Hace unos días, mientras aguardaba en el rectorado de la Universitat de Barcelona el inicio de la investidura como doctor honoris causa del físico suizo y profesor Peter Hänggi, escuché a uno de los presentes comparar el reciente movimiento estudiantil francés con el de mayo de 1968. Otro asistente, tras admitir su común espíritu contestatario, señaló una diferencia entre ambos: "En 1968 --dijo-- se reivindicaba una utopía; ahora, algo mucho más concreto". ¿Es cierto o se trata, en el fondo, de lo mismo?

Cuentan las crónicas que, durante el mayo de 1968, los periódicos ofrecieron imágenes insólitas de un París dominado por los estudiantes. Barricadas olvidadas desde los tiempos de la Comuna, paredes llenas de consignas a medio camino entre la provocación y el humor, políticos de todas las ideas preocupados por el hundimiento de la sociedad industrial, enfrentamientos nocturnos con la policía, manifestaciones masivas...

En realidad, todo había comenzado muy lejos. Fue a principios de los años 60, durante la guerra de Vietnam --con la que Estados Unidos pretendía contener el comunismo en el Lejano Oriente--, cuando se gestó una revuelta juvenil generalizada. Se inició con la resistencia al reclutamiento en los colegios universitarios, siguió con una crítica acerba de las propias universidades y desembocó en una denuncia de todo el sistema. Los choques surgieron en California y se extendieron al Este. Al llegar a Europa --en 1968--, estuvieron a punto de derribar al general De Gaulle, afectaron --aunque menos-- a Inglaterra y Alemania, y alteraron hondamente a las universidades japonesas. Y, hasta bien entrados los 70, siguieron dándose manifestaciones de este fenómeno, que ha grabado en la mente de una generación una pauta que aún influye en las políticas gubernamentales.

Para Eric Hobsbawm, este rosario de revueltas juveniles fue un signo de que la estabilidad de la edad de oro (1945-1973) no podía durar. A fines de los años 60, el comienzo del declive de la hegemonía americana, así como el estallido salarial mundial fruto de la escasez de mano de obra, desestabilizaron el funcionamiento de la economía. De hecho, la actitud reivindicativa de los trabajadores fue más significativa que el estallido de la rebelión estudiantil, pues ésta fue un fenómeno ajeno a la economía que movilizó sólo a un sector minoritario de la población. Pero la agitación universitaria tuvo, en cambio, una enorme trascendencia cultural, pues sirvió de revulsivo para una generación que casi había llegado a creer que había resuelto para siempre los problemas de la sociedad occidental.

EN LA actualidad, las movilizaciones estudiantiles francesas se nos presentan --por una parte-- como una reivindicación de contenido concreto: la protesta contra el contrato de primer empleo que el Gobierno quiere implantar (una ley que facilita el primer empleo a los menores de 26 años a cambio del despido libre que afecta a todos los menores de esa edad). Pero --por otra parte-- la protesta estudiantil ha conseguido la solidaridad y el apoyo de sectores obreros y de las clases medias, lo que prueba que el alcance del descontento es amplio y hunde sus raíces en la convicción, compartida por grandes capas de la población, de que se trata de una abierta traición al modelo social francés.

Así las cosas, cabe concluir que tanto uno como otro movimiento de protesta comparten un rasgo: la denuncia de todo el sistema. Un sistema que mostró sus primeras señales de crisis a fines de los años 60, y que hoy tiene claras y graves dificultades para regenerarse en toda Europa, especialmente en Francia. Resulta sintomático que fuese en 1967 cuando Jean-Jacques Servan-Schreiber --editor de la revista de centro-izquierda L'Express-- publicó El desafío americano, superventas también en Estados Unidos. Su mensaje se resume así: o Europa adopta el modelo americano o será devorada por Estados Unidos en un plazo de 30 años, pues el Mercado Común Europeo está fracasando en su intento de avanzar con rapidez --pese a que el 1 de julio de 1968 se habían eliminado las aduanas entre los estados miembros-- y se desintegrará por falta de empuje.

CLARA ES su advertencia: "Estados Unidos hoy todavía se parece a Europa, aunque con una ventaja de 15 años. Pertenece a la misma sociedad industrial. Pero en 1980, Estados Unidos habrá entrado en otro mundo, y si no conseguimos ponernos a su altura, los norteamericanos tendrán el monopolio del conocimiento, la ciencia y el poder". Y profética es su conclusión: "Si Europa, como la Unión Soviética, es eliminada de la carrera, Estados Unidos se quedará sola en ese mundo futuro. Eso resultaría inaceptable para Europa, peligroso para Estados Unidos y desastroso para el mundo .... Una nación que mantenga el monopolio del poder considerará el imperialismo una especie de deber, y tomará su propio éxito como prueba de que el resto del mundo debe seguir su ejemplo".

Cuarenta años después, abortada la Constitución y paralizada su unión política, parece como si la decadencia de Europa --presentida en 1968-- se hiciese palmaria en su incapacidad para reformar sus estructuras sociales y para conformar sus instituciones políticas. Queda lejos el ideal federal que soñaron los héroes de las resistencias europeas frente al nazismo.

El mismo ideal al que se refería Sophia Magdalena Scholl, estudiante de Biología y Filosofía en la Universidad de Múnich, miembro del movimiento Rosa Blanca en la Alemania nazi, que fue condenada por traición y ejecutada en la guillotina a los 21 años, por haber defendido sus ideas con la palabra. Fue una joven europea fiel hasta el extremo.