Nadie dudará del sello, del tono propio de las películas de Pedro Almodóvar, que en Volver da a su cine más de una curiosa vuelta de tuerca. Se trata, diría yo, de una de sus obras más contenidas, de una de las de mejor resuelto guión, donde los cabos sueltos están bien dejados como tales cabos sueltos, pero también (el título, que es muy plural, lo dice) de un extraño regreso al pasado, a la España más profunda y pobre, pese a la modernidad de los incesantes móviles. Hasta ahora, Almodóvar partía de la España de cerrado y sacristía para llegar a una modernidad tan castiza como trepidante. A ello debe buena parte de su éxito talentoso: devotos de la Virgen del Rocío esnifando rayas de coca, con decorados de diseño.
En Volver es al revés: unas chicas de pueblo -manchegas- que viven en Madrid una vida pobre pero moderna (véase la adolescente que hace de nieta de Carmen Maura) deciden volver a sus raíces o son llevadas a sus raíces remotas -de una España profunda- por una trama melodramática (muy almodovariana) que no voy, claro es, a desvelar. Y me pregunto: ¿la España rural sigue siendo así? Es muy posible. Junto a la espectacular energía eólica todas las supersticiones y el culto a los muertos.

Para la mayoría (nuevo giro) Volver no puede ser otra cosa que neorrealismo modernizado. Y ahí está el guiño televisivo a una Ana Magnani en blanco y negro, de la que Penélope Cruz es un trasunto, en más guapa y en menos mamma, es decir un trasunto trufado por aquella opulenta, bellísima y nada fina Sofía Loren de La sirena y el delfín. Pasolini decía (en 1974) que «el pueblo» como clase autónoma, como singular modo de vida -de ancha permisividad moral- había muerto o casi había muerto. La burguesía -lo más odiado por Pier Paolo- lo había matado. Naturalmente no hay que confundir «pueblo» con «clase media baja», pues si ésta sigue siendo pobre -con electrodomésticos- ha perdido la cultura radicalmente popular y sólo aspira al dinero y al consumo, o sea, a la «clase media alta».

Almodóvar (me parece) ha sentido legítima nostalgia por ese genuino «pueblo» que conoció de niño y adolescente, en un país negro y cerrado. Y rescata del olor a gallinas y roscos fritos, la hermosa idea -entre otras- de que los muertos están a nuestro lado y no hacen daño. Insólitamente Almodóvar usa un neorrealismo de tecnicolor, porro, modales pachangueros y superficial modernidad para Volver (sí, también el tango) en muchos sentidos. La película está bien y es suya, lo que no es poco. Pero ¿de veras está el alma del pueblo tan viva como él parece darnos a entender?

Cierto que de la España del botijo y el baño en el río -una España muy pobre, muy atrasada- a la actual, tan cambiada, tan aparentemente distinta, apenas hay 40 años; cierto, está muy cerca, pero ¿aún viva? Seguro que todo se mezcla. La movida (no podía ser de otro modo) tuvo alguna raíz en la alpargata. Pero ¿la pretensión no fue progresar, evitarlo? Ahí estamos.