Lo único importante de ayer, y lo fue en inmensa medida, es que el nuevo Estatuto catalán salió adelante aprobado por 35 votos de diferencia. Y eso, en un Congreso que tiene 350 diputados, resulta un peligrosísimo empate habida cuenta de la influencia enorme que el nuevo texto va a tener en la vida futura del país entero.
No importaba ese detalle a casi nadie. No importó, desde luego, a los nacionalistas de CiU ni tampo a los parlamentarios del PSC, que se marchaban exultantes del Hemiciclo, camino del hotel de enfrente, donde pensaban todos celebrarlo con unas copitas de cava antes de volver a casa con su triunfo bajo el brazo.Y no importó a los diputados del PSOE, que pudieron por fin respirar tranquilos después de haber pasado el calvario de encontrarse con un texto inasumible salido del Parlamento catalán; de haber soñado con que llegara a ser non nato; de haberse visto obligados a fajarse con el hecho inapelable de que les venía a Madrid un monumental embolado; de haber tenido que tragar saliva y remangarse para pasarle la garlopa a aquello y de haberse entrenado todos los días desde hace meses para hacer suyo en cuerpo y alma un Estatuto que no les gustaba, ni en el espíritu ni en la letra.
Naturalmente, después de tantos esfuerzos, los socialistas estaban felices y no querían pararse a pensar lo que de verdad significan en términos políticos e históricos esos magros 35 votos que separan a los partidarios del Estatuto de sus oponentes. Ayer fue día de alivio para ellos. Y, aunque aún les queda la prueba del referéndum, saben que han logrado quitarse de encima uno de los asuntos que más han minado el crédito de Zapatero en términos electorales.
Pero cuando una no se dedica a remar dentro de la barca de ningún partido, tiene la obligación de señalar la que es la gran, enorme debilidad de este texto: su escasísimo margen de apoyo para lo que se necesitaba. Y da lo mismo que los noes de Esquerra Republicana tengan origen en posiciones perfectamente opuestas a los noes del PP. La consecuencia es que este Estatuto será origen de disputas, confrontaciones y desencuentros en cuanto los dirigentes políticos catalanes se decidan a ponerlo en práctica, cosa que de momento no sucederá porque la prudencia les aconseja dejar pasar el tiempo hasta que se templen los ánimos disidentes. Pero luego ocurrirá.Es seguro, porque esto ya está escrito muchas veces en la Historia de España
Y qué otra cosa se puede decir de lo sucedido, además de que los argumentos empleados durante meses se resumieron en la discusión postrera. Los portavoces hicieron un compendio de sus posiciones y por eso la sesión tuvo el peso cansino de lo mil veces escuchado.Podía, por tanto, haber sido el día perfecto para entretenerse en calibrar la calidad oratoria de los intervinientes y la consistencia de sus palabras. Pero estaba de más. Ayer no era el día para glosar la brillantez de los discursos ni para otorgar por enésima vez el título de mejores parlamentarios a Rajoy y a Rubalcaba, que siempre lo merecen. Era el día para anotar que, terminada la votación, la mitad de los presentes salió feliz y la otra mitad desolada. Y ése, ayer, fue el signo leve pero clarísimo de lo que acabará teniendo una trascendencia política inapelable.

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