La imagen no es mía, sino del controvertido Manuel Conthe, el hombre que desde su cargo como presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) está soliviantando a tirios y troyanos, a Endesa y a las compañías cotizadas, a veces con razón y a veces sin ella.
Conthe aludía a la ley del embudo para referirse al empeño de una buena parte del empresariado, la CEOE -aquí sí- a la cabeza, para reducir el coste del despido mientras que se oponen taxativamente a que desaparezcan los blindajes para los altos ejecutivos de la compañía. Despido barato para todos, podría ser la consigna, o para nadie.
Y no le falta algo de razón al presidente de la CNMV en este caso. Resultan escandalosas, al menos para una parte importante de la población, las indemnizaciones multimillonarias que reciben determinados ejecutivos de las grandes empresas del país cuando son cesados, se supone que porque su gestión no está dando los resultados apetecidos. Pagar sin rechistar a un directivo varios cientos de miles de euros para desprenderse de él y luego pedir a las autoridades que reduzcan unos días la indemnización por despido improcedente podría parecer bastante mezquino.
Pero no es lo mismo y debemos empezar a aceptarlo con una cierta naturalidad. Un alto dirigente de una compañía negocia su salario en base a los resultados que es capaz de proporcionar a quien lo contrata, lo que no ocurre con el resto de los empleados.De hecho, las empresas, que suelen mirar hasta la última peseta de sus partidas de costes, acostumbran a pactar unos planes de fidelización con sus más altos cargos con el objetivo de impedir que éstos abandonen la compañía. Es decir, pagan porque se queden cuantos más años mejor.
La diferencia, pues, entre el currito de base y los empleados del nivel más elevado está en la capacidad de estos últimos de generar unos beneficios cuantificables para la empresa a la que pertenecen.
Llegados a este punto, siempre aparece quien asegura que el éxito de una empresa nunca es atribuible a un solo hombre y sí al conjunto, lo que es cierto, pero con matices: ese conjunto necesita ser liderado, y sin esa persona o personas que se ponen al frente difícilmente alcanzará los objetivos propuestos.
¿Es justo o no este sistema? Ese es otro cantar. Tan justo o injusto como lo puede ser que todos tengamos en la memoria al gran campeón que fue Miquel Induráin y apenas podamos recordar algunos nombres de los miles que junto a él se deslomaron por las cuestas imposibles de los puertos de montaña franceses, italianos o españoles.
Vivimos en una sociedad en la que el líder, el número uno, se lleva casi todo el pastel y los demás las migajas, o casi. ¿Y qué se le va a hacer? Conthe sería partidario, al parecer, de poner algunos límites. Si hay un porcentaje mínimo de días de indemnización para los despidos por la base, que haya también un número no de días sino de años, en este caso máximo, de indemnización salarial para los grandes ejecutivos.
El presidente de la CNMV repite ese esquema tan querido por los gobernantes actuales de la cuota, de intentar objetivar mediante límites numéricos situaciones sociales. Me temo que sea un esfuerzo vano. Aunque la intención es sana: evitar circunstancias tan increíblemente obscenas, por emplear un término anglosajón apropiado a este mundo, el resultado será seguramente un fiasco porque es muy difícil poner puertas al campo, o a la finca.

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