Es una auténtica delicia, un bálsamo para los nervios, el estrés y la mala conciencia, levantarte por la mañana y pegarte una buena ducha. Ahí, bajo el chorro caliente del agua a presión, y si no se va escopeteado de tiempo, que suele ser lo más frecuente, puede dar inicio en nosotros toda una gavilla de tentaciones. Vale, eludiré guarradas onanistas para centrarme en la pura psicología: ¿qué menos que, dada la perspectiva de la jornada que nos aguarda, repletita de dificultades, esas «cosillas que tiene la vida cotidiana», como diría un personaje de Galdós, dejarnos estar, ser, bajo el chorro de agua durante un buen rato, digamos más rato del que facilita la limpieza esencial del cuerpo? Y aún esto es algo sobre lo que podría discutirse (a hostias) largamente: ¿resulta necesario ducharse todos los días, tanta suciedad acumulamos en apenas veinticuatro horas, en las que , dicho sea de paso, tampoco es que hayamos corrido en La Maratón de Nueva York o subido al Everest? No, es una ducha psicológica. Nos purificamos jugando a sentirnos cual vestales antes del sacrificio, o sea el nuevo día.
Así que en vez de liquidar el asunto higiénico en un par de minutos o menos, que da tiempo, se lo aseguro, de frotar con la esponja hasta el último rincón del cuerpo, nos demoramos voluptuosamente durante, pongamos, cinco, seis o siete minutos. Insisto: si el reloj lo permite. Porque hoy, en las ciudades, el silencio es el Paraíso inalcanzable, casi inconcebible, y Dios Nuestro Señor el reloj. Vale, nos hemos dado un duchazo que nos hace sentir como nuevos. ¡Qué menos...! ¡Ay, esos mínimos placeres que a nadie hacen daño...!

Entonces llega la segunda parte: nada más salir a la calle puede que abras por cualquier página un periódico (también puede que la noticia te persiga a través de las ondas radiofónicas), o incluso, ya puestos a joderte el día, es posible que venga un compañero/a del trabajo y te la espete a bocajarro, como un tiro entre las cejas: los españoles gastamos a diario 300 litros de agua (de la cual un buen pico se va en esa ducha purificadora: que si una nueva pasadita con el champú para que el pelo quede bonito, que si más frotamientos por donde hay arrugas (¡como si así fuesen a desaparecer!), que si unos instantes bajo el chorro, con los ojos cerrados, la mente en blanco, tomando fuerzas ante el nuevo día... y el agua, corriendo. 300 litros por día y persona, mientras que (aquí llega la puñalada) más de mil millones de personas padecens sed. Vamos, y de ducharse o tan sólo lavarse, ni hablamos...

La pregunta sería: ¿qué puedo hacer yo, o usted, lector, para que eso no sea así?, ¿dejar de ducharme todos los días, acaso acortar el agradable rato de la ducha? Sólo pensar que el resto de los vecinos está gastando sus 300 litros, más los que yo procuro ahorrar, es algo que me saca de quicio. En este mundo todo se globaliza, para empezar, el terror y la injusticia. Nosotros globalizamos (acaparamos) el agua. Ellos la sed. Ellos conviven con eso y con la mugre. Nosotros, algunos, con la culpa.