Podría ser el pulpo el animal heráldico de Lezama Lima, escribió Valente poniendo verbo e imagen a uno de los orbes poéticos por el que siempre tuvo el máximo aprecio. A él, en cambio, el animal que mejor lo define en ese terreno escurridizo del símbolo es, sin duda, el pájaro. El pájaro de la pregunta inquieta, del cuestionar errante, que levanta su vuelo desde el corazón mismo de la palabra y se eleva hasta los cielos más altos del conocimiento, allí donde germina la razón interior de las cosas.
Valente era especial. Su curiosidad no conocía límites. Tampoco su intransigencia. Por eso, sus rechazos de los hallazgos fáciles, de la comodidad expresiva le llevaban en no pocas ocasiones a la impugnación tajante de escritores reconocidos, que para él quedaban, sin embargo, por debajo de la exigencia ilimitada de la verdadera construcción literaria. Por eso, su obra es escasa, y a la vez esencial. Se demoraba en la precisión aquilatada del verbo como un calígrafo chino, siempre en busca del trazo perfecto.Lo que quedaba, precisamente sólo lo que quedaba: el resto cantable, como dijera su admirado Paul Celan, era para él la poesía, la obra. Obra escasa, y por eso esencial.

Pero obra sumamente diversa y plural en iluminación e intereses: no sólo la propia materia poética. Junto a ella, la introspección del ensayo, al que se aproximaba siempre desde la interioridad de los textos, como en un juego de espejos en el que él mismo resultaba reflejado, desvelando a la vez el peso y la importancia de la distancia física, del exilio de lo más próximo, como un paso necesario para alcanzar la universalidad literaria. El diálogo con las otras artes, y de modo muy especial con la pintura y la escultura, en las que veía un vínculo de continuidad con el recorrido de la palabra en su vuelo. O las traducciones, en las que acertaba a recrear otras variantes de la expresión poética hasta en sus ecos más inesperados y sutiles, como sucede, por ejemplo, en sus versiones de Paul Celan, uno de los ejercicios más brillantes de traducción a nuestra lengua de una de las cimas de la poesía contemporánea.

Valente era un militante de la intransigencia poética. Sus propuestas asumen en todo momento el reto de la dificultad, expresiva y conceptual, en su búsqueda de la materialidad del canto. Comparte con Mallarmé los momentos destructivo y eidético del poema. Y con San Juan de la Cruz, «su incambiable particularidad». Valente respira en ese finalismo sobreacentuado, en esa hipertelia de la poesía, según la expresión de Lezama Lima, a la que nunca accede el mero fabricante de versos. Su obra se levanta en un vuelo que impugna las diversas formas de identificación de la poesía con lo banal. No ya sólo contra su disolución en lo meramente comunicativo, sino también en contra del artificio. Valente es especial.