Hace seis años, al acto inaugural de una exposición con el mismo título que esta columna, de la que soy comisario y autor, acudieron todas las autoridades posibles: la primera ministra de Medio Ambiente, Isabel Tocino; el entonces alcalde de Madrid, José María Alvarez del Manzano; Miguel Blesa, todavía presidente de Caja Madrid, entidad patrocinadora de la muestra, y la directora del Real Jardín Botánico, Mª Luisa Tellería.
Lo cuento porque no he conseguido encontrar mejor argumento, para iniciar la comprensión de lo que al agua y a nosotros sucede, que lo acaecido en aquel acto de tan altos vuelos políticos y financieros. Porque la letra ele que he destacado, aquel día, el de la inauguración, se perdió por el camino a la hora de los discursos y valoraciones de casi todos.
La señora Tocino desgranó un fervoroso alegato sobre que todos los sectores de nuestra sociedad estaban sedientos. Escuché que era absolutamente necesario que caudales ingentes siguieran siendo derivados desde los sistemas naturales a los ámbitos del derroche y la contaminación. Que el destino de la fresca transparencia era desaparecer entre nuestras manos. Que la capacidad de comprender lo que era el agua y lo que nos proporcionaba, seguiría menoscabada a pesar de que la exposición proponía todo lo contrario.
Me he obligado a recordar porque seguimos en las mismas. Poniendo una ele -que tantos se olvidaron de leer- a la dichosa preposición se pretende recordar que ahora mismo en nuestras realidades, tanto territoriales como económicas, tanto científicas como éticas, quien está necesitando muchos sorbos es el elemento vital por excelencia. Quien más sed tiene es el agua, y sólo si la saciamos conseguiremos fertilizar nuestras actividades.
La reciprocidad es el verdadero antídoto frente a la degradación ambiental. Si ya entendemos, aunque no tanto como sería suficiente, que el cliente es la base del vendedor; que el alumno nos enseña; y que amar resulta imprescindible para ser amado; va llegando la hora de que incorporemos a la sensatez la idea y la práctica de que dar de beber al agua llena embalses; de que nutrir a los suelos nos alimenta, o de que, si el aire respira nuestras buenas prácticas energéticas, se nos curará.
Retomo y amplío tales propuestas porque se nos están llenando las calles de una campaña ambientalmente incorrecta sobre nuestras necesidades. Que viene a coincidir con otra, escandalosamente precientífica, relacionada con el Ebro y su olvidado trasvase.Recordemos que el aporte de agua a los mares nos resulta tanto o más útil que la destinada a cualquier otro empeño.
Volviendo a Madrid, vaya por delante mi respeto y casi admiración por la labor cultural de su Fundación y por buena parte de la gestión del Canal de Isabel II. Celebro, con todos los madrileños, la palita de cal que supone la reutilización de 26 hectómetros cúbicos, por primera vez en la historia de la capital. Pero niego la mayor, el argumento principal de la publicidad circulante.Lo que nos seca es no comprender, todavía, que no será el incremento de la oferta lo que nos permita resolver enfermedades del entorno.Porque tampoco lo es crecer ilimitadamente.
Rematemos con unas cifras. La Comunidad en su conjunto cuenta con una posibilidad de reservas totales de casi mil hectómetros cúbicos. Bastante más si los acuíferos subterráneos fueran utilizados.En los años buenos, los ríos madrileños acarrean otros 600 hectómetros cúbicos más. Esto supone unas reservas por habitante y día que se corresponden con la de países con ingentes posibilidades como los del Centro y Norte de Eurasia. En realidad, a embalses llenos, cada uno de los madrileños puede ser abastecido con unos 550 litros por día. Con las reservas actuales, del 50%, disponemos de unos 270 litro por día, casi el doble de lo que venimos usando.Todo sin cuidado alguno.
Basta asomarse a las cifras de los ahorros conseguidos en este periodo de extrema escasez. Basta recordar lo que se logró en las sequías de los noventa. Es más, no se puede desestimar que, en todos los sectores de la Comunidad, todavía caben descensos en el consumo de hasta el 30% como media. Eso sin sumar lo que puede manar a partir de un sector como el agrario que está poco menos que en vías de extinción.
Madrid no precisa más caudales, sino menos crecimientos urbanísticos, menos despilfarro y más eficacia y eficiencia en su uso. Madrid no necesita en absoluto más agua. Lo que necesita es dar de beber mucho más a sus aguas.

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