario que el catalán. Cualquier rebaja en ese sentido defraudaría a sus militantes y electores. Anxo Quintana y otros dirigentes ya defendieron el derecho de Galicia a ser definida como nación, y con tantos méritos como Cataluña. El Partido Socialista está obligado a no ser menos que el PSC, y Pérez Touriño tampoco menos que Maragall. Su alianza con el BNG le obliga a ir con él en la reforma. Y ahí aparece la sombra del Partido Popular: como la mitad menos uno de los escaños son suyos, nada se puede hacer sin su consenso. Ésa es la gran diferencia con Cataluña: allí el Partido Popular es manifiestamente prescindible. En Galicia es clamorosamente imprescindible. Si el futuro no es apasionante, admítanme que es, al menos, intrigante.
Y en medio, un destino incierto y dos nombres. El destino es el del Estatuto, que todavía no tiene ni proyecto redactado. Los hombres son Mariano Rajoy y Alberto Núñez Feijoo. Ambos son dialogantes y abiertos. Pero ambos se encuentran condicionados por ese discurso sobre el rumbo confederal de España, el principio del fin del modelo de Estado surgido de la Constitución del 78 y la igualdad de obligaciones, derechos, condiciones y oportunidades económicas entre los hombres y los pueblos. Sólo ellos saben si pueden y deben mantener las mismas tesis para Galicia (también para el País Vasco y otras comunidades), o cabe algún tipo de flexibilidad.
No es un asunto menor. Para los socialistas y nacionalistas, Cataluña ha marcado un rumbo y un estilo. Para los populares, ha marcado justamente el camino que no se debe seguir. Todo está abierto. Incluso la posibilidad de que la reforma del Estatuto de Galicia sea imposible. El Partido Popular se enfrenta a un desafío: pasar de ser el partido más querido en Galicia a ser una fuerza que suscita recelos. ¿Está dispuesto a seguir la senda del PP catalán, que ha cosechado un rechazo del 85 por 100 de la sociedad? En la reforma de un Estatuto no se juega sólo gran filosofía. Se juegan también las llaves del poder.

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