El lenguaje de los puentes, de Marcos-Ricardo Barnatan en El Mundo
En la guerra secreta entre los ingenieros y los arquitectos, he sido desde muy antiguo fiel partidario de los primeros, quizá porque mi padre era ingeniero civil y, en mi casa, era moneda común hablar de esa competencia sorda entre ellos. A los arquitectos se les ha concedido siempre un plus artístico, una ventaja estética que los pone en el frente con los demás creadores; en cambio, los ingenieros han solido ocupar una zona mucho más gris, en la que tiene primacía la técnica. Así, a unos les debería tocar poner la cuota de belleza y a los otros aportar su sabiduría para que la belleza no se nos venga abajo.
Un ingeniero de caminos llamado Julio Martínez Calzón, al que conozco desde que proyectó junto con su amigo y colega José Antonio Fernández Ordónez el conocido paso elevado del Paseo de la Castellana donde funciona el Museo de Escultura al aire libre, acaba de publicar un libro titulado Puentes, estructuras, actitudes (Ediciones Turner). En él se vindica ejemplarmente una forma posible de pluralidad técnica y artística, también en el ejercicio de la ingeniería civil, cifrada en su propia experiencia profesional y que completa, para sorpresa de algunos, con la reflexión filosófica y hasta con la poesía.
Esa identificación entre el arte y la técnica la recuerda con lucidez Eugenio Trías, que es uno de los prologuistas del libro junto al arquitecto Luis Fernández-Galiano. En la Grecia clásica, la palabra tecne unía las aptitudes de un experto y un virtuoso, pero este bello concepto se ha diluido en el tiempo hasta llegar a esta época, en la que se vive, con indiferencia y normalidad, una clara escisión de la técnica y las humanidades. La excepcionalidad de Julio Martínez Calzón la subraya Trías ante este «creador de puentes, sustentador de estructuras, que jamás ha cortado el vínculo que le une a las disciplinas humanísticas».
Son muchos y muy importantes los puentes construidos registrados y fotografiados en el libro, y a ese difícil pero elocuente «lenguaje de los puentes» se refiere su autor cuando intenta explicar el espíritu de cada una de esas construcciones que nunca son iguales.Muy al contrario, en cada uno de esos puentes levantados en España, Canadá o en Uruguay, hay un estilo propio condicionado por el espacio y las soluciones elegidas, muchas veces un método innovador aportado por quienes los piensan.
En el capítulo de estructuras, se pueden repasar algunos de los grandes edificios públicos construidos por arquitectos tan prestigiosos como Arata Isozaki, Navarro Baldeweg, Foster o García de Paredes.Obras grandiosas, pero también íntimas y discretas, como la sala Villanueva del Museo del Prado. Hay también un espacio para los proyectos no construidos, para los sueños no realizados, y en ese apartado destaca un rascacielos nonato: el edificio Peugeot de Buenos Aires. Un libro complejo, caleidoscópico, en el que se cifra la aventura intelectual de un ingeniero poeta.
